viernes, 10 de noviembre de 2017

el tío Pablo y la manta

Tengo el turno del viernes en la rotación de los paseos con mi madre. Hemos estado, como en otras ocasiones, leyendo historias Martínez y, en cierta manera sembrando las que están por escribir.
Pues aquí va una nueva.
Resulta que viví en Linares no sólo de chico, sino de "mediano". Es decir, casado, con mi hijo Rafa creciendo desde su nacimiento hasta que cumplió un año. 
Un día, en el que el "illo" estaba malito, dejé recado a tía Isa o a tía Teresa de que, si pasaba Pablo (Martínez, ¿quién si no?) por allí le dijeran que, si podía viniera a casa a ver al chico.
Pues así lo hizo. Después de comer, viene a ver al chico que tenía uno de los enfriamientos normales en los climas continentales.
Estamos tomando café con él cuando veo, por la ventana, que viene Teresa. Lo digo en voz alta y Pablo, de manera inmediata pide una manta.
Ni se nos ocurre para qué, pero él, sin vacilar, se sienta en una butaca y se echa la manta por encima: "No digáis nada, yo, como si no existiera".
Llama Teresa a la puerta, saluda, se asoma a ver al nano y se sienta con nosotros (previa

mente habíamos quitado la taza de Pablo).
Mira de reojo al bulto que tiene al lado. No dice nada pero se ve por la mirada que está extrañada. Nosotros, como si allí no hubiera nada.
Estamos charlando, normalmente, y Teresa mira de vez en cuando hacia la manta.
Está contenida pero muerta, muertica de curiosidad. Nos mira con algo de gesto interrogante, cejas arriba y mirada inquisitiva.
Nada, no existe.
Pero, al cabo de un ratito, no aguanta más, coge la manta y tira con todas sus fuerzas.
¡Pablo!¡Tenías que ser tú!¡Qué susto me has dado!¿Cómo haces esto?¿Para qué haces cosas así?...vamos una torrentera de preguntas y exclamaciones.
Ni que decir tiene que nos partimos de risa, menos Teresa, quien se va poniendo mu, pero que mu enfadá y dice. "¡Me voy!".
Y se fue.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Tío Carlos, futbolero

Para medio homenajear al tío Carlos cuento aquí algo sobre sus habilidades futbolísticas.
Resulta que en el paraíso había un campo de fútbol. También le llamábamos "del heno" porque le atribuimos ese nombre a la hierba que en él había. 


Aprovecho mi plano de la sierra para indicar que el campo citado es el calvero que se ve en la zona 8,5 / g-h, que, en el año que se sacó la foto 1956, era bastante pequeño. 


Cuando se convocaba un partido, el tío Carlos aprovechaba para ponerse la sotana porque descubrió la ventaja que ella le suponía a la hora de regatear. Ocultaba la pelota debajo y así evadía las entradas que le hacía el tío Rafa.



Al cabo de varias intentonas nuestro tío futbolista por antonomasia y que llegó a jugar en el "juventud" de Linares, se cansaba de la artimaña del cura. Se cabreaba, levantaba la voz y, al final, si aquello no se remediaba, abandonaba el campo de juego. Que, ¿qué decía?. Lo normal. "así no se juega".
Y no me cabe duda de que llevaba razón. ¡Si no se veía la pelota!.




El tío Juan, agrimensor.

En la chopera de la "Sierra" había una dimensión difícilmente asumible por un enano como yo.
Todos los chopos estaban alineados, pero no de una manera simple, no, sino alineados en casi todas las direcciones
Pasabas por el camino que llevaba al cortijo de arriba. Mirabas hacia la derecha y había chopos en fila, pero mirabas con un cierto ángulo y, también, y a la izquierda, igual. Andabas un poco y volvían a estar alineados. Mirabas a la izquierda y, esos, también, Mirabas hacia atrás y los que parecían que se habían ido de línea, volvían estarlo.
Asombroso.
Como es lógico acudí a mi padre para plantearle el extraño fenómeno.
Y, como también es lógico, sentenció rápidamente el tema: los chopos estaban plantados al "tresbolillo" y, ya está.
Pues estaría, pero yo no acababa de entenderlo. Sabía, porque tío Félix alguna vez la usó, el poder que tenía una cuerda para limitar una línea de lo que fuera. Se cogía una cuerda larga y alguno de los mayores te decía "ponte allí" y te ponías.
"Tira de la cuerda", seguía diciendo, y tirabas. "Bájala al suelo", y la bajabas. Al final. La cuerda, la línea, estaba sobre el suelo y por deducción aplicabas el principio a los chpos. Ya tenías la explicación de la primera línea de árboles pero, ¿y el resto?.



Tuvieron que pasar un montón de años para saber -y de una forma contundente- qué es eso del "tresbolillo".
Sucedió un día normal en Línares, es decir, mañana en casa de los abuelos y llegada de tío Juan:
"Anda vente conmigo al Hoyo, que tengo que hacer un trabajo"
En la mano llevaba una bolsa que resultó ser muy pesada y que tenía unos hierros bastante oxidados y sucios.
No recuerdo cómo llegamos a la casa, pero sí sé que echamos a andar por el arenal que hay al sur de la casa.
Llegamos a un campo en el que se ha hecho una pequeña labor con el arado.
El tío Juan, que ha cogido una azada pequeña y un paquete de palos de alrededor de un metro de largo (yo llevo la bolsa), mira a su alrededor y elije un punto determinado.
Clava un palo y me dice que saque "la cadena" de la bolsa que yo portaba.
Me pongo perdido de óxido de hierro. Empiezo a desenredar el amasijo metálico. Veo cómo salen eslabones de distinta forma y tamaño que tienen una cierta regularidad.

Estiro una parte de la cadena sobre el suelo. Al cabo de no sé cuantos eslabones hay uno más grande. Un aro y, a partir de ahí más eslabones hsta otro aro. Y, de éste, vuelta al principio, Al que tiene tío Juan a sus pies.

El tío, ayudándose de la azada, clava un palo en el suelo. Lo inserta en uno de los aros e indicándome uno de los que están en la cadena dice "tira para allá" señalando una dirección.
Lo hago y con la cadena bastante recta llego a su final. Viene el tío Juan y clava otro palo dentro del aro.
Más o menos así, pero no con triángulo rectángulo.

A continuación y con esa recta entre dos palos estiramos las dos partes que nos restan. Hemos trazado un triángulo (luego sabré que "equilátero"). Tres palos verticales en el suelo marcan a posición que tendrán tres futuros olivos.
Ahora desenganchamos uno de los aros y, cuidando que no se salgan los aros de los otros dos, trazamos otro vértice, después otro.

Al final, compruebo que hay un campo lleno de palos que "están alineados" ... como los chopos de la chopera.
Aprendí, in situ y empíricamente lo que era el "tresbolillo".


domingo, 1 de octubre de 2017

¡Fuego en el bosque!

      Yo creo que todo aquel que haya vivido en contacto con la naturaleza, y más si es un bosque, y más si está seco o hay poca agua, tiene un especial cuidado con el fuego.

Es como si el fuego fuera un ente poderoso -que lo es- y, en cierta forma maléfico. Hay que usarlo, pero saber hacerlo, saber cuando hacerlo y, si cabe, con quién hacerlo.

En el Paraíso nos enseñaron a tener un especial cuidado con el fuego. Así, veíamos cómo los mayores que fumaban tenían siempre a mano un cenicero, pero no para poner la ceniza, que también, sino para aplastar minuciosamente la colilla.

Se llegaban a hacer tantos ceniceros cuantos hicieran falta. Una concha de pino, una navaja y, ¡ale!, un cenicero al mundo, ¿que me lo he dejado en la casa y estoy en la fuente?, otro, otra concha de pino, una concavidad y colilla aplastada. 

Pero estoy hablando de fuegos y aún no he dicho cómo se encienden. Tiene su historia.

El tío Félix, especial tío fumador, tenía unos mecheros "de gasolina" que eran, de por sí, una maravilla, o un desastre, que tanto da. El caso es que, si podía y me dejaba trataba de encenderle yo el cigarro. Era difícil porque el accionamiento estaba algo duro y, en un principio, no entendía cómo podía salir una chispa de no sé dónde y, prender una "torcida" (que esto sí lo sabía porque era igual que las de las "palomitas" de aceite).

Tuvo que ser mi padre -otro gran fumador- el que me explicara que al accionar la "tapa" del encendedor, una rueda -muy áspera- rozaba una "piedra" -de chispa- (eso era mágico), saltaba una y, al llegar a los vapores de gasolina que desprendía la torcida, prendía ésta. Según mi padre, no era difícil, sí, pero ¿qué era una "piedra de chispa"?. Pues realmente no lo sé, es decir, nunca lo supe, pero no tenía que ser tan mágica porque alguna ve me mandaron al estanco a comprar una. O sea, un trocito de materia, con aspecto metálico que... producía chispas.

Estamos en lo que estamos, en cualquier mesa, sobre todo después de comer, aparecía uno o varios paquetes de cigarrillos y un mechero, al menos.

Los que tenía tio Félix eran como el que ponemos a la derecha, más o menos gastados, con mayor o menor holgura entre sus partes y con distintos tipos de decoración, pero no daban mucho más de sí. 
Eran mecheros. ¡Ah!, también se podían llamar "encendedores", pero ese término era menos popular.

No recuerdo a mi padre usar estos artilugios, él era más bien de "cerillas", "fósforos, ¡perdón!", de los de la "fosforera española" o, algo más tarde los que él llamaba "de seguridad", porque el fósforo, material inflamable no estaba en el palillo, sino en la caja. Esto era susceptible de explicarse con prolijidad, pero no viene al caso.

El tío Pablo sí que tenía mecheros bonitos, algunos ¡hasta de plata! y, cuando menos, algo más elegantes.


Yo creo que tenía una razón poderosa para usarlos tan bonitos, eran un regalo de Tía Piluchi quien, al cabo del tiempo, recorrió una gama de formas realmente interesantes

Llegó a tener encendedores "de oro" y uno, de plata, al que le tenía yo especial querencia tenía una forma que no era otra cosa que una de las torres gemelas de Nueva York, llevada
a mechero y muchos antes de ser construida como edificio. Es más, si las "Torres" eran bonitas eran porque se parecían al mechero de tío Pablo.


Sin haberme hecho nunca el plan de fumar sí tuve, sin embargo ganas de tener uno. Eran objetos agradables al tacto, manejables, y en cierta forma bonitos. 


 Cuando estaba en el "Insti" teníamos pasión por los mecheros, pero ya de una forma más pintoresca que eficaz. Los no fumadores pasábamos por jugar con los que nos dejaban los que sí lo hacían. Es más, era un objeto que sería para "fardar" (presumir), sobre todo ante las chicas y, claro, quien lo tenía, no presumía y, por tanto, las chicas, ni caso. 


¿Qué decir de los que tenían un "Dupont"?, era como el que -decían y decíamos- tenían los "marines" que era una gente del ejército americano al que se le atribuían muchas batallas importantes.

Mi padre llegó a tener el mechero más raro del mundo, de gasolina, sí, pero ¡se encendía con una resistencia eléctrica!.

O sea, que no tenía "piedra" y sí una especie de gusanito que, al accionar el mando se acercaba a la mecha, veías cómo se prendía la llama al cabo de un instante y, ale, a fumar.

El tío Rafa, al que alguno le habéis echado de menos en este escrito, tenía otro mechero más -diríamos ahora- "ecológico".

Era especial para echarse al monte, porque "no hacía llamas", sino "brasa". Era más difícil de utilizar, porque había que frotarlo, enérgicamente, con la palma de la mano. y, luego, casi inmediatamente, soplar sobre la...., sobre la.... ¿cómo se llamaba?, (porque no era yesca), sino una "¡mecha!", era una "mecha", que consistía en una cuerda de algodón trenzado. 

Si ésta era suficientemente larga -decía Rafa Martínez-, se podía atar al cinturón y "así no se perdía". Se podía llevar por el campo sin problema porque no había rama de pino, ni
concha, ni piedra que pudiera accionar el rascador con suficiente fuerza para arrancarle una chispa.

¡Ah!, pero eso sí, una vez usado había que tirar del cordón, que éste se encerrara en su cilindro y así ahogar las pequeñas brasas que hubieran podido causar una catástrofe.

De todas formas me queda uno. También con Rafa Martínez.

Sucedió un día, por supuesto en la Sierra, creo que en una sobremesa en el Quinto Pino. 

"Oye Nicolás, ¿es cierto que los antiguos pobladores de la tierra encendían fuego frotando maderas?".

Contesta mi padre que sí, que es cierto  o, al menos, como tal se tiene entre los historiadores.

Rafa propone intentar hacerlo, y no hay más. Busca un palo, Félix, con la garlopa puesta al revés entre las piernas, le va quitando asperezas para que se acerque a la forma de un cilindro. y, mientras, se busca una concha de pino, una rama o la madera que sea, con alguna concavidad donde alojar el extremo del palo.

Se pone en el suelo, o sobre uno de los "bancos" de pino que usamos como asiento y Rafa empieza a darle vueltas con las palmas de las manos.
no era Rafa, pero no hubiera desmerecido
Así, de la forma que indica la figura, se pone Rafa a darle vueltas al palo. Todo el mundo a su alrededor observa sin decir nada. Un intento.

Otro intento, no hay fuego. Se toca el extremo del palito, sí, parece que está caliente. 

Mi padre observa la escena con su proverbial postura de una pierna encima de la otra, el pie oscilando y, claro, fumando....

A ver, Rafa, creo que habrá que añadirle algo que favorezca el fuego, ¿qué se yo?, algo de estopa, ramitas secas, pinocha, algo que sea fácil de prender.

Se busca la estopa, las ramitas secas, la pinocha, un trozo de tela que trae tía Teresa.

Se intenta de nuevo, y de nuevo, y de nuevo.  

Rafa sopla, dice "no sé si esto se encenderá, pero yo estoy ardiendo". Nuevo intento y nuevo fracaso.

Félix: "no va a funcionar". Papá: "nos falta algo". 

Al final, se renuncia al tema, pero mi padre se obstina: "No sabremos hacerlo, pero así se hacía".

Y el tío Rafa sigue con la cuestión... "Y, si no se conseguía así, de qué otra forma se podría hacer?".

Mi padre: Con pedernal y un eslabón de acero.

Pues quedamos en buscar el pedernal y, creo, aún seguimos buscándolo...







sábado, 23 de septiembre de 2017

Mi padre, D.Nicolás Flores, gamberrete

El título lo dice todo y, según creo, a cualquiera de los familiares le debe resultar increíble pero, pensándolo un poco más detenidamente, otros dirán que, gamberro, gamberro, no, pero bromista, puede ser.

El caso es que, a raíz de no sé qué novela (¿De Salgari?¿De Verne?¿de Conrad?) en la que salían los nativos de no sé qué lugar disparando -de forma mortífera- unas cerbatanas, surgió la conversación con mi padre.

Papá, ¿era posible disparar y cazar con cerbatanas?. Mi padre contestó que sí, que, al parecer, eso era cierto.

Y, lo que resultó es que trató de agenciarse una cerbatana. Evidentemente con tío Félix.
Félix, ¿tendrás por ahí un tubo que pueda servir de cerbatana?.

Al cabo de un ratito apareció Félix con un tubo de cobre, de aproximadamente diez milímetros de diámetro, y de unos 70/80 cm de largo. Ideal. Bueno, no del todo, porque tenía bastante "cardenillo".

Se limpió hasta dejarlo refulgente y, ya está, ¡ya teníamos cerbatana!.

cerbatana de cobre

Empezó entonces el problema de los dardos. Había que diseñarlos para que fueran eficaces.
Después de algunos ensayos llegó papá a la conclusión de que tenían que ser cónicos, por aquello de la fluidodinámica, vamos, digo yo, y con algo de punta para clavarse. Es más, para fijar el alfiler al cono de papel le echaba, con muchísimo cuidados una gota de nuestro pegamento "Imedio", de ese, sí, el que colocaba con el olor químico tan agradable.
Flechas para la cerbatana

Pues, como se muestra en el dibujo, los consiguió. ¡y de qué forma!.¡Daban no susto, sino pánico!. Salían del arma a tropecientos metros por segundo y, al llegar a una puerta se clavaban perfectamente.

Ahora, eso sí, una vez comprobado y demostrado didácticamente, que las cerbatanas podían disparar, con precisión y mortífera eficacia.... se prohibieron.

El caso es que aquella cerbatana nos gustó y Pablo y yo buscamos unos proyectiles menos eficaces, aunque fueran más guarros.

Creo que empezamos a tirar bolas de papel mascado que más que daño, daban asco a quien alcanzaran.

Pero papá no se quedó tranquilo, había que buscar algún arma arrojadiza a distancia que fuera certera y menos dañinos.

Para eso estaban los "exámenes de reválida". Es decir, las octavillas de griego, latín o física y química que, cortadas por la mitad y dobladas a la otra mitad y a la otra mitad, constituían un rectángulo de pliegues. Al doblarlo, ahora en sentido perpendicular, dos veces, por la mitad era una "v" sumamente interesante.

la octavilla doblada, redoblada y, finalmente, el proyectil

Se cogía una goma "de las del pelo", se introducía por el canal de la "v" y a ésta, se le sujetaba con los dientes. Dos dedos, en los extremos de la goma servían para tensarla. Una vez hecho: cañón preparado.

El problema era elegir y dar, claro, al "blanco" deseado. Cuando se empleaban bien llegabas a tener bastante puntería y más de una vez nos vimos impactados por unos papelitos que te daban en las posaderas.
¡Disparando!


O sea que, aunque fueran con balas de pequeño calibre, papá dejó un gen artillero.

Es más, buscó por todas las armerías de Granada hasta que encontró una escopera "Norica", de aire comprimido, 4,5 mm de calibre que, en la punta tenía una especie de embudo en el que se le acoplaba un corcho.

Pues teníamos una escopeta de corchos "de las de verdad", las otras, las de chapa estampada, eran de mentirijilla.

la "escopeta de corchos"

¡Menudas batallas campales llegamos a montar en el larguíiiiisimo pasillo de la calle Manuel de Falla!.

¡Ah! y si venían primos, pues ¡más a luchar!....

domingo, 13 de agosto de 2017

Excursión al Santuario de la Virgen de la Cabeza

Con las cuitas normales de haber salido con vida de la guerra incivil, el abuelo Pablo se comprometió a hacer una peregrinación al Santuario de Andújar. Era una forma de agradecerle a Dios que hubiera salido de esos avatares.

Pero se introdujo por medio un amigo de la familia, D. Rafael Álvarez Lara y sugirió que en vez de hacerlo andando -como era el compromiso-, montara a toda la familia en un autobús y nos llevara al lugar serrano.

Yo recuerdo lo que percibí: Un nivel de agitación en casa de la abuela, con las buenas noticias que suponía para cualquier infante "una excursión". Si bastaba el anuncio de dar un paseo a "las eras", para ponerse contento, ya me diréis el entusiasmo que plantearía el ir lejos, en autobús y con todo el pandillón Martínez.

Pues así fue. El autobusillo que tenía la empresa "La Carolina", precioso, con cristales en el techo, según recuerdo y con la carrocería separada del motor por una tira de tela -para que no se notaran demasiado las vibraciones-, me dijeron, nos espera a todos en la Plaza de San Francisco.

Camino de Andújar por la carretera que lleva a Córdoba. Parada en la salida del pueblo y empezamos a dar curvas hasta terminar con casi todas.

Teníamos que estar toda la familia porque allí había gente que yo conocía de "las visitas", es decir, de esas llamadas al timbre a la caída de la tarde de los veranos, en que, después de una carrera por el portal, abrías y veías a gente que más o menos te sonaba y decía "¡uy, Rafalín!, ¡qué grande estás!"...
O sea, el tío Paco, la tía... no sé, el tío, no sé... en fin, todos.

Llegamos a un lugar extraño y el autobús nos dejó en mitad de un descampado. Sólo unas rampas de piedras en cierta pendiente parecían conducir a una iglesia en un pequeño altozano.

Empecé a subir, creo que de la mano de tía Teresa. Aquello era pesado y, a un enamorado de las ruedas como yo me parecía una tontería que, si se podía subir en autobús, ¿por qué lo habíamos dejado en el llano?.

Toda la familia en peregrinación. Íbamos, según oía, a un santuario importante porque allí había resistido un tal Capitán Cortés, en la "guerra".

Oía a la vez las interpretaciones de la resistencia ¿a qué?, con que un pastorcillo había encontrado una imagen debajo de unas matas en no sé qué época.

Bueno, el caso es que subimos y veía como la familia andaba como impresionada del momento.

Llegamos a la capilla, que parece derruida en parte o, al menos en obras, y entramos a la "cripta" -me dicen-.

Aquello fue importante, al parecer, porque creo que aquí estaba el Capitán Cortés, pero no era la Iglesia, ésta quedaba más arriba.

Me tuve que enfrentar con los "exvotos". Y, en principio, me asustaron. Figurillas de variada índole en la que me parecía ver trozos del cuerpo humano junto a imágenes religiosas. Aquello era un poco de susto.

Mi padre, que siempre lo recuerdo "al quite", ayudó a aclarar a
quello: La gente ponía un recuerdo por medio de una figura sobre aquello en lo que creía haber recibido gracias divinas. Ya podía ser una pierna, o un corazón.

Creo que algunos subieron a la obra de la iglesia, pero creo, también, recordar que, al final de la cripta había un altar y funcionaba como capilla.

A partir de ahí empiezan las imágenes más joviales que tuve de la excursión.

Con el autobús que nos llevó, bajamos al río. Nos bajamos todos y andamos hacia la orilla. Allí, de una manera u otra cada familia sacó la "tartera" que llevara con las consabidas tortillas de patatas y filetes empanados que eran, ambos, materia obligada de cualquier excursión que se preciase.


El grupo era grande y diverso, personas muy formales pasaron de estar en las sillas alrededor del veladorcillo del "patio", a sentarse en piedras, sobre la hierba o donde quiera que pudiesen. Me impresionaba ver a la abuela Isabel repartiendo cosas -por supuesto ricas- para comer a quienes se lo demandaren.

Lástima que no encuentro la foto que hay al respecto. La he buscado por todas las "memorias" de casa donde hay "fotos Martínez", prometo ponerla en cuanto la encuentre.

Aquello era estupendo. Además, los numerosísimos tíos que componían la martinada estaban muy atentos conmigo y uno de ellos, al que no le pegaba nada su atención hacia mí, me enseñó a hacer pozas en la arena y, en una de ellas, con una gran habilidad papirofléctica, fletó un barquito de papel que flotaba estupendamente.




Después de muchos años de esto, hablando en casa un día con Tere, mi hermana, le pedí que me hiciera el barquito. Arriba está. Es verdad que la tortuga que está al lado no estaba en aquellas épocas, es la que tengo en casa.

En esta excursión aprendí bastante, lo que eran las criptas, lo que eran los exvotos, que la familia Martínez podía comer a la orilla de un río y que algunos tíos sabían hacer pozas y barcos de papel. No esta mal. No está nada mal....




domingo, 1 de enero de 2017

Begíjar, solemne.

Begíjar es algo especial. No es sólo un conjunto de historias de cuando éramos jóvenes, era, también un retorno al pasado, una muestra de modos de hacer las cosas, de paisajes distintos a Linares, de relaciones, de comidas, de, ¿qué se yo cuantas cosas más?.
La que hoy nos ocupa tiene que ver con el cómo se hacían las cosas. Hoy nos llamaría muchísimo la atención el que se pueda hacer las cosas tan despacio, pero además, de forma tan solemne.
Pongamos por caso, como estamos en el campo y la familia tiene campos, hay que ararlos y, a veces, con anuncio, expectación y asombro.
Recuerdo que un día, estando en casa de las tías, en el primer piso del casón Begijareño, nos dicen que "tío Bernardino ha dicho que mañana van a 'sacar' el Bravant.
Al día siguiente hay un montón de movimiento en el patio. Sacan de las cuadras a los bueyes, uncidos bajo el ubio y, de una manera lenta, majestuosa, diríamos, se dirigen hacia el fondo del patio.
Bajamos corriendo con la tostada todavía en la boca. Antes de llegar a la puerta del patio oímos un estruendo enorme. Un ruido nuevo, salimos, doblamos a la izquierda y vemos a la yunta andando hacia nosotros con el boyero delante.


Ubio

Pero, en principio, no vemos la causa del ruido. Está detrás de la yunta. Pegándonos a las paredes evitamos a los animales y la atención de los mayores. Llegamos al ruido y lo que lo provoca es algo impresionante. Un platillo volante no nos hubiera asombrado más. ¡Estábamos ante el Bravant!.
Arado Bravant

Deducimos, ante la presencia de una reja impresionantemente grande, que aquello es un arado, pero monumental, tanto, que tiene que soportarse en unas ruedas metálicas jaleosas hasta la saciedad. Esas son las causantes del ruido que nos llamó la atención. 
Salimos a la calle y, como se ha corrido por el pueblo que D. Bernardino sacaría el gran arado, hay gente en la calle mirando aquello como si fuera una procesión.
Lentamente, lentamente, llegamos a un campo que había cerca de la "Cruz de Piedra". Allí, disponen al arado para que are y vemos cómo va dejando un surco distinto en tamaño y profundidad a los que habíamos visto antes.
Pero aquello era tan lento, tan lento, que no aguanté -ante el calorazo que había- a que llegaran hasta el final de la besana. Hecho este que me ha fastidiado porque, si lento y dificultosa era la labor, el hecho de tener que darle la vuelta a aquel aparato, tenía que ser espectacular también y, la verdad, no sé cómo se hace.
Volvimos a casa con la sensación de haber presenciado algo grande, grave, majestuoso, impresionante.
Pero no hubo sólo ese hecho y, si he comenzado por él ha sido por lo original que me parecía el objeto.
Porque otro evento digno de señalar era el llevar la "trilladora" a la era.
La trilladora era un maquinón, de madera, con ruedas de hierro, marca Ajuria -porque no se me puede olvidar-, de color rojizo desvaído, lleno de ruedas y ventanas hacia su interior. Algo misterioso que se entreveía dentro del cocherón.


No es la de Begíjar, pero no era muy diferente.
También una -o varias- parejas de bueyes, enganchada cada yunta detrás de la anterior y, supongo, una cadena que acababa en la máquina. 
Se salía del corralón con mucho cuidado. Los bueyes en la calle y aún dentro de él, la máquina, el maquinón. Había que torcer a la derecha y, la verdad, la dirección era de todo, menos asistida.
Cuando se llegaba al final del "paseo" había que torcer otra vez a la derecha, y unos doscientos metros más adelante, desviarse a la izquierda para subir una rampa que llevaba a las eras.
También lento, con cuidado, gravemente, se procedía al traslado. 
Un ratazo -o dos ratazos- después, la máquina estaba en su posición. A su lado, encima de un mojoncete de obra, un motor eléctrico.
Dispuesta para la trilla
Se disponía una correa que unía la trilladora con éste y, cuando se hubieran efectuado sus conexiones, se ponía en marcha.
Ahora había ruidos variados, a cada cual más original. La correa hacía un chasquido cada vez que pasaba por el motor o por la polea de la máquina. Por las ventanas de la máquina se veían como unas maderas oscilaban para lo que quiera que fuere...Si echaban una gavilla por el sitio que fuera conveniente, se añadía una nueva rareza, un polvarín que irritaba los ojos y, si estabas mucho rato, el cuerpo, los brazos, las piernas...
Pero, todo se había hecho de una forma grave, majestuosa, imponente.

Aunque, quizás, hubiera sido más imponente aún asistir a la traída de este maquinón hasta el pueblo.
Según me han contado los tíos, la trilladora se trajo desde Vitoria por medio del ferrocarril. Llegó a la estación de Begíjar y, desde allí había que subirla hasta su destino.
Bajaron a por ella un tiro -no sé cuantas parejas- de bueyes con sus respectivos conductores y.... Rafa y Carlos.
Me imagino a los dos hermanos sentados en el pequeñísimo asiento que había encima de la "lanza", mirando al mundo desde esa altura y viendo cómo se iba superando, metro a metro, el cuestón de ida. 
No sé si les tocó en verano, pero cuenta Carlos que en su vida había visto algo más lento que eso. 
Porque si los bueyes van normalmente despacio, cuesta arriba, lo hacen aún más. 
O sea, graves, majestuosos, imponentes.