martes, 22 de diciembre de 2015

Iluminar la vida

Mi padre decía, siempre que era oportuno, "Niño, enciende la luz; a mí, que me maten cara a cara"....

Quería decir con ello algo clarísimo, o sea, al revés, algo oscuro.... que no veía lo suficiente.

Yo me lo imagino yendo a cualquier tienda de bombillas. Seguro que haría una reflexión sobre si merece la pena comprar las bombillas por la potencia que tienen señalada o cambiar a pedirlas por lúmenes o "candelas". 

Hace poco menos de dos días, apareció una noticia -en FB- sobre la experiencia de conseguir luz por medios naturales. En la foto, había una especie de peceras donde se vislumbraban plantas que, supongo, eran las provocadoras de la luz. Él vaticinó que en algún momento podríamos repetir el mecanismo luminiscente de las "luciérnagas"...y anunciaba que sería superinteresante. Era un procedimiento -decía- de altísimo rendimiento. Más que ningún otro. O sea, que, cuando lo conociéramos, pintaríamos de algún pigmento la parte alta de las habitaciones y, de ahí, recibiríamos la luz.

Pero esto no es tan interesante como el recuerdo correspondiente que tenga que ver con "el paraíso". ¿Cómo nos iluminábamos en un sitio sin electricidad?. ¿Con velas?.... ¡Ah! y, entonces, no había "camping-gas"....Había.... otras cosas.

A ninguno nos extrañaban los "candiles", ni las "velas", ni ninguno de los 'aparatos de luz' que pudiéramos gozar en la sierra. Ya los veíamos en Begíjar o en la misma casa de Linares. Entonces no era nada raro que "se fuera la luz". Cualquiera de nosotros teníamos la habilidad de saber cómo ir a dónde se guardaran las velas, buscar una, cogerla en una mano y, en la otra, la caja de cerillas que prendería el 'pabilo'

Los candiles eran más de Begíjar. Bueno, no, en casa de las tías había unas cuantas lámpatas -candiles disimulados, digo yo- de bronce y, alguna, bastante bonita.

Pero en la sierra había eso... y el protocolo. 

Desaparecía el día y había que prepararse para la noche. Luz en la cocina para hacer la cena, luz para gente que tuviera que salir a algo, luz para acostarse y, lo más importante, luz en el 'salón' donde, alrededor de una mesa de caballetes, cenaríamos un montón de gentes.


Aparecían los "carburos". Llamados así porque su combustible provenía...del 'carburo'. Sustancia parecida a unas piedras azules, que se partían fácilmente, no se podían tocar y, sobre las que, al echar unas gotas de agua, se desprendía un gas combustible. 

O sea, había que llenar una vasija de agua, la parte de abajo, se llenaba de esas piedras. Se cerraba a rosca. Se operaba sobre una válvula de tornillo que abría el paso del agua sobre las piedras. Sobre un 'pitorro' al efecto se aplicaba una llama y, salía una lanza de fuego luminoso. 

Uno para la cocina, otro fuera y... lo mejor. El "Petromax". Aparato mágico donde los hubiere.

Papá tenía adjudicada la liturgia del encendido. Le llevaban el aparato, había una lata con gasolina, supongo, o petróleo, que, con sumo cuidado había que verter sobre el depósito correspondiente.

Al lado de éste, una especie de bomba de inflar ruedas de bicicleta, pero en pequeño, metía aire a presión en algún lugar. Después, con un "fósforo" (también llamado "cerillo") prendía la "camisa" de donde procedería la luz. 
Petromax, parecido -que yo recuerde- al de "la sierra".

En principio aparecía una llama azulada que se extendía a toda la camisa. Un ratito después, al accionar una moleta, la luz aparecería intensa, radiante. Suficiente para "darnos luz" a toda la panda. Se esperaba que aquello estuviera ajustado, dando más o menos intensidad y, al ratito, se consideraba acabada la operación.

Alguien de los jóvenes llevaba, acto seguido al "Petromax" hasta una repisa que estaba anclada en la única columna del salón. Una repisa verde, supongo que hecha por Félix y estupendamente adaptada a su función: poner la luz en alto para que hubiera suficiente para todos.

Me resulta curioso el que, el tal aparato no sea tan antiguo como yo creía. Está en el mercado y, prácticamente, igual que el de la sierra que, ya entonces, era antiguo. Mamá cree que era una lámpara del abuelo que tenía o en Beas o en Begíjar... Así, que, imaginaros.

Las bombillas fueron, siempre, una parte importante en las aportaciones de mi padre a la familia. Él las prefería "de 100 watios" y, curioso, le sirvieron, al menos en lo que a mí respecta, en no confundir Voltios con Watios....Se lo agradezco de veras. Me ha servido siempre.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Las CONCHAS DE PINO

Se hace arte, o técnica, con las manos.
Se aprovecha que alguien ha ido al monte y ha traído una concha de pino. De esas que parecen corcho, láminas rojas que llegan a tener un grosor de varios centímetros. El largo, lo que haya dado ocasión la suerte. 
En cualquier caso es una posibilidad de empezar a hacer algo y llevarlo a buen fin.
¿El qué saldrá de ahí?. Pues, lo que se decía: "si sale con Barba, San Antón, si no, la Purísima Concepción".
Los mayores se hacían ceniceros. Resulta curioso cómo los habitantes de las sierras son especialmente cuidadosos con los fuegos. Yo creo que, en el paraíso, vivimos todos con una sombra tremenda sobre nuestras cabezas. No era la "espada de Damocles", era el "espadón del fuego"y, además, con el miedo de que, si se declaraba, no sabríamos hacia dónde huir.
Por eso, los fumadores cogían una concha de pino, la tallaban en forma de cenicero y, en él, se iba echando la ceniza. Al final, recuerdo cómo se apagaban los cigarros, parecía que querían desintegrarlos.... el cigarro contra el cenicero, aplastándolos con una piedra, mirando, después de hacerlo, durante unos momentos. ¡No podía salir humo, ninguno!. Si había duda, se aplastaba otra vez... y así así, nos fuimos escapando del peligro.
Pero, como yo nunca fumé, ni concebí esperanzas de hacerlo, las conchas de pino eran.... para hacer barcos. Bueno, barquitos y, de qué tipo salieran, lo haría la suerte más que la habilidad de las manos.

Nótese que, las herramientas que podíamos utilizar los niños, eran bastante someras. El tío Félix nos dejaba una 'escofina' y, allí al lado, bajo su supervisión. O sea, que todo consistía en limar y limar hasta llegar a la forma deseada.

Empecemos: esto es una cocha de pino:

En este caso, forma parte del corte que sirvió para orientar la caída del pino y del que ya hablé en otro relato.

Ha de despegarse de la madera, con un formón es suficiente.
Y, a partir de ahí, empezar a darle con la escofina para quitar la madera que le "sobra" al casco.

Había que tratar de conseguir una figura alargada, con una parte más fina que haría de "proa" y otra más gruesa, de "popa".

El resto, saldría lo que se pudiera sacar. Es decir, no podía uno esperar que le "saliera" un petrolero, barca de remos, crucero del caribe o cualquier otro tipo. Era cuestión de limar, mirar, limar, mirar, ir por el otro lado, volver a mirar, tratar de hacerlo simétrico, mirar....

Claro, en casa, no lo he hecho ahora con la escofina, he utilizado sierra eléctrica para no cansarme...y, así, al cabo de un rato, me ha salido.... esto:


Que, a lo más que puede parecerse es... muy lejanamente, a un "Junco chino"... o sea, que ahora habría que seguir haciéndolo parecer. Pues nada, más lima (bueno, un 'marranillo' con hoja de lija de madera....).



y, al final, el formón, que en nuestros tiempos no nos lo dejaban usar  (buscábamos una navajilla, pequeña, con mucho cuidado y con algún que otro corte...).
Hacíamos la bañera:




Y, a partir de ahí, a adornarlo... ¡Tenía que parecer un barco!. A éste, le he puesto dos chimeneas... ya no es un Junco....es.... un barquito de concha de pino. ¡Y ya está!.







domingo, 13 de diciembre de 2015

Los leñadores

Tuvo que ser en los primeros años de la casa de la "Fuente de las Tablas". O sea, la casa que había diseñado mi padre, desde una caja de cerillas y que el tío Juan cuidó que se llevara a cabo.
En cuanto llegamos al paraíso se notó que algo había cambiado.
Estaban allí los "leñadores".... pero, no, no era ese el nombre que recibieron. Quizás algún otro más adecuado a su función... mas no lo recuerdo.
El caso es que, muy cerca de la fuente, al lado del camino que llevaba a la "Fuente Fresca", había unas cabañas hechas con materiales muy del país. Unos troncos puestos de pie actuaban como pilares y uno transversal como cumbrera. A fin de cuentas, una "tienda de campaña", pero hecha con helechos, hojas de pino, o algo así, cubrían los laterales. Lo dicho, una 'tienda' donde moraban los trabajadores.
La verdad es que los veíamos poco, pero me intrigaron sobremanera: "Están cortando pinos".... y, la verdad, era que no era verdad.... ya los tenían cortados.
Por lo visto lo habían hecho en una época anterior. Ahora se dedicaban a quitarles las ramas, descortezarlos y acopiarlos en algunos lugares donde pudieran acceder camiones que los llevaran al "aserradero".
No sé quién me llevó a verlos y, sobre todo, a ver una de las labores más curiosas que pudiera nunca imaginar: "El ajorre".
Con una yunta de mulos, un yugo (o ubio, así, como suena y escribe) tiraban de unas cadenas unidas a troncos de pino.
Estas yuntas andaban por una especie de canales secos hechos en el monte. Los mulos por los bordes y, en el canal, el tronco o los troncos que ajorraban.
Era sorprendente, parecía un tobogán en el que echaran los troncos a ver si se resbalaban y caían pendiente abajo. El tema era peligroso porque, una vez empezados a arrastrar, si había una pendiente fuerte, el tronco llegaba a adelantar a la vertical del ubio y el mulero que dirigía el tiro se las veía y deseaba para que los mulos no cayeran pendiente abajo. El canal que, en principio, habrían comenzado y que, con el uso se agrandara, se llamaba "jorro".
Antes, de hacer eso había una labor importante. El desramado.
El leñador andaba, bien por encima, bien al lado del pino caído. A hachazos en los nudos, cortaba ramas con las que iba formando un montón informe.
Más tarde, en algún momento, tenían que descortezar. Nótese que entre los pinos del paraíso habían algunos de la especie... que sea, porque no me acuerdo cómo se llaman -ni los encuentro suficientemente bien descritos en la wikipedia- que tenían una corteza expresamente generada para disfrutar de ella. Luego, en otro relato veremos cómo se utilizaba. Los montones de cortezas rojas, escamadas, en láminas que parecían de jamón, eran impresionantes y, a veces, había algunas grandes que nos llevábamos para la casa. Ahora está muy de moda ponerlas en los jardines, pero son muy pequeñas, sólo sirven para eso, para los jardines.
El corte del pino tenía que haber sido interesante. En principio creí, siempre, que era a hachazos, pero alguien me hizo notar la existencia de unas sierras largas, una especie de lámina con dientes que llevaban en sus extremos unos mangos donde agarrarlas con las dos manos. Dos hombres enfrentados, tirando alternativamente, cortarían el pino con cierta facilidad.
Aparte de eso, me hicieron ver cómo se podía orientar la caída del pino. Una especie de cuña cortada de una manera especial hacia que, quitando el trozo de tronco oportuno, apareciera una debilidad en el equilibrio hasta llevarlo a caer por ahí. Al final, se cortaba desde el lado contrario y... al suelo.
El hacha tenía que tener una habilidad especial. Muchos años después, en un programa de la tele, salieron los "aizcolaris" cortando troncos en las ferias del País Vasco. Ahí fue donde identifiqué algunos de los movimientos que había visto de chico. Era duro, pero bonito. Aún hoy me precio de tratar de imitarlos.
Unos años más tarde de lo que cuento, creo que al siguiente, el tío Félix utilizó las cabañas de los leñadores para hacer un magnífico gallinero.... pero eso lo veremos en otro lugar.


sábado, 12 de diciembre de 2015

El asesor científico-técnico

Mi padre. Lógico.
Desde Linares, calle Marqués número 20 (antiguo, claro), he visto a mi padre estar dispuesto a asesorar lo que quiera que fuera. A quien quisiera preguntarle. En el momento que hiciera falta. 

Recuerdo. Años 50. Los congelados. Sí, los productos congelados... ¿son seguros?¿se pueden usar sin peligro para la salud?....

¿Quién lo sabe?. Mi padre. El tema está en el ambiente. Empiezan a promocionarse los productos congelados. Parecen ser la solución para alimentarse de cosas, que no son de la época, en el momento en que se quiera, pero, ¿son seguras?.

Llaman a la puerta de la casa. Esa puerta endeble que tenía un cerrojo "FAC" extraordinario. Voy a abrir... Un señor desconocido: "Chico, ¿está tu padre?".

Voy al cuarto de estar. Le digo a papá que hay un señor que pregunta por él. Sale de la habitación, va a la puerta. Van los dos al 'despacho' y, al cabo de un rato, oigo cómo lo despide en la puerta de la calle. 

Llega papá al cuarto, donde estoy con mamá y dice...."otro señor preguntando por los congelados".

O sea, que papá atiende a consultas 'externas'. Nos cuenta en pocas palabras cómo le ha hablado de la "línea de frío" y de que los alimentos, "una vez descongelados, conviene no volver a congelarlos...".

Y así, una y otra vez. 

Más tarde, creo que a punto de irnos a Granada, empieza el tema del "Butano".

¿Es seguro?¿Se puede usar?

Ni que decir tiene que el tema energético, para hacer la comida, fue, es y será un tema de difícil solución. En el plano mundial, me refiero. En casa, se tuvo claro. Pasamos de la hornilla de hacer  tostadas, a base de carbón vegetal, por las mañanas, a la cocina de carbón piedra, para el agua caliente y la comida,... a la electricidad. Así, como suena. Y, además, con una instalación hecha por tío Félix, en tubos "Bergmann", con una sección tan importante, que la electricidad pasaba antes por casa, que por el resto de la calle (auténtico, venía la vecina a decirnos que desconectáramos algo, que en su casa no se encendía el refrigerador..).

Vale, nosotros, electricidad. El resto de familias conocidas, carbón. Y, en la calle, empieza el butano.... ¿Se puede poner en las casas?

O sea, que, de nuevo vienen a casa a consultar. Mi padre les explica sobre los problemas de ventilación, que hay que poner una rejilla cerca del suelo, porque ahí se expande el gas y...


...zás!, butano en las casas.

Hay una deliciosa obra de Milan Kundera sobre el funcionario que no respondió al requerimiento de un ciudadano y, por ello, fue sancionado. Mi padre era un funcionario público que entendía su saber como un servicio general.

 Otro día contaré más cosas sobre sus atenciones técnico-científicas.

domingo, 6 de diciembre de 2015

La mitad de la mitad, de la mitad, de la mitad....

no es un "infinitésimo", es.... cero. Es decir, desaparece.

Sólo es un recuerdo divertido de la manía -que yo creí que era, sólo, de las tías, pero lo he visto en más sitios- de comer pasteles... a medias.

Bueno, podía ser "a medias" o, "de una sola". Es decir, existe un pastel encima de la mesa... o varios, pero, en principio, se hace con uno.

Con el cuchillo, se parte por la mitad y, valiéndose del mismo, como si fuera una pala, se lleva al plato personal. Se consume. Se habla.

Queda medio pastel en la "fuente" dispuesta al efecto. Se corta la mitad, por la mitad y se sirve en el plato. Se consume... Se continúa la conversación.

Un ratito después, se corta el trocito de pastel que aún queda en la fuente. Se corta por la mitad. Se lleva al plato, se consume.

En la fuente queda...lo que queda del pastel. La familia acompañante observa si alguna de las tías será capaz de cortar por la mitad el trozo deforme de pastel que queda. Llega el cuchillo, al ir a cortarlo se constata que la porción se adhiere al cuchillo.

Teóricamente era la octava parte del pastel lo que quedaba, pero lo que dice la práctica es que el cuchillo es más grande que lo que iba a cortar. Resultado: desaparición del pastel. Consumido.

O sea que las tías desmontaban cotidianamente lo que después nos contaban en filosofía. Aquiles pilla a la tortuga. Claro, nosotros -los martínez- lo sabíamos. Lo mismo que el cuchillo era más grande que el resto del pastel, el pie de Aquiles era más grande que la distancia que quedaba a la tortuga. Resultados finales: pastel consumido y tortuga pisada.

una risa insuperable, irrepetible....

¿A quién puedo referirme?.

En un momento determinado hubo un "magnetófono" en casa de la abuela Isabel. Era un aparato sorprendente. De alguna manera, podemos decir sobre él algo parecido a los chistes que hay actualmente sobre los libros... no tenía USB, no tenía pilas, no había un botón de "grabar mensajes", no se utilizaba para hacerlo, y tenía un cordón "de la luz", cintas manifiestas y...bobinas, casi como la máquina de coser.

Lo utilizaba el tío Pepe (Martínez)  para grabar música. Era un aparato grande, pesado, farragoso y estaba siempre al lado de su cama. No sé cómo se las arregló para grabar la cantidad de música que tenía, pero aquello era llamativo. Lo más cercano que había a él era un "fonógrafo" de cuerda, en el portal de casa de los abuelos que, creo, no funcionaba. Los discos "de pizarra" eran conocidos por su pesadez, la velocidad vertiginosa a la que giraban, el ruido de fondo que, a veces, apagaban el sonido que se trataba de oir y, el hecho de que aparecieran tan sólo en contadas ocasiones.


Patio de casa de la abuelita, verano, si no manifiesto, sí ambientalmente. Un montón de gente en el patio, normal a la caída de la tarde.

Entre ese montón de gente hay una personilla luminosa. Menos mal que era -y es- así, porque se agradecía -y se sigue agradeciendo- su presencia. Donde quiera que aparezca, seguro, se va a pasar un rato bueno, divertido, jovial, cálido y cariñoso.

Me refiero, claro está, a tía Matilde. Hoy por hoy graduada en la Universidad de Mayores.., como un colofón al curriculum de su antiguo título de madre numerosa y mujer divertida... Y, me refiero a ella porque tiene que ver un montón con el "magnetófono" del tío Pepe.

Está la pandilla familiar charlando, como es normal en todas las tardes del patio. Estamos riéndonos de algo que ha contado tía Matilde y, Pepe, desaparece. 

Vuelve al grupo sin hacerse notar y, sin que nos demos cuenta, graba la risa de tía Matilde. Al cabo de un ratito dice: Maria Matilde, oye esto... y reproduce su risa.....

Increíble. Tía Matilde no se puede creer lo que está oyendo: "...pero, ¿quién se ríe así? ¿Soy yo?..." y rompe a reir con más fuerza, ganas y brillo que la vez anterior....

Ni que decir tiene que, en ese momento, estamos todos 'tirándonos' de risa. Yo creo que, si algo hay contagioso que se pueda agradecer, eso es la risa. 

Un rato maravilloso.

Se interrumpe un momento porque llegan las tías...Tía Mariana y tía Calle aparecen en el patio...."...de qué os reís".

Nosotros: Nada, cosas de tía Matilde. Y, en esto que Pepe graba a tía Calle mientras que habla y, unos momentos después, se lo reproduce. Tía Calle está sorprendida, alguna intuición le dice que aquel aparato reproduce realmente su voz, pero, lo que no puede creer es que "...yo no hablo tan rápido. ¡No puede ser! ¡Yo no hablo tan rápido!"....

¿Cómo que no?. Tía Calle, eres tú. Vuelve Pepe a grabarla y reproducir su voz, ya sin ocultación. Tía Calle tiene una cara sorprendente.

A todo esto, el ambiente es de risa incontenible por parte de todos. No hay más que ver la risa de tia Matilde, que ya no puede parar, mientras la cara de tía Calle es digna de foto. ¡Tenían que haberse inventado entonces las digitales o los móviles!.




domingo, 22 de noviembre de 2015

El tío Juan: "coleccionista..."



... de cromos, promotor y señor de infantes curiosos, atendedor de servicios técnicos, señor de máquina y cuchillo, escribidor de misivas de rango nacional, ordenador de sellos de correos, muy leal tío de los tíos, de todos los sobrinos -y sobrinas- que fueren (y fueran) menester.

Que sí, que al tío Juan se le podían aplicar todos esos epítetos y... los que hubiere posibilidad de inventar. Los hubieren -o hubiesen- inventados y los que las monarquías de los Linares -y pincho- tuvieren a bien pactar o diseñar.

Pues resulta que, en nuestros tiempos cincuenteros había varias costumbres familiares dignas de reseñar. Algunas las he seguido primorosamente.

Primera, probar el Nescafé,... en casa de las tías. Provocó en mí tal adhesión inquebrantable que, donde quiera que hubiere vivido, lo busqué, lo hallé y lo disfruté. Una frustración menos en mi vida.

Segunda, que, aunque la austeridad alimentaria llevara a los trompitos hegemónicos a categoría de "gourmet", las meriendas, en casa de la abuela y, a la vez, en casa de mis padres, el chocolate... era Nestlé. Fabricado en "La Penilla, Santander".

Tercera que, como resultas de ser consumidores de tal chcolate, en cada "media libra", habían introducido -no sé cómo- dos "cromos", en 256 colores, al menos, que pertenecían o debieran pertenecer a unos "álbumes"- Nestlé.

Cuarta, que los aficionados a curiosear por nuestro entorno. Hoy, a través de Internet, entonces, a través de Selecciones, estábamos dispuestos a completar los tales álbumes. Eran maravillosos.

Y, como resulta inherente a los coleccionistas, sufríamos los inconvenientes de "las estampas repetidas".

Íbamos a unos primos o a otros, compis de colegio o amigos de la calle, los que fueren. Pero, cuando una "repe", se enquista, no hay quien la cambie. Y cuando te falta alguna, sufres. O sea, que la función propedéutica de los álbumes es la de iniciar a los chiquitines en la frustración, anhelo, sublimación y esperanza. "Esa no la tengo"."¡me falta, c....!!"  (Esto último no éramos ni capaces de conceptualizarse, vendría mucho, mucho más tarde).

Pues eso, hay chocolates, hay cromos, hay espacios rellenados por los cromos y.... cuando hay un paquete de repes.... ¿a quién acudir?.

¡A tío Juan!.

¡Qué paciencia tenía este hombre!. Nos íbamos a su casa. Recopilábamos los coleccionistas la última visión de las repes y, con los álbumes en la mano, hacíamos una "hoja de cálculo" de las que nos faltaban. 

El tío Juan, hacía la lista en limpio, en una máquina de escribir -creo que "Patria"- que escribía en negro, negro de verdad. En una hoja dirigida al departamento de no sé qué en "La Penilla, Santander". Además, calculaba, cuánto había que abonar.

Ese abono dinerario había que hacerlo en ¡sellos de correos!. O sea, que eran 3,50 ptas, por ejemplo. Entonces, venía la orden. "Rafalín, acércate al estanco y compra sellos por valor de 3,50 ptas".

Allá que iba yo. Por cierto, el estanco estaba al lado de la papelería regida por una señorita que le gustaba al tío Rafa y a los que yo hacía de recadero a través de paquetes de "100 folios de papel" que.... esos no eran, vuelve.

Me estoy perdiendo. Compraba los sellos. Volvía a casa de tío Juan, metíamos en un sobre las estampas que había que entregar, la carta, los sellos. Se cerraba, se sacaba la lengua, se mojaba la pestaña, se cerraba y... se llevaba a correos.

Me tocaba a mí, claro, porque yo llegaba al buzón y, el primo JoseMari, o Pablo, mi hermano, por ejemplos, no llegaba. Echaba la carta y gritaba por la boca del León "¡A Santander!"....

Y allá que partía la carta orientada de viva voz.

A las "x" semanas llegaban los cromos. El tío Juan los repartía a los primos que correspondieran. Te ibas a casa, los pegabas en sus sitios y.... ¡ya quedaban menos por rellenar!.

Al final, a través de los álbumes de Nestlé, aprendimos sobre la "Kon-Tiki". (balsa en la que Thor Heyerdal hizo la travesía del Pacífico). "El continente Pangea" (teoría que mi padre sentenció con 'esta teoría es tremendamente interesante'), "Las ballenas azules".... etc., etc.

¿Cómo querían que yo no fuera "Rafalito Selecciones" , si hasta el tío Juan me ayudaba?.

Tío Juan, el investigador

Si el diseño de la casa de las Anchuricas se lo podemos deber a mi padre, D.Nicolás, la realidad de la misma pasa por manos del tío Juan.
Se quedó en la Sierra para dirigir la construcción de la casa familiar. Me lo imagino viviendo en algún local de "El Cortijo de Arriba", mientras "La Chispa" y sus operarios buscaban piedras, arena y cal para hacer la obra.
Según cuenta mi madre, había sido un hombre habilidoso en aportaciones curiosas a la alimentación familiar. En tiempos de la estancia en Beas, durante la Guerra Incivil, se subía a los chopos y se dejaba caer abrazándolos. Así, arrastraba las hojas que llevadas a cabras y conejos podrían suponer un incremento de las proteínas para la familia.
Más tarde, cambió la medicina por las leyes. Supongo la aridez del tema. No sólo porque a mí me parece dificilísomo retener un código, civil o no, en la memoria, sino porque, después, había que bajar a la estación "de Baeza", tomar un tren, llegar a Granada, examinarse y vuelta al pueblo. Empezar de nuevo y así, con puñados y puñados de asignaturas. O sea, estudiaba "por libre" y, duro, tenía que serlo. Eso lo estoy vien
do hacer con mi hijo Fernando, que, aunque no tiene que ir a la estación ni de Baeza ni de Graná, significa levantarte, estudiar, estudiar, comer, estudiar... y sin el chicoleo de las Facultades que es una de las cosas más agradables del mundo.
Pues bien, el tío Juan, acabó derecho y, como es normal, optaría a notarías, registros, o cualquier otro escalón administrativo que le pareciera conveniente.
El caso es que, para mis recuerdos, sacó, con matrícula de honor el mejor título que yo podía otorgar: Un tío fenomenal.
De chico me llegó a llevar a "reuniones políticas". Un día, en el local de la C.N.S., enfrente del taller del camión de los "hermanos Gragera", que era el que nos llevaba a la Sierra, me metió en una reunión multitudinaria.
Nos sentamos a mitad de sala. Tío Juan, tranquilo, miraba a unos y a otros según fueran interviniendo. Yo no me enteraba de qué hablaban, pero sí presté atención al tono y al cómo decían lo que dijesen. Mucho mucho más fuerte -en intensidad sonora- que lo que requería el local.
Le pregunté, ¿están enfadados? y, él, tranquilo, dice: "no, es que aquí se habla así"....pero a mi me parecía que estaban enfadados.
Cuando salimos del local, volví a preguntarle: Tío Juan, ¿de verdad que no estaban enfadados?... y él, de una forma vaga, decía..."no, no mucho, es que el tema era complicado y, entonces.....". O sea, que cuando el tema es complicado, hay que hablar con voces más fuertes que cuando el tema es sencillo, colegí.
Tío Juan estuvo en el Ayuntamiento y, para bendición de los chiquillos, tenía un horario bastante laxo. O sea, podía aparecer en casa de la abuelita, hacia las once de la mañana y decirte, "¿Te vienes a la cruz a cobrar una tonelada de plomo?". Y yo, ¡¿cómo no?!.... ahora mismo.... "¡tia Isa, que me voy con tio Juan!".
Cogíamos el tranvía en Santa Margarita. Hasta la fundición de la Cruz. Entrábamos en un edificio que estaba al lado de una puerta metálica del tamaño del tren (yo pensaba que si un tren quería entrar por allí, podía hacerlo, aunque estuviera la puerta cerrada. Los trenes son muy poderosos). Nos pusimos en una ventanilla. Tío Juan entregó unos papeles y, puso encima de la repisa una cartera de esas de mano.... Le metieron dentro una cantidad de dinero que no vi, pero, cuando la bajó de allí, creí que le habían puesto la tonelada de plomo dentro. ¡Le habían pagado algo así como 10000 ptas en monedas de 25!....O sea, casi, otra tonelada.
"¡Anda, llévala tú!".....La cojo y, trato de que, cuando la arrastre por el suelo no vaya dejando una zanja o... gastándose la cartera.
Mal que bien, llegamos al tranvía, vuelta a casa y, yo me quedo extrañado. ¿Es que las ventas del plomo hay que pagarlas.... al peso?.
Compró un 4-L, Renault 4-L. Coche rústico, poco menos que los 2 CV y,....¡al Hoyo! que nos íbamos, Oficialmente era un coche familiar, de 4/5 plazas pero, como los primos e hijos no somos plazas... pues... los que cupiésemos.
Bajábamos desde La Cruz por un carril que estaba malísimo -de piso- y llegábamos hasta el Cortijo. Al lado había una casa, que se veía de buena factura que estaba enfrente de los restos de la obra civil de una "cabria". Aquella era la casa que estaba destinada a ser casa de recreo familiar. En principio no tenía tejado, porque, así, no se pagaba contribución, como a mi me explicaron.
Pero, poco a poco, fue teniendo paredes y tejado y un tocadiscos de los que no necesitan pilas ni enchufarse que tenía una canción maravillosa. "Jinetes en el cielo", cantada por Bing Crosby. Por poco la gasto.
El Hoyo, como sitio, excursiones y fiestas, tendrá que tener relato aparte. Porque hoy estoy hablando de tío Juan
Él fue el que denunció, ¿se dice así?, el lugar concreto de Cástulo y empezó el expediente que lo protegía y permitiría en un futuro que parece interminable su excavación. También me llevó a verlo: La parte alta de un arco del que se decía que formaría parte de unas termas. Un terreno alrededor y... nada más. Himilce, al parecer, se había fugado con el guarda, porque no estaba por allí. Aníbal, en Siria.
Pero el tío Juan seguia buscando pueblos, lugares, leyendas, carreterillas pequeñas perdidas entre olivares y retamas. Creo que fue él el que me contagió el gusto por las carreteras de tierra, piedras y baches. Aún hoy las disfruto, y más que las aburridas autopistas. (Así tengo los coches, claro).

¡Qué buen usuario habría sido de Internet?. Si se sabía los vericuetos que rodeaban Linares, Jaen, Zocueca, Baños, Arrayanes, Guarromán, Cáceres, La Serena y cualesquiera otros puntos del mapa que fueran susceptibles de parar en cualquier pueblo y preguntar, ¿Os lo imagináis con una tableta, Wifi y cotejando lo que le dice el vejete de cualquier plaza de cualquier pueblo?.

La última que tengo que recordar es que, cuando salió un disco sobre canciones jaeneras, por decirlo de algún modo: El disco Andaraje, lo había oído y no le había acabado de gustar...¿estaba empezando a investigar canciones populares?. Pues posiblemente, y, más que otra cosa, casi seguro, de qué sitio habrían podido salir.

Una gozada de tío.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El tío Luis Martínez Piña

Hermano del abuelo Pablo. Maestro en Jaén y vocacionado para ejercerlo, en público y en privado, casado con tía Carmen y padre de varios hijos, Jose Luis, Carmencita, y Pilar. De los de la familia, era el único que tenía un perro, con el que tengo fotos donde aparezco, casi, como el príncipe Valiente. 
Era un hombre aparentemente serio o, al menos, así lo recuerdo, la tía Carmen, en cambio, siempre me pareció sonriente, agradable, cálida y cariñosa.
Pero el tío Luis era, a la vez que el tío JoseMari DidelCo después, el único cazador que teníamos en el paraiso.
Tenía que ser bastante teatrero, porque era capaz de hacernos simular la aventura, hasta unos extremos, para mí, increíbles.
Recuerdo que un día llegó a nuestra casa. (Él vivía en el "cortijo de arriba") y, nos invitó a cazar.
Papá lo miró con cara de desconcierto. ¿Cazar?,¡Luis, tú estás un poco loco!, ¿cómo nos vamos a ir a cazar!.
Nicolás, tú no te preocupes, que vamos a ir a cazar, con todos los chiquillos....
Y, así fue, salimos un pandillón, por la carretera arriba, camino de la "era del boquerón".
Este lugar era un sitio especial. Era un calar casi sin vegetación que, además, tenía unas piedras peligrosas. 
Por alguna razón especial, las piedras que formaban la sierra, tenían, en algunos lugares, rajas entre ellas. Rajas que, a veces, constituían lo que para nosotros eran auténticas "simas".
Jugábamos a echar piedras por las rajas,y tratar de oír cuando llegaban al fondo. La piedra que arrojábamos iba chocando contra las paredes y... dejaba de oírse. Yo no sé por qué, pero siempre pensé que llegaba al agua y, la verdad, nunca oí el ansiado "chof".
Tiramos, como iba diciendo, monte arriba, cruzábamos el carril que nos traía desde la Navilla y ¡ala! a subir piedras.
El diseño estaba claro. El cazador tenía que ir solo, delante. Y, detrás, en forma de cuña, el resto de la pandilla. Su objeto, acorralar la caza hacia el cazador. 
Tío Luis delante. Supongo que papá -o alguno de los tíos- al lado o ligeramente detrás. 
Y, aquí está una de las cosas curiosas del paraiso. Los chiquillos andábamos por encima de esas piedras peligrosas con, tan sólo, pequeñas advertencias para que tuviéramos cuidado. ¡Si los tribunales de protección a la juventud hubieran visto aquello!, ¿qué hubiera pasado?.
El tío avanza. Los demás, detrás. De pronto, el tío señalaba "'silencio" y "sentaos en el suelo"... Todos sentados. Entonces, él avanzaba, con pauso quedo y cauto, semiagachado se metía entre unos pinos que había casi en el bode del precipicio que suponía el "hondo Peñalcón".
Sonaba un tiro o dos. Todos expectantes.
Aparecía el tío luis, con la escopeta abierta. Y decía "nada, se me ha escapado".
Media vuelta y, a casa. 
¡Habíamos estado de cacería!.

sábado, 31 de octubre de 2015

los chicles de la abuela Isabel

A la abuela Isabel no le gustaban los chicles. A la abuela Isabel no le gustaba que nos gustaran los chicles. La abuela Isabel hacía campañas propagandísticas sobre los chicles. Y hacía las campañas con tal profusión de anuncios....guarros, que a mí me dejaban impresionado.
      "Los chicles son mocos verdes de burra". "Los chicles se te pegan en las tripas, no le dejan sitio a la comida". "Como tendrás la barriga pegada no vas a crecer". "Son una guarrería".
       Pero, los chicos sabíamos que los chicles....estaban buenísimos. Sobre todos unos que salieron, sabor fresa, o, al menos color fresa, que tenían forma de un cilindro en el que, cada dos centímetros había un estrangulamiento. Se cortaban fácilmente por ahí y, se repartían. Como eran de color fresa, no eran mocos verdes de burra, lo cual los salvaba a priori, de la maldición de la abuela. Es verdad que eran un poco más caros que los baratos, pero los baratos sí podrían ser de mocos de burra.
        El caso es que los chicles tenían, aparte de los sabores, una función didáctica. A través de ellos nos enseñaban a masticar en público. Por ejemplo, tia Mariana. Te veía con un chicle y decía: "se mastica con la boca cerrada, sin hacer ruido".... y uno, trataba de cumplir el encargo dentro de lo posible porque, si estaba el chicle nuevo, era muy difícil darle la vuelta con la lengua.... sin abrir la boca.
         De otra parte estaban unas golosinas mucho más finas que los chicles: los caramelos de "la viuda de solano", que eran los que compraban las tías. Tenían un sabor especial, se ablandaban al empezar a comerlos y no eran chicles exactamente, pero casi lo parecían. Un inconveniente fundamental, se pegaban al cielo de la boca y ahí, ahí,... De ahí era difícil sacarlos como no metieras un dedo. Por ello, volvía la función didáctica: "Niño no se toca la comida en la boca".
        Segunda función didáctica: El manejo de la lengua. ¡Hay que ver qué músculo!. Lo ponías en punta, empujabas al caramelo pegado al paladar desde atrás hacia adelante, de delante hacia atrás, cuando notabas que había un lado suelto, incidías exactamente ahí y, como una perforadora, metías la lengua entre el caramelo y el paladar....¡ya está!¡despegado! y, ahora, atención a no repetirlo.
        En el paraíso también aprendimos a entretener la boca. ¡Los juncos!. ¿había cosa más rica y refrescante?. No, ¡qué va!. Ibas por el campo, si pasabas por una zona húmeda, una mata de verdes variados anunciaba la posibilidad de que los hubiera.
         Altos, Verdes intensos, con punta  sola o con punta y una especie de flor y, cercanos al suelo una especie de funda color madera clara, así como un grosor determinado, Anunciaban un rato de mastiqueo placentero
         Se sacaba el junco con cuidado. A veces, la funda, que era como de papel cebolla, se quedaba en el agujero. Salía un cilindro blanco al que observabas por si había que quitarle una capa más o había salido "operativo".
           En el primer bocado se cortaba el trozo, color endivia y, más o menos, del mismo sabor, quizás menos amargo, Nada, un caramelo sin azucar. Segundo bocado o tercero, igualmente válidos. Cuando pasabas de esos ya te acercabas al chicleteo. Ya no se desprendía la materia, pero tenía la misma constante recuperadora que podía tener un chicle.. así que mordisqueabas durante un rato y, al final quedaba un tallo largo verde y, en tu lado una especie de paja mordisqueada.
           Funcionaban, parecían chicles, no eran moco de burra y tenían una ventaja sensacional. ¡Eran baratísimos!.
         
         

      Con los juncos se hacían, también, manualidades. Mi madre hacía balsas que ¡flotaban!. Porras que servían para luchar entre nosotros, cual espadas triunfadoras. y algunas cosas más que ahora no recuerdo.
        Yo creo que, del uso de los juncos, nació una habilidad serrana tremendamente eficaz. En la sierra no había muchas fuentes y sí bastante calor. En las excursiones pasábamos sed y alguno de los tíos observó que si te metías en la boca una pajilla -sería esparto o primo hermano-, ésta te hacía insalivar y, por ello, marchabas con la boca húmeda aunque respiraras a través de ella.
       Pues ya está. Vamos de excursión a la fresnadilla. Última parada de agua: la fuente "fresca". De ahí hasta la almoteja pasábamos por un erial calenturiento como eran "las asperillas". No hay problema, al salir del bosque, te agachas, cojes una pajilla, la cortas, te la pones en la boca y ¡ala! a subir o bajar cuestas.
        Tal costumbre la trasladé a todas mis excursiones camperas. Sierra Nevada, La Almijara o cualquier otro lugar. También a la mili, a mi mili en Montejaque.
          Un día les dio a los capitanes y comandantes por jugar con la tropa. Bajamos con la instrucción a la 'plaza de armas'. Todas las unidades de todas las armas. Total, aproximadamente, 2500 'cadetes'.... nos ponen derechos, izquierdos, al frente, de tres en fondo, de nueve en fondo y, me toca ver cómo discuten sobre si era posible ponernos de tres en fondo... a todos. O sea, setecientas y pico filas de a tres.
          Hay una avenida que parece recta y que puede cumplir el cometido. Nos hacen meternos por ahí. "izquierda,¡ar!, ¡alinearse!, ar"... y quedo de tal manera que estoy en primera línea, que da al exterior. Se ponen los mandos a ver si estamos rectos, como si de una regla se tratara.
          Es el capitán de mi batería el que está al mando y las órdenes las está dando a través de los altavoces del campamento.
           Se agacha a comprobar la linealidad, coge el micrófono y, con un sonido estruendoso dice "¡Flores!¡la pajilla!".
            De ahí, hasta que acabó el período del campamento, podréis figuraros el cachondeo que tuvieron mis compañeros conmigo.....¡Hay que ver hasta donde me habían llevado o los chicles de la abuela, o los juncos de la sierra!.


jueves, 29 de octubre de 2015

Los cazadores de la pradera

El cazador de la familia, el gran cazador, era el tío Josemari Díez del Corral. Era conocido su afán cinegético en Linares y yo recuerdo verlo rellenar cartuchos en la cocherita -de motos- que había en el portal de Marqués 20.

Estábamos en la sierra y, un día, apareció el tío Jose con su moto. Una magnífica Derbi 250, grande, ruidosa y muy moderna. Recuerdo detalles de ella tales como que tenía lucecitas para indicar en qué marcha estaba la caja de cambios, que tenía un asiento encima del guardabarros trasero, para el acompañante y que, con ella, me llevó alguna vez de una casa a otra.

Pues bien, apareció en la sierra, lo cual me asombró. ¡Estábamos lejisísimos de Linares!.¿Se podía venir en moto?....

Y trajo una sorpresa extraordinaria. Una escopeta, de dos cañones, pero de calibre pequeño.... para los niños. La sacó de su estuche, en medio de la caterva de primos que conformábamos aquella avanzadilla de la civilización en los bosques serranos.

Poco menos que tenía que haber dicho ¡Tachán!....y hete aquí que se vio rodeado de un montón de caras, caritas, de asombro. ¡No importa!. Él siguió con su discurso. ¡Os voy a enseñar a cazar!.... Caras casi iguales. 

Yo creo que era un objeto absolutamente inesperado. Lejísimos, al menos en lo que a mí respecta, de cualquier ilusión formada o esperanza. Era, eso, una escopeta.

Nada, no hay problema, al cabo de un rato -o al día siguiente, no recuerdo bien-, salimos andando los Flores Martínez y los DidelCo Martinez, por medio del campo de fútbol hacia el carril que lleva a la fuente fresca. De pronto, ¡un pájaro!, ¿dónde?, !ahí, en ese pino!. ¡Todos detrás de mí!, ¡Silencio!....

El tío Jose carga la escopeta y viendo la pandilla acompañante se dirige a mí. "Bueno, como eres el mayor, supongo que te corresponde empezar".

Me da la escopeta, me la pone bien encarada y dice "apunta".

Yo, "¿a donde?".

- "¿no lo ves?, el pájaro está lo alto del pino que tienes delante..."

No veo nada, pero como aquello parece que hay que hacerlo, pues se hace. Tiro de la cola del gatillo y sale un ruido ensordecedor.

Una sombra pequeñita cae a través del árbol hasta el suelo. ¡Tocado!.

El tio Jose, coge el pájaro y con una cara entusiasmante nos lo enseña. "¡Ya habéis empezado a cazar!.

Tuvo que ver a su alrededor las caras que aparecen en la foto, porque creo recordar que no hubo ni un sólo tiro más.



domingo, 25 de octubre de 2015

A la sombra de los pinos en flor

Las edificaciones existentes en las Anchuricas tenían tanta historia, casi, como cualquier castillo medieval.
Al parecer, en anteriores generaciones, -no sé cuántas-, había instalado un Balneario. ¿Sería esto posible?. Pues sí, así era, o así lo parecía, porque así lo contaban.
En lo que siempre llamamos "Cortijo de Arriba" había una capilla. Cosa un tanto peculiar. También había una "tira" de casitas de una o dos habitaciones más una casa algo más grande que las anteriores. Todo ello formaba una especie de "lateral" de una calle, abierta a una plaza, por un extremo y, por el otro al campo que subía hacia "El Puntal".

En aquellas "casitas" se comenzó la colonización del paraíso. Allí, íbamos, ¡qué se yo!, cuatro o cinco familias. Es decir, padre, madre y, en cada una, una caterva de críos.
Así tuvo que ser durante un par o tres de años... hasta que ¡no se pudo más!.
Hacía falta una nueva casa. ¿Y a quién se le encargó el proyecto?
Habéis acertado. A mi padre, quien, por cierto, no creo que tuviera experiencia al respecto, pero, presto a echar una mano siempre que hubiera un papel y un lápiz de por medio, trató de solucionar el desafío.
¿Qué proporciones?¿Qué distribución?.
Muy propio de un físico... atómico, trató de establecer un patrón que, fuera tan funcional como agradable y, ¿dónde tomar 'proporciones', de algo agradable, de algo agradable... pues ¡una caja de cerillas!.
Y así, lo hizo. Yo creo que cogió una caja de cerillas, la multiplicó por el Número de Avogadro y, salió un mol de casa.
Bueno, se pensó en quién hacerlo y, la solución cayó en "La Chispa", a quien ya conocéis por otros relatos de este ambiente.
Supongo que discutirían la distribución, número de dormitorios, salón principal, dos chimeneas, dos puertas... etc...
Pero también recayó sobre él la tarea de escoger el eje principal. La casa iba a ser a dos aguas y hacía falta un 'madero' que sirviera para la cumbrera. Es decir, el tronco en el que se apoyan un conjunto de vigas que, a su vez, soportarán las tejas.
Hacía falta un pino recto y, de determinada longitud -y grosor- para que satisficiera todas las propiedades.
Nada, sin problema, papá llamó a Pitágoras y, con un metro -cinta métrica-, que no era demasiado largo, ayudado por el sol a determinada hora del día, salió a buscar el pino. Había que cortarlo -encargar que lo cortaran, era demasiado para un teórico- , quitar las ramas, y disponerlo para la cumbre.
Parece que escogió una hora de media tarde, cuando el sol hace sombras marcadas y ni muy largas ni muy cortas. Me lo imagino con el tío Luis Martínez andando entre los pinos de la finca. Llegan a uno que tiene buena pinta; papá mide a tio Luis o a alguno de los acompañantes, le mide la sombra y, apunta cada uno de esos datos en un papel. Mide, después, la sombra del pino escogido, calcula, según proporciones matemáticas, discute con tío Luis si a la altura que van a necesitar, el grosor será el adecuado y, eligen por fin el pino.
O sea, que las dos grandes 'fuentes' que dirigieron la casa son las sombras, las buenas sombras, evidentemente.... y una caja de cerillas
Me contaron, bastante años más tarde, que la sombra persiguió a los pinos. Pero no a uno ni a unos pocos. Que, con el mismo procedimiento, tío Luis -ya no sé si acompañado por papá- eligió los pinos que se iban a cortar el año siguiente para su explotación maderera.
Al parecer papá había hecho una tabla, para que no hicieran falta los cálculos repetitivos.  Se mide la sombra y, si la sombra mide tanto, el pino mide tanto..... Es decir, un autómata, no programable, en el que se explota la faceta más solar de los pinos.... su sombra.



sábado, 24 de octubre de 2015

el "hatero"

Pues resulta que no era "hatero", sino "hatera" ya que, puntualizando con el tío Carlos, me indicó que, en un principio era  "La Chispa" quien se iba a hacer cargo de nuestras haterías. El problema que tenía esta mujer -de la que me hubiera gustado tener alguna foto-, era que no sabía leer ni escribir y, entonces, se hacía acompañar por su hijo, quien, al parecer, si dominaba estas 'destrezas'...
El "hatero" es el que maneja la "hateria" de los pastores y, cuando buscas este término en el DRAE, sale es que la provisión de víveres que se escogen, para unos días, a los pastores que están en el campo.
Yo sé que el "hatero", nunca me fijé en que fuera una mujer, era un señor, joven, que venía hasta la "Fuente de las Tablas", con uno o dos mulos y, en ellos, unos serones grandes.
Llegaba a la casa y, en el "Quinto Pino", debajo de uno de los árboles, comenzaba a descargar lo que los llenaba.
Allí, mi padre, sentado en una mesa, que creo recordar era de las "de tijera", comprobaba, lista en mano, si lo que descargaba se correspondía con lo encargado. A su alrededor, familia o familia y media, recibiendo los hatos.
Una vez acabada la tarea de descarga se apuntaba el nuevo dossier alimenticio: 3 kg de garbanzos,... para nuestra casa, 2 kg para casa del Tío Carlos Mattínez Piña. 1 botella de alcohol, para el botiquín general, 15 hogazas de pan "de agua" para la casa de arriba, etc.etc.
Era entretenido, papá acababa la lista, la entregaba al "hatero" y éste partía en dirección al "Cortijo de Arriba", por el que pasaba, iba por el sendero hacia el "peñón de la despedida" y, bajando por un sendero que llevaba al "Cortijo de Abajo", tiraba hacia Siles por su camino correspondiente.
A los dos o tres días se volvía a repetir el proceso. Y, claro, este era más que importante. De éste supermercado ambulante nos proveíamos de lo más perecedero.
Unos años más tarde, estando con mi familia pasando unos días con una caravana, en un rincón de "La Navilla". bajábamos a Siles, a la plaza, a comprar carne o cosas de primera necesidad. Nos habíamos juntado una buena pandilla: cuatro matrimonios y un puñado de chiquillos. No teníamos ninguna fuente, con lo que el agua, era un problema.
No había tal, sino una incomodidad propia de una aventurilla. Cogíamos el Simca 1200 que teníamos entonces, Lleno de bidones de plástico, era llevado hasta las cercanías de la "Fuente Fresca". Cargábamos y, de vuelta.
Mirando el coche, al que tratábamos como una mula, me acordaba del "hatero". ¿Cómo hubiéramos podido estar allí esos días sin coches?. ¿Con una recua de mulos?. ¿Con un personal 'de servicio' que se encargaran de la manutención?. ¡Cómo habían avanzado las cosas!.

miércoles, 21 de octubre de 2015

La "chispa"

Al lado de la casa, algo más lejos del "5º pino", había una "Calera".
En un principio, para mí, era un topónimo. La calera era el sitio en donde se echaban las basuras de la casa. Supongo que nada de plástico, pero sí mondas de patatas, huesos de los cocidos y demás desechos que, en otro caso hubieran pasado a "compost", pero eso era impensable entonces.
A ver, comíamos y, casi indefectiblemente, a media tarde había un paseo de Irene hasta el "sitio". Un cubo y un vertido.
Un día me asomé al "agujero". ¡Qué decepción!. ¡No había agujero!. Es decir, lo que se llama así, es decir, profundo y oscuro, no lo era. Había unas ruinas de algún tipo de muro y, en medio, un montón de jaramagos, piedras, tierra y... restos de patatas.
Pero ya me había llamado la atención el nombre: "calera".... Recurso para seguir, lógico, papá.... y los paseos serranos. A veces, al subir a "La navilla", tirábamos por una especie de atajo. Allí, había, no sólo una, sino dos... "caleras".
En fin, sitio donde se hacía la cal, 'cociendo' piedras en un lecho de leña.
De ahí salían unas piedras reblandecidas que, sin mucho esfuerzo, se volvían polvo. Un polvo que, si se tocaba, irritaba la piel. Era la "cal viva" y, apagándola, "cal muerta.". Eso decía papá.
Bueno, no paraba ahí, la cal servía para la construcción y resulta que, la casa, estaba hecha con arena y cal.... O sea, que importaba saber el qué era.
No acaba aquí el rollo. En una ocasión, el tío Rafa -desde luego era un alma mater del paraíso, no me cabe duda-, dijo de ir a trabajar. Asalariado, claro. Que quería pasar por esa experiencia y, ¿dónde buscar trabajo en medio de aquel paisaje?.
Pues está claro, haciendo cal.
Había por aquellos andurriales un personaje insigne. "La chispa", quien, como indica su artículo era una mujer. Señora, digo yo, porque para andarse en lo que andaba, no tenían que ser una chica de tres al cuarto.
Regentaba, al parecer, una cuadrilla, que trabajaba en el bosque. Supongo que cortando leña, cogiendo piñas, piñones y lo que fuere. Y, además, haciendo caleras y, por tanto, cal.
Pues bien, fuése el tío Rafa a trabajar con ella y sus montaraces compañeros.
Se levantaba temprano, y, volvía por la tarde, cansado, Pero ya tenía su experiencia satisfecha que, por cierto, nunca me contó.
La "chispa", tenía una habilidad especial para la que fue requerida en la familia. Pintaba. Es decir "encalaba" casas, que era, obviamente, lo que había que hacer en un país.... calero. Y, es más, pintaba de una manera asombrosa: ¡a sartenazos!.
Yo recuerdo que se comentó y, creo recordar, se vivió una cierta expectación al respecto. ¿Cómo se pinta... a "sartenazos".
Pues, obvio, con una sartén....
Y así lo vimos
Un día llegó "La Chispa". Creo que con alguien más, supongo que algún mulero y, en el mulo, los aparatos correspondientes.
Al fín sacó el objeto a observar. Una sartén pequeña, con un mango larguísimo, del que salían unos refuerzos como en los mangos de las sartenes para las migas.
La señora cogía una pequeña cantidad de cal (muerta, supongo) y, con un movimiento bastante airoso lo lanzaba contra la pared. Allí, se esparcía en la cantidad justa como para quedarse, y más en ella que lo que salpicara al suelo. Una vez y otra vez... hasta que la casa quedaba pintada.... a sartenazos.
"La chispa" era pequeñita, rápida, y valiente, y me formó en un principio de admiración hacia las personas inesperadas.


miércoles, 7 de octubre de 2015

La "peguera"

Justo al lado de la subida del "Cortijo de arriba" había una extraña construcción hecha de troncos, de la que quedaban sólo sus ruinas.
Cuando visitamos nuestro paraíso en años posteriores, el resto era sólo un escalón suave en la tierra.
Tiene interés por lo mágico que parecía y, por supuesto, porque recuerdo la ilusión que me hizo rozar el "ser mayor", al menos por un momento, en tiempos pretéritísimos.
La construcción era una "peguera", es decir un horno en el que se fabricaba "pez", tal y como mi padre explicó y explicaría a quien quisiera oirlo.
He buscado en internet si hay alguna foto de tal horno, que lo hay, pero en nuestro caso, construido con troncos de pino. Parecía una pequeña cabaña de la que vemos en las películas canadienses.
Mi padre decía que ahí se hacía arder madera, de tal manera, que los trozos de la misma dispuestos de en forma adecuada, destilaran su resina y, haciéndola líquida, saliera al exterior por un agujero hasta acumularse en algún tipo de caldera.
Imaginémonos cómo era. ¿Nadie recuerda haberse impregnado de resina?. Pues eso, un caldero lleno de la misma.
Después, al parecer, se llevaba a algún lugar donde se procedería a sacarle las utilidades que fueren menester.
El uso que hacíamos de los restos que quedaban esparcidos por el lugar, era tratar de proteger las suelas de las zapatillas de esparto.
No hemos hablado nunca del problema que teníamos con nuestros equipos de camperos. La ropa podía ser la misma que usáramos en Linares durante el verano, es decir, fresca y cómoda. Normal. Pero, los zapatos eran, al ser propios de la época y de la solvencia inherente, no eran los más adecuados para estar todo el día triscando en el monte.
Aún eran incipientes aquellas sandalias de goma blancas, casi transparentes, en las que te sudaba el pie como un descosido, resbalabas con ellas, se llenaban de polvo y, al final del día, las pelotillas normales de entre los dedos eran de un negro apelmazado.
También nos serviria referirnos a alpargatas de cuerpo de lona y goma en la suela. Tenían que ser más caras que las de esparto y se tenían las que hubieren.
Las sandalias para los chiquillos, por supuesto, las del año anterior o bien heredadas de algún mayor, eran muy socorridas.
Pero las que vienen a cuento, las que tienen que ver con la pez, eran las que tenían las suelas de esparto. Cómodas, no calurosas, se adaptaban al pie y, al andar por los caminos, la suela se volvía por algunos lugares cada vez más fina hasta que, finalmente, acababas sacando un dedo por algún agujero.
Pues eso, yo seguía al tío Rafa, como siempre y éste llegaba a la peguera, cogía una rama, por supuesto de pino, se sentaba en el suelo y "pintaba" la suela de sus zapatillas con un grumo de aquella "pez" viscosa y pegotosa.
Empezaba a andar. Al cabo de un rato, se le habían unido todos los chinos que había pisado.
Se constituía así una segunda suela, bastante más inestable que la anterior y que, lógicamente separaba al esparto del suelo.... hasta que se gastaba.
Pero, al menos, podía decir que las zapatillas de esparto "duraban más".
Pues eso, fui mayor durante el rato que lo imité. Lo seguí, esperé que untara sus suelas y, después, hice lo mismo con las mias. Por un rato fuí "como el tío Rafa".

domingo, 4 de octubre de 2015

Los tornajos

En el paraíso se aprenden palabras extrañas. Además, tienen la ventaja de que, como son usuales, nos dan un cierto carácter de iniciados.
Si en el colegio de las esclavas de Linares, contemporáneo con nuestras vivencias paradisíacas, decías "tornajos".... la gente te miraba con una cara extraña....¡no sabían lo que era!.
Los tornajos eran unas extrañas "tuberías", hechas, cada una de ellas, de un tronco de pino asombrosamente recto en el que -nos decían- bebían las ovejas cuando iban a beber a la fuente.

De un pino derecho se labraba un "canal", a base de azuelas, hachas y formones, supongo, mucha paciencia y buen hacer. Se lograba tal cosa como esto:

Un semicilindro, bastante regular,con zonas más macizas en los extremos y, alli, un pequeño canalillo para conducir el agua al tornajo siguiente.

Tamaño: los había de todos tipos. Los más cercanos a la casa, en la "fuente de la teja", tendrían unos 4 metros de largo por 25-30 cm de ancho. y, 15 a 20 cm de profundidad.

Supongo que las proporciones se ajustaban al hocico de las ovejas.

Se encadenaban, como en una escalera, de tal forma que el primero estaba cerca de la artesa de la fuente, de la cual cogería el agua. El segundo, al pie del primero recogiendo el agua del canalillo y, así, hasta un número de 5 a 7, dependiendo, supongo del ganado que tuviera que abrevar.

En el caso de los que estaban cerca de la casa, nosotros usabamos, uno o dos, y tratando de no echar jabón nunca a ellos. O sea, que era cuestión de meter las manos y aclararse el polvo que tuviéramos,.... la cara, yo no recuerdo haberme lavado la cara, pero no era por lo limpia o sucia que estuviera el agua.... es que, la cara, la cara... eso no se lava... hasta que no estás casado, creo.

Los últimos tornajos estaban rodeados de matas de juncos y zarzas, hierbas variadas aparte de barro, ya que el último vertía hacia lo que se suponía un arroyo que tenía poca pendiente. O sea, barro.

La gran ventaja de los tornajos es que nos permitían jugar con las especies de barquitos que pudiéramos hacer con conchas de pino. Ahí botó papá su acorazado de chopo, cuatro torretas en montajes dobles y quilla supercomplicada.

Esas artesas, sorprendentemente eficaces -no se le escapaba el agua por debajo casi a ninguno-, también servían para refrescar las botellas de bebida que usaban los mayores. No digamos en la fuente "fresca". Allí sí que era como una nevera
.
Un año, el tío Carlos, montó -hizo montar- un tornajo enorme en una terraza del camino, muy cerca ya de la fuente fresca. Era anchísimo y pensamos que serviría para bañarse. Creo recordar que el tío Pepe se atrevió a meterse alguna vez. Casi, por supuesto, el tío Rafa, por favor....Pero el agua era del arroyo que, de una forma u otra, también nutría a la "fresca" de la fuente. O sea, que los baños allí no servían para aprender a nadar....10 segundos y ¡fuera!.

En los Calarejos, al lado de la "casa forestal" había unos tornajos de obra, con muy poca agua, si es que alguna vez la tuvieron, pero eran mucho mucho más feos que los nuestros. Y es que los nuestros, eran nuestros, que era lo mejor que tenían.....

domingo, 20 de septiembre de 2015

los "maquis"

Estoy seguro, vinieron lo que, a mi parecer eran soldados, por el camino de la "fuente fresca". Lo vimos llegar por el "campo de fútbol" y pasar por delante de las cabañas de los leñadores. Llegaron a la casa y pidieron hablar con quien fuera el responsable de aquella panda.
Les vi el sombrero de la Guardia Civil, al que, curiosamente, colgaba una tela que protegía el cuello por detras y, me parece recordar, que no traían el traje color verde, sino un color más de tierra, más parduzco claro.
En ese momento no recuerdo si el "jefe" era el abuelo o era mi padre. No puedo precisarlo porque tengo recuerdos confusos. Lo que sí sé, positivamente, es que a los chicos "no nos dieron vela en ese entierro".
O sea, a jugar a la arena.
Al cabo de un rato yo percibí algo raro. Llevábamos allí unos cuantos días, es decir, estábamos al principio del veraneo y, por lo que después hemos podido ir coligiendo había trozos de familia aún en Linares -mi madre, p.ej.,- que aún estaban en Linares.
Algo pasó, algo pasó, y grave. Había que ir a buscar un camión a Siles para que nos llevara de vuelta a Linares. ¡Se nos había aguado la fiesta!.
Oí, porque, lo oí, que esos  guardias habían dicho que había "maquis por la sierra" y que teníamos que irnos de allí porque tenían orden de tirar a matar.... aunque se escondieran entre los niños".....
Suficiente, suficientemente aterrador para ser verdad..... había que irse.
Y yo no quería irme. Hasta tal punto que, creo que fue al dia siguiente, cuando apareció en la puerta de la casa, un camión, que no tenía baldas laterales.... con lo que, no podríamos cargar los enseres y.... nos tendríamos que quedar. (Decía yo, claro).
Algo así:
Pues aquel camión se cargó, nos cargaron a todos y volvimos a Linares.
Habíamos descendido del paraíso al infierno cálido del patio de casa de la abuela.
Siempre tuve aversión al "maquis".... nos quitó la Sierra....

sábado, 19 de septiembre de 2015

Los "don nicolases"

En algún lugar, me he referido a la especial figura que constituía mi padre entre su familia política. En la "Sierra" no podía ser menos. Era, si no el mayor -a veces estaba el abuelo Pablo-, sí el mayor susceprtible de jugar con él. Siempre, evidentemente, a juegos serios. Siempre, evidentemente, había que tener cuidado con su saber y con su criterio pero, como era persona asequible, era susceptible de recibir bromas y, según estuvieran de adecuadas, seguir usándolas en modo familiar.

Como buen "urbanita", que diríamos ahora, tenia una aprehensión por la cantidad de bichos que había en la Sierra. Era capaz de combatir la leyenda -que no urbana- "serrana" de que en la "fuente de las tablas" un invierno se habían visto lobos, los terribles lobos. Él decía que, suponía, que los lobos bajarían a zonas habitadas en tanto en cuanto tuvieran hambre y, si  nos rodeaban conejos y ratones de campo de forma frecuente, los lobos no tendrían hambre y, por tanto, no vendrían a comernos ni a asustarnos.
O sea, que se le podía tratar de asustar, pero con poco éxito. ¿Quién no recuerda la apología que hacía de que las "cucarachas" eran un "bicho muy limpio", porque no transmitía enfermedades y un bicho muy interesante porque, junto con las ratas, era el que sobreviviría a una guerra atómica con más facilidad que cualquiera de nosotros.

Pero había un insecto feo, con un abdomen rayado enorme, y tanto más era así cuanto que el resto del cuerpo estaba desproporcionado, era pequeño.


 Aparecía en sitios insospechados y, se gestó sobre él la leyenda de que si conseguías escupirle en el lomo.... estallaría. Ni que decir tiene la cantidad de saliva que gastamos, los chicos y los medianos en esputar al pobrecito animal. Nada, te quedabas seco, pero no había quién le acertara.....

Con la broma y broma, los tíos (Martínez), le pusieron "los nicolases".... y con eso se quedó. O sea, que, aparecía uno en el suelo del "quinto pinto".... "Mirad, ahí viene un nicolás".....

Pues bien, Esa broma pasó a mayores, en el mejor sentido del término porque había un pastor que veíamos de cuando en cuando, quien con una punta de cabras y ovejas, pasaba de vez en cuando por las cercanías de la casa.

Algo le tuvo que llegar al buen señor porque un día, estando con la familia, apareció por allí el bichillo familiar. Y, el pastor, con una educación notoria señaló: "Miren ustedes, ahí hay un D.Nicolás".


miércoles, 12 de agosto de 2015

los recortables de D.Nicolás

Mi padre tenía algunos gustos altamente pintorescos. Le gustaban los recortables, a ser posible de "cartón troquelado". Éstos eran unas maquetas de trenes, aviones, barcos, o casas, más bien los primeros que los segundos, que venían impresos sobre un papel muy recio, con profusión de colores y que tenían unas rajas que, casi, permitían separarlos de su sitio sin necesidad de usar tijeras.

Los compraba en una librería de Linares que había en las "ocho puertas" y que se llamaba "Segundo" o algo parecido. Corregidme si me equivoco porque estas líneas han de quedar para la posteridad.

Pues bien, cuando en una ocasión íbamos a ir a la sierra, al paraíso, papá se hizo de una carpeta notoria. Barcos de guerra y camiones y jeeps militares. A todo color y con profusión de detalles. Ni que decir tiene que había que llevar, también, un número de tubos de "pegamento IMEDIO" que desprendían un olor de lo más gustoso.

Llegados a la sierra y una vez ubicada cada cosa en su sitio, papá sacaba los recortables y se ponía en su mesita a hacer sus maravillosas obras. Hasta que lo vió el tío Félix.

"... eso no se hace así, de cartón no sirve para jugar, hay que hacerlo de lata". Sorpresa de papá, que 'esto' ¿lo puedes hacer de lata?. Se referían a un jeep tal y como se ve en la imagen.

El tío Félix cogió una lata de la reserva que tenía, gracias a la leche condensada y pegó sobre ella los trozos recortados. Con una cizalla de mano empezó a dar forma a la carrocería que quedó estupendamente acabada. Unos trozos de madera, de chopo, por favor, más un chasis recortado sobre una tabla, conformaron un jeep mejor que aceptable. El problema era las ruedas. No daban, entre papá y tío Félix con la solución para que rodaran bien y no se soltaran del chasis. Esperábamos que, a base de usar el cochecito, se fuera suavizando la capacidad de giro de las mismas. 
Papá se quedó impresionado de la habilidad del tío Félix para hacer cosas tanto grandes, camas, como pequeñas (el jeep no medía más de 20 cm de largo). 
Le preguntó si se podría hacerun barco con un trozo de chopo. Y, entre los dos, uno dirigiendo la forma y otro ejecutándola, ¡hicieron un acorazado¡. 
La obra muerta era un cilindro de chopo, cortado por la mitad, con la proa afilada con la hazuela, herramienta bonita donde las hubiera, y la popa redondeada con la escofina, consiguieron el casco. 

Las torretas de los cañones, el puente y demás superestructuras, con concha de pino. Los tubos de los cañones eran juncos.... Todo fenómeno..... hasta que lo botaron en uno de los tornajos.
Se ladeó. No flotaba vertical en absoluto. El barco había escorado antes de sufrir el más mínimo cañonazo.
Cuando se fijaron en el tronco resultó que, al parecer -y según deduzco ahora- no habían cogido un trozo con densidad pareja, había una  parte menos densa que flotaba mejor y que estaba a un lado.
Félix no se arredró. Cogió el tronco, con el serrucho de costilla le hizo una raja y metió una lata, también de origen "lechero" para hacerle una quilla. Fue doblando la quilla hasta que el peso de la misma equilibró el desequilibrio del casco y aquello flotó derecho. 
Era majestuoso verle surcar el agua de los tornajos. Pero, no lo miraras por debajo. La quilla era francamente fea.
O sea, que en el paraíso no sólo se hacían juguetes, sino que se arreglaban.

viernes, 31 de julio de 2015

Piscinas en la familia

Un morbo que tenía yo de pequeño, pero me parece que me acompañaban algunos familiares más, era algo así como echar carreras a ver dónde era donde más calor hacía, dentro de Andalucía.

Ya había empezado la Tele y, con ella, D.Mario Medina, "el hombre del tiempo".  "Daban" la máxima de España que, por entonces, era normal que fuera Écija, en Sevilla. Y decía este hombre: "En Écija, los termómetros han marcado 44º a la sombra".... Yo decía, "qué va, en Linares, hace más". Creo que el Abuelo Pablo también pensaba lo mismo, porque veíamos los dos la tele a la vez y poníamos, los dos, la misma mala cara.

No había piscinas, y había que, o quedarse en casa, en el portal, en la penumbra, con una tela cubriendo el patio del tragaluz, sudando, sin hablar,... o inventarse algo. La tinaja sirvió de piscina, luego -o antes- las pilas inmensas de piedra que había en el "patio grande".. lo que fuera, agua, agua, agua contra el 45º... a la sombra.

El tío Rafa era un buscador de piscinas. Salía de casa y decía "voy a bañarme". Nunca decía si lo conseguía o no, pero él, "iba a bañarse".

La piscina más cercana que teníamos -en el ámbito familiar- era la de "La Bullidera". En Begíjar, donde también el amigo Lorenzo le daba bastante caña. Pero, ir allí, era difícil. Sólo en las ocasiones en que hubiera alguna fiesta, normalmente bautizos, se justificaba que apareciéramos "el ciento, y la madre", por esos lares.

En principio, no había piscina, sino que el manantial, que "bullía" desde debajo de un montoncillo de arena, corría pegado a una pared de tierra y, en el otro lado, se le había puesto un murete de ladrillo.

El agua estaba fría, para cortar, pero, con unos 40 cm de hondo, por ¡qué se yo!, ¿20 metros?, de largo y, en sitio más ancho un par de ellos, servía para que oleadas de primos nos sumergiéramos por unos instantes y soñáramos con que, algún día, aprenderíamos a nadar.

De, entre las cosas más raras de La Bullidera, destacaba una especie de galería vegetal que había al fondo del primer bancal. Es decir, si dejas la casita a tu espalda, bajas una ligera pendiente hasta estar debajo de un -creo- nogal magnifico, sigues bajando y había un haza cuadrada, de unos 30 x 30 metros que se plantaba de alfalfa y, al fondo de ella pasaba el arroyuelo que provenía de la bullidera. Pues bien, en ese arroyo hubo alguna vez una serie de plantas que lo convertían en una galería.

Pero, me estoy enrrollando porque lo interesante es que, siguiendo ese arroyo y yendo a la izquierda,, según la indicación que venía diciendo, se llegaba a una alberca que, para mí era tan grande como el embalse del Tranco de Beas.

Allí se iba Rafa, y creo que, alguna vez, Pepe Martínez a bañarse. Yo ví al tío Rafa marcharse de la multitud familiar, y, le seguí hasta dar con él. ¡Buena me montó!. No nos dejaba entrar en el agua de la alberca... "porque era muy peligrosa" y, ¡vaya que sí!. Tenía un fondo de un légamo, que, como lo tocaras, salían todos los gases del mundo,

Yo convencí a tío Rafa para que me dejara bañar. Había que hacerlo sin sumergirse, sin hacer pie, habiendo entrado en el agua desde una piedra o el muro de la alberca, nadar sin alborotar el agua porque, se podía rozar el fondo. Si se rozaba el fondo, había que salir de allí, por pies.

O sea, que, la experiencia  de lucha contra la temperatura a través del baño, también tiene su curriculum. Y, digamos, por ahora, , que los gases nauseabundos son los vencedores claros