martes, 23 de febrero de 2016

La Bullidera

Por decirlo sin ambages, otro de los paraísos de nuestra infancia. Está en un sitio un tanto peculiar, en mitad de un olivar o, bueno, al lado de un olivar.
Fue uno de los primeros contactos con las "piscinas" a las que pudiéramos tener acceso. Es verdad que era un tanto peculiar. El agua no manaba, "bullía" desde debajo y de existir el "agua fría" aquella estaba por debajo del frío. Heladora.
He tratado de dibujar este prodigio. 

Cuando me llevaron hasta allí quedé tremendamente sorprendido. No se parecía en nada a lo que pudiera esperar. Un 'cortado' en el campo, una esquina de campo que tenía dos paredes de piedra introducidas en la tierra. Formaban un ángulo y enfrente, un muro de cemento que cerraba una especie de trapecio. 
Un agua limpia, cristalina llenaba la cavidad.
Cuando nos dieron permiso para meternos había un mayor de vigilancia. Aquello no cubría, ¿40 cm, quizás 50?. Fondo arenoso, con piedras y, cercano al rincón del muro unas burbujitas salían desde el fondo.
Te metías y encogías todo lo que pudiera encogerse... respirabas corto, y tratabas de aguantar todo lo que pudieras. Al lado, otros primos y algún mayor, mediano, presumía de meterse entero.
Si salías al borde, el camino de tierra te ensuciaba los pies. O sea, que tendrías que volver a meterte. Hacías un esfuerzo, ya sabías la sensación que te esperaba y, la segunda vez, aguantabas un poco más. En el límite, decías que 'nadabas' porque, en algún momento, habías puesto los brazos en la posición de 'braza' y habías echado el agua hacia atrás, sin levantar los pies del suelo.
En fin, era una experiencia
Del trapecio que hablábamos salía una acequia, alimentada por el rebose del recinto,  ésta, transcurría paralela a la continuación de uno de los muros citados.
En un verano que estaba yo en Begíjar se le ocurrió al tío Bernardino hacer una piscina, de verdad.... con el tractor y el arado de vertedera.
Pues la hizo, quiero pensar que 'la hicimos'.... el tractor araba un trozo de campo, después, con la tierra suelta, se llenaba el remolque y se sacaba del futuro agujero.... Así, hasta que se hizo

domingo, 7 de febrero de 2016

el patio de casa de la abuelita

El patio de mi casa
es particular, 
cuando llueve, se moja,
como los demás...
La primera estrofa es más verdad que la segunda. Es más, la segunda, trivializa la primera y, la verdad, el patio de -casa de la abuelita- era particular. Único, asombroso, grandioso, especial, polideportivo, polifacético, formativo, creativo....
O sea, especial.
Era grande, pero no inmenso, era caluroso, pero soportable, era frío, pero también se soportaba, era nuestro sitio, el de los menores, sobre todo cuando los mayores estaban comiendo.
Nos dejaban solos. Cada uno vigilaba su quehacer y el de los pequeños que estuvieran alrededor. Proponía qué hacer o se adhería a los que estaban haciendo algo. O sea, formativo, cooperador de individuos que casi eran sujetos o sujetillos/as.
Pero, creo que ya he hablado de él en algunas ocasiones así que, ahora, añado una que, también creo, se me había olvidado.
El patio de casa de la abuela tenia una "vía de escape", como los teatros modernos y los grandes edificios. No era una escalera "de incendios", pero era una escalera y, casi, tenía instrucciones.
A saber:
Verano, por la tarde, empezando a entrar la fresquita si es que alguna vez entraba en los tórrridos estíos linarenses. En el patio, en la mesa de caballetes, abuelos, tías y tíos y algunos primo-sobrinos más.
De pronto, suena el timbre. Uno de nosotros va raudo a abrir.  (No sé por qué, pero  a mi generación la recuerdo, como gran respondedora ante los timbre de teléfono o de puerta de la calle).
Se abría la puerta, en ella aparecían algunos de los tios tíos, es decir, el Tío Luis Garzón, la Tía Mercedes, Grego-Juan, Luis Cobo o alguno de ellos. 
El que había abierto la puerta decía "hola", les dejaba pasar y volvía al patio diciendo.... "...esto, esto, son los tíos....(no sabíamos con precisión sus nombres y categorías)... de la calle del Doctor, o , de la que vive cerca de Santa María...y así".
Inmediatamente, reacción en el patio, mientras algunos ponían las sillas y butacas algo más ordenadas, se observaba como los abuelos se levantaban de las suyas para ir a saludar
Inmediatamente después, es decir, antes de que entraran en el patio, funcionaba la escalera de incendios: tío Pepe, tío Rafa y, una vez yo, raudos hacia la ventana del comedor, escalándola hasta el "cuarto de las niñas" y, ya dentro de la casa, desaparecer.

El patio de mi casa es particular.... tiene escalera de evacuación rápida.


martes, 2 de febrero de 2016

Desayunos y meriendas

Hace tres o cuatro días estuve comiendo, en Almería, con Rafa Matínez y MariLola. 
Como viene siendo normal, hablamos de recuerdos y requerí asistencia en algunos detalles que me faltan y me seguirán faltando.¡Ah!, por cierto, se requiere a los concurrentes a estas letras que aporten datos. A ser posible, en los comentarios al blog. 

Recordaba Rafa los desayunos a base de picatostes. Nos reímos al recordar lo que eran -y, digo yo, seguirán siendo- las categorías en el desayuno. Desde el pan, pelao y mondao hasta los churros que, al parecer, fueron y serán el  culmen de la rotura del ayuno. 
Tía Teresa era la que hacía los picatostes más cuidados. Estaban en su punto. Luego, unos más y otros menos, el pan frito sustituía al crudo en su relación con el aceite. De galletas, no había nada, si acaso "María Fontaneda" cuando estabas malito, pero muy poco más.
Sí, sin embargo, constatábamos que los desayunos de casa de las tías eran algo especial. Después de la "Misa Mayor" en Santa María, podía haber tostadas con mantequilla, Nescafé, (ahí se me creó un referente personal que aún me acompaña), y algún pastelito de "casa Félix del Amo". En esos desayunos se hacía real la existencia de la 'mantequilla de leche', "Lorenzana", si se terciaba, o alguna marca de igual categoría. Eso sí, en paquetitos pequeños, para indicar la exquisitez del alimento.

Porque, hablando de mantequillas, conviene decir aquí que no siempre han sido eso, mantequillas.
De pequeño asistí al cambio de las margarinas, que era como realmente se llamaban. En principio eran una masa, más o menos amarillenta, que llegaba a comprarse a granel en "Almacenes Peñalver", en la Plaza de San Francisco.
Y, en esto llegó el "Tulipan". 

Y empezó la fiesta. Papá aclaraba que no era mantequilla, mantequilla, pero sí que era la mejor margarina que había en el mercado.
Ya se podían untar las tostadas hasta el filo, como hizo siempre mi hermano Pablo y, además, mi madre empezó a inventar la mantequilla de cacao, el paté de atún, el paté de anchoas, y demás sustancias cremosas que acompañan al pan mañanero o el de la merienda.
Porque se me estaba olvidando el "foie gras"...que podía llegar a estar "más bueno que el pan" y que era susceptible de reinventarse a través de las manos magníficas de mi madre.

Por cierto, he nombrado más arriba a tía Teresa, y le rindo homenaje al partido que le sacaba a las latas de Foie Gras (La Piara, supongo). Imaginémonos -o recordad, quien lo haga-  a Teresa, a eso de las seis de la tarde, coger una 'talega' (bolsa hecha de tela de un antiguo vestido, con un dispositivo para ser cerrada y cogida de su cuerda), poner una hogaza de pan dentro, un cuchillo de los de punta redonda que había en casa de la abuelita, una lata de foie y decir, ¿quién se viene de excursión a la fuente fresca?... Todos. ¡evidentemente!.
Y no había más que foie, pan y, agua, fresquita, eso sí. Pero, ¡vaya tarde bonita!.
Puchi:

 Yo no olvido los desayunos en el patio de los abuelos con mi bollo de pan blando y caliente de la panadería de la calle Tinte(sin tostar), al que le ponía mantequilla en bloque, bastante dura y mermelada casera. Esto acompañado de un buen tazón de cristal (de colores) en el que nunca pude poner colacao pues siempre era café. No he tomado nunca nada igual. Todo ello preparado por tía Isa