domingo, 18 de marzo de 2018

El habitat, la gente, sueños y locomoción.

El paraíso se forjó a fuerza de milagros.

Milagro sería que existiese -y que lo encontráramos-, aunque de eso se encargaron, al parecer, las raíces familiares Martínez.

Milagro fue que decidiéramos ir. Y que fuéramos.
Y que hubiera algún platillo volante que nos subiera hasta allí.
Y que alguien diseñara el cómo dormir, y el cómo llevar cosas, y que no nos perdiéramos y que no dejáramos de comer y hasta ¡que nos laváramos!, aunque fuera poco.

Es decir, tenía que haber sitio, camino, objetos útiles y, sobre todo, pero sobre todas las cosas, una panda incomensurable de gente disfrutona y avenida.

Empiezo por los objetos.
Hay que llevar: ropa, platos, cafetera, ollas, raseras, cubiertos, servilletas, cervezas, leche condensada, etc.etc.

El cómo está claro, será un camíón, desde Linares y toda la familia encima.
Ya lo conté en otra ocasión; se pedía permiso para hacerlo, nos subíamos y ya está.
Pero lo que es casi incontable es las semanas de preparación. No se podía meter todo en maletas y, como había que llevar colchones, pues, esto es lo que se utilizaba. Así, como suena. 

Se pone una colcha en el suelo, encima, el colchón y, dentro, lo que haga falta. Al final se cierra, se cose y, si acaso para reforzar las sujecciones, una cuerda.
los "colchones-maleta"
Un puñado de estos fardos constituirían después los asientos o camas -viajábamos de noche, que no se olvide- que nos contendrían en la caja del camión.

Éste era un "Autocar" de los "hermanos Gragera" y su llenado constituía, de por sí, una ceremonia. 

En la parte delantera de la caja, detrás de la cabina, los somieres -que también llevábamos, claro-, el gran tablero que constituiría la mesa comunitaria y cualquier cosa que fuera plana y grande.

En medio, es decir, inmediatamente detrás, el montón de colchones-maleta que nos soportarían durante la noche.
Al fondo, como cerrando el cajón, el montón de latas de leche, cervezas, y todos aquellos bultos que, por su consistencia cerraban la caja de una forma bastante consistente.
De aquí saqué la idea y la ratificación del recuerdo
Tal que así para explicarlo desde arriba:
Aquí está el camión, no la gente. Prometo añadirlos cuando sepa dibujar figuras humanas.
Llegábamos a una casa que, según el contrato que ya expuse anteriormente, medía doce metros de largo por ocho de ancho y tres de alto.
doce por ocho y tres de alto, tejado a dos aguas y dos puertas de acceso.

Tal y como se ve, cinco habitaciones, un gran salón y cocina. Dos chimeneas, puertas que se abrían en dos partes y, sin cuarto de baño, para eso estaba el campo, claro.


Chimenea salón. A espaldas de esta estaba la
de la cocina, con un tiro común al exterior.

A la izquierda, la "habitación de los niños". No sé cuántos éramos, pero llenábamos dos literas, cuatro camas y, algún rincón más. Enfrente de la puerta, la habitación principal donde, creo, dormían los abuelos y a la que se añadía una pequeña habitación auxiliar, que yo recuerdo como despensa.
Tres dormitorios más recogían el resto de las féminas.

La cocina, a la derecha, tenía una chimenea, donde sobre unas trébedes se ponían las sartenes u ollas para los cocidos que fueren menester.

¡Ah!, se me olvidaba que tampoco había grifos. Teníamos "agua corriente", claro, pero... en la fuente.

La fuente era la que daba nombre al enclave. "Fuente de las Tablas", objeto que juro que busqué y, como no fuera aquellas que saldrían de los pinos en el momento adecuado, allí no había tablas algunas.
Teníamos un "cañillo" que vertía sobre un "mar" lo suficientemente grande como para que cupiera un cántaro, que de eso se trataba. 

El tío Félix le puso un trozo de lata cortado de una de las de leche condensada y, así, salía más fino para que fuera más fácil apuntar y no perder "hilo" -y nunca mejor dicho-.
Fuentecilla de las tablas, Debajo, los tornajos y arriba, a la izquierda, el "quinto pino".
Ojo, las distancias no pretenden ser reales, (dentro de que todo es, más o menos, aproximado).
En el siguiente escalón del paraje de la fuente se encontraban los "tornajos", pinos ahuecados que servirían para abrevar el ganado y, para meter las cervecitas, los melones y las sandías para que se refrescaran.
Teóricamente, también tendríamos que lavarnos en ellos, pero sin jabón, para que las ovejas no se pusieran demasiado blancas, vamos, digo yo. Así que, las necesidades básicas quedaban básicamente satisfechas.

¡Se me ha olvidado hablar de las camas!.
Ya he dicho que se traían somieres desde Linares y, las patas, serranas: trozos de "tocona", es decir, una rodaja de pino, en las que apoyar los somieres "Numancia" que alguna vez se atirantaban.
Cama de matrimonio sobre somier "Numancia".

Esas serían las camas procedentes de la civilización porque, cuando el tío Félix se ponia a trabajar hacía lo que hiciera falta.

Por ejemplo la que sigue y lamento citar que una de sus mejores obras, las "cunas literas" no puedo exponerla porque ahora no encuentro la foto.
una cama del tío Félix para adultos: somier con tela metálica.
Me resulta curioso el recuerdo de cómo trataban de que la tela metálica que tenía que sustituir al somier, estuviese lo más tensa posible. No había forma. Ya podían tirar dos de los tíos de un lado y otros dos de otro, aquello nunca estaría tenso. REsultado, que indefectiblemente, derivabas hacia el centro del hueco. Amanecías en mitad de la cama por más que trataras de evitarlo.

Lo que sí teníamos era "cuarto de estar" y comedor de día y comedor de noche. La primera función la suplía el lugar llamado "quinto pino", plataforma de tierra, muy cercana a la casa, con sombras tupidas que permitía poner en medio el gran tablero familiar. Allí, por turnos, necesariamente, le dábamos al buen yantar que siempre fue proverbial de la familia.

Por la noche pasábamos al salón. Mi padre encendía la lámpara "petromax" que, con su luz situada en un tablero en lo alto de un pilar que había en mitad del salón, daba luz al refrigerio. El resto de las luces, para la cocina y los dormitorios,  eran "carburos" de minero que emitían su luz siseante.

No he querido hacer la recopilación de toda la gente que nos juntábamos porque, eso, eso sí que es un milagro.









jueves, 22 de febrero de 2018

Cázulas. La Serrería

Buscar un lugar que pudiera sustituir a nuestro Paraíso no era tarea fácil. Y, sin embargo, existían los calores, ganas de conocer lugares, ganas de estar juntos y buscar agua donde bañarse, senderos que transitar y aventuras que correr. Si eso existía y no había paraíso donde ejercerlo, habría que buscar otro lugar.
Pues, en lo que se refiere a la familia Flores, no me cabe duda de que se acertó. Encontramos, -bueno, encontraron los padres-, un lugar que si no era exactamente nuestro referente, sí, al menos, lo sustituía con altura.
Cázulas.
Es un lugar de pinos, pinos, y pinos, con arroyo al lado, con desfiladeros angostos y rocas altas. Con carril polvorieno que atravesar y con suficientes luces, amaneceres y atardeceres, para satisfacer al poeta más pintado, que todo se andará.
Comenzamos a ir en el verano de 196   . No sé cómo lo encontraron mis padres y cómo nos las arreglábamos para llegar a sitio tan relativamente remoto, con un "seillas", por mucha baca, equipaje y "pulpos" de goma que pusiéramos encima.
Convertíamos al 600 en un pequeño camión de los hermanos Gragera, con menos ruido y, si cabe, más calor porque había que viajar de día y no de noche.
Pero llegábamos, a un lugar: "La serrería", donde encontramos unos ingenios madereros cobijados bajo naves inmensas que, aún hoy, están allí.
Habitábamos una casa, a cachos, porque la mayor parte de la familia residía en  un bajo que se ve en el dibujo antecedido por unas columnas y un balcón que daba encima de un montón de matujos. El otro resto, dormíamos en las casitas que hay a la derecha y arriba del mismo.

La Serrería de Cázulas.
Hacia abajo, a la izquierda, estaba el arroyo donde habían formado una represa de piedras y, consiguientemente una poza algo elaborada. Servía tanto para mojarse como para mojar al que se acercara y allá andábamos chapoteando todo lo que podíamos, y más.
Las excursiones eran, casi necesariamente río arriba. Por el cauce, auténticamente por el cauce, es decir, agua y piedras, o, al revés, de las piedras al agua y vuelta a repetir.
Andábamos hacia un lugar extraño donde se estrechaba la garganta y aparecía un puente con base de hierro que soportaba un viejo carril maderero. Si seguíamos hasta arriba, a lo más alto que solíamos llegar, estábamos en la "junta de los ríos".
Lo curioso es que allí inventamos -porque lo hicimos nosotros- lo de "la bajada de cañones y barrancos", con unas sandalias de goma, alpargatas o, simplemente, descalzos. Nos echábamos al río hasta que alguna catarata o cataratilla nos impedía ascender más arriba.
Junta de los ríos, garganta y parador de "la cabra"
Allí íbamos con Rafa Martínez cuando fue a visitarnos. Además, y esto nos resultó pintoresco, llegó con su Volkswagen 1302, por favor, y se trajo una tienda donde pretendía dormir (no sé si lo consiguió o lo civilizamos en la casa). Rafa, además, tenía la enorme ventaja de improvisar todo de todo. Nos enseñó a bañarnos en un sitio que nos cubría: un agujero en una piedra cercana al puente citado líneas arriba. Había que meterse hecho un churro y, después, andando por las paredes, salir hasta la superficie.
Porque esto era lo curioso. Es que, además de la panda Flores, venían los tíos después. Vino el tío Félix que disfrutaba exasperándonos a todos al decir el nombre de los pueblos como a él le venía en gana. Por ejemplo decía "Otivitiar", en lugar de Otívar y, cuando tratábamos de corregirlo, se reía con su celtas pegado al labio.
Creo que ese año también vinieron los Martínez Cobo. Lo que no sé es dónde se alojaron, así como los Romanes, aunque es posible que no fuera ese año, sino al siguiente.
Cázulas estaba regido y era propiedad de una persona extraña: Marquesa del mismo nombre, quien tenía un "palacio" en la zona alta de la finca.
Nos invitó a comer -o a cenar- y asistí junto con mis padres. Después nos enteramos que se había casado tres veces, perdón, era dos veces viuda y estaba con el tercer marido. Lo que hacía fácil de comparar con los Cartwright, de "Bonanza", la serie de televisión que a todos nos gustaba.
Vivíamos como unos exploradores de la naturaleza. Abastecidos por unos padres probos que por medio de expediciones ímprobas a través de los baches y el polvo, nos traían los magníficos platos con que mi madre nos regalaba.
El otro día hicimos una excursión conmemorativa. Nos acercamos por la "carretera de la cabra" hasta el sitio que le da nombre. El problema es que no vimos nada. Había niebla y mal tiempo.
Habrá que ir otra vez.

Zona de la "junta de los ríos" desde la altura del parador.


lunes, 12 de febrero de 2018

Historia de un número: 10-40-38

Si a alguno de nosotros le entra la curiosidad de ver cuántos "socios" (amigos) formamos en Facebook el clan Martínez, nos encontramos con un número curioso: 116. Según podría entenderse ahí estamos los Martínez actuales, pero no todos los que están lo son, ni, tampoco estamos todos los que podríamos estar. Hay, digamos, aficionados, amigos queridos y gente que nos quiere y que, de una forma u otra, leen nuestros cuentecillos, comentan -comentamos- nuestras fotos y decimos algunas cosas que, por suerte, son siempre positivas.
Pero hay un número, bueno, uno no, tres, que son especialmente significativos.
 Los del título 10 - 40 - 38.
Bajo ese referente tuvo lugar una extraordinaria -fuera de lo común- fiesta Martínez. Se trataba de que nuestra casi ancestral   "casa madre", en Marqués de Linares 38 (antes era el 40), iba a abandonarse.
Yo creo que el principal motor de tal fiesta no era otro que un familiar insigne y especial. Isidoro Román, marido de Pily Martínez y, junto a ella, padres de innumerables "Romanes".
Pues bien, este hombre puso especial atención a que la despedida de la casa no fuera cosa baladí. Había que montar una fiesta, un fiestón, y él fue el que hizo la convocatoria bajo una carta que adjunto



Así, pues, el motivo aparente era la "despedida", pero otros motivos no menos importantes eran el estar juntos, hacer el "censo" de familia, poner en contacto a todos con todos y, como siempre, homenajear a nuestros socios fundadores.
10 eran los hermanos Martínez Marín y, lógicamente, se echaba de menos a los dos que faltaban: "Carmina y Félix".
40 éramos los "primos hermanos" hijos e hijas de estos primigenios.
Y, los 38, la siguiente generación.
Pero no contento con esta constatación, el tío Isidoro se entretuvo en hacer un árbol genealógico. A ordenador, que era lo que privaba en ese momento y, además, en "Word Perfect". Lo vi trabajar, trabajar, trabajar, una paciencia infinita, tipo de línea, bloque a la derecha, seis columnas a la izquierda, tres filas hacia abajo, saltar con una línea la separación entre familias. número insertado....
Cuando me lo enseñó no estaba aún completado. Me pareció un trabajo ambicioso y, como otras tantas veces, volví a meter la pata: "Pero tío, si hay programas más sencillos para hacer eso...". "¿es posible?, me contestó y yo, chulo de mí, cogí un programa que servía para hacer diagramas de flujo o esquemas eléctricos y diagramas de programación.
Lo siento, le pido perdón. Lo hice en un rato y, se lo llevé. Inmediatamente -por aquello de ser diplomático- asumí que el suyo era el "chipén" y el mío una cosa un poco cutre.

Pero lo importante es que, ahí estábamos todos. Todos, digo, los de ese momento. El 29 de Junio de 1993.
Fuimos apareciendo Martínez--XX y XX-Martínez, conocidos, cariñosos y jaleosos. Llenamos el portal y comimos, aunque en este momento no dispongo de recuerdos sobre cómo lo conseguimos. El portal era una asamblea de gente feliz y que estaba dispuesta a sacar lo mejor de cada uno para que el de al lado estuviera aún más agusto.
Sacamos recuerdos. Propusimos que la gente los sacara y se expusieron algunos murales para apuntar:


Evidentemente: Rafa Martínez.
Un poco de todos
Y el caso es que sé que hay más, que tengo más pero no los he encontrado en este momento.
Lo que sí es cierto es que cada uno fuimos aportando lo que pudimos, entre lo que se encuentra algunos dibujos de la "casa" por antonomasia.











Y, lo que es más que entretenido es que, estando claro el objeto, y siendo así que reviste para los que vivimos en ella un enorme atractivo, no le llega ni de lejos a lo grande que es el recuerdo en sí. No hay un lugar, sitio, rincón, piso, teja o maceta, que no retenga un recuerdo o motive alguna sensación. Hemos pasado alegrías y tristezas, golosinas y cicatrices, hemos aprendido de sus personajes y pensado en cómo son -o eran- y qué nos decían para formarnos como personas. 
Pero ¡bueno!, me estoy poniendo algo chocho. Yo tenía que seguir contando y añadiendo cosas. 
Ahí van.
La comida -el inicio, por así decir- llegó, vió y venció. Pero no acabó. 
Salimos al patio ¿cómo no?, para tomar "la fresca" y, hacer grupos de afotos. 
Pasó lo que tantas veces podía haber ocurrido y nunca se había efectuado. Es decir, se pone un grupo, todos muy formales y, de pronto, ¡alguien les echó un cubo de agua!. A partir de ahí, todos mojados.
Aquí van algunas fotos:











Y, por el momento, mi historia queda aquí. Ahora bien, espero ampliarlo. Me gustaría que pusiérais acotaciones y datos complementarios. Podía quedar una historia la mar de bonita...










martes, 6 de febrero de 2018

La piscina de la Bullidera

La piscina de la Bullidera.

En no sé qué verano de alguna época de juventud, me tocó pasar una temporada en Begijar, en casa de los primos Marín Rubiales. Bueno pues me "tocó" y lo disfruté. Todos los días eran especiales porque casi ninguno de entre ellos hacíamos lo mismo que el anterior, lo mismo íbamos a jugar a las cuadras que a paseos por las eras o a bañarnos a la Bullidera.

Y, en eso, estando un día con tío Bernardino, me preguntó que si yo pensaba que se podría hacer una piscina, pero piscina, piscina, con el tractor y el arado.

Estábamos en alguno de los campos que había más abajo de la fuente, normalmente sembrado de alfalfa o de maíz y, acercándonos al borde de la terraza que separaba el olivar de la zona de regadío, me señaló: "Mira, aquí se mete el tractor, desde allí hasta allí, se ara, se mete el remolque y se llena de la tierra que ya estará blanda.

Dicho y hecho, al poco tiempo, vemos como el tractor retrocede desde el punto marcado mete el arado de "doble vertedera" y de 300 kg de peso (que todo esto lo sabíamos, al menos, Juan Francisco y yo) y hunde las tejas en la tierra. Avanza hasta donde le habían señalado. Vuelve marcha atrás cambiando de besana y vuelve a hacerlo.

Al cabo de un rato había un rectángulo de tierra arada bastante profundamente.

Se metió ahí el remolque que, según recuerda Ignacio Díaz del Corral, se hizo la primera vez con mulos. Se cargó a palada y tentetieso y salió de allí para verter la tierra en algún lugar de entre los olivos.

Comenzó de nuevo el tractor atacando la segunda tongada de tierra.

Vuelta a meter el remolque, creo que a partir de esta con el del tractor. Nueva llenada y nueva sacada.

Al cabo de no sé cuantas veces, había ya un hueco apropiado para la piscina.

No sé cómo lo hicieron, supongo que a mano, claro, pero la caja estaba perfectamente señalada en el suelo y en las paredes.

Unos albañiles extendieron sobre estos lados ¡ladrillos!, de los normales, de doble hueco. Encima de ellos una capa de mortero y, al cabo de unos cuantos días teníamos todo lo que se le puede pedir a una piscina.

Al final, agua y, ahí, todos de cabeza, o de "bomba" o como se pudiera,... para saltar inmediatamente: ¡está friísima!. Tanto como en la fuente, pero ahora podías "nadar" por ejemplo "a lo perro" y creer que así soportarías más rato en ella.

Dabas cuatro brazadas y salías a tiritar al sol. te secabas un poco y vuelta al agua, salías, tiritabas otro poco y vuelta al comienzo.

Pero teníamos una piscina digna de tal nombre y ya podíamos nadar

lunes, 5 de febrero de 2018

Excursión a "La Fresnadilla"

Esta era una de las excursiones con más encanto. Tenía de todo, exploración en el bosque, aventura en medio de terrenos erosionados peligrosos, agua debajo de las piedras y, finalmente, la civilización: un carril utilizable que nos llevaba al final: La fresnedilla.

Según mi padre, que actuaba como topógrafo, agrimensor y cartógrafo, la distancia desde la casa madre hasta las primeras casitas situadas en el objetivo era de 5 kilómetros. Lo curioso es que ahora, que lo he medido a través del Google Earth, salen 4,96 km. Mi padre es que era muy preciso.

Íbamos todos, lo que hacía llenar el camino por una fila de Martinez de todos los tamaños. Normalmente, en cabeza iban Rafa, Pepe o Félix, casi inmediatamente una maraña de nanos entre los que me encontraba. Después en un pelotón más reposado, mis padres, las tías Teresa, Isa y Pily y, al final, una "cola" más o menos deshilachada que avanzaban por oleadas.

Siempre pensé en ocuparme en cómo se llevaba la comida porque, para las excursiones de un día entero no me parecía suficiente las talegas que usaba tía Teresa. Tenía que haber más contenedores o, a lo mejor, habría más talegas. Unas hogazas de "pan de agua", bastantes latas de foie-gras, sardinas, aceitunas y qué se yo. El caso es que, comer, comíamos.

Primera etapa: la "Fuente Fresca". Allí, no se sabe de dónde, salía alguna cantimplora para llevar algo del líquido elemento. Inmediatamente después, buscábamos un sendero entre helechos que llenaban el bosque. Se llegaba a una senda que, poco a poco se iba señalando como la correcta.
Tornajo en la "Fuente Fresca". Ojo, esta foto es relativamente reciente.

Al doblar un recodo del camino viene el espectáculo. Una especie de monte roto, de color blanco níveo -como el gato de tío Rafa-, que asustaba cantidad. El camino era una plataforma de más o menos medio metro de ancho, resbaladizo por sus minúsculas piedrecillas y, a la derecha, la continuación de la posible caída que llevaba al "Cortijo de Abajo".

Había dos o tres hierbajos que no serían susceptible de utilizarse como agarraderas, así que había que dejar de hacer el canelo y cruzar con pie seguro detrás de algún mayor. Mi padre, por ejemplo,  le tenía un respeto enorme a "las asperillas" que era como le llamábamos a ese lugar.

Foto de "las asperillas" desde satélite.
Yo pensaba en quién o cómo se había hecho ese camino. El suelo me parecía muy duro para trabajarlo con una azada; tendría que ser con un pico y, como el familiar que llevaba a veces a trabajadores a las Anchuricas, era el tío Carlos Martínez Piña, le tenía una especie de agradecimiento secreto porque ¡ah!, no era difícil intuir que, con las tormentas y mal tiempo que le atribuíamos a nuestro paraíso en invierno, el camino no duraría de un año para otro.

El peligroso camino de "Las Asperillas"

Bajábamos pues, con todo el cuidado del mundo. Se llegaba a un barranco donde se ensanchaba el camino, y este lugar permitía a los mayores contar el número de expedicionarios. Se seguía otro rato más hasta que, de nuevo, volvíamos al bosque.

Un zig-zag amplio, en bajada, nos llevaba al arroyo de "La Almoteja". Nuestra segunda parada.

Un centenar de metros por debajo del cruce del camino con el arroyo, había una fuente espectacular.

No por lo grande, sino por lo singular. Una piedra grande, de al menos 7 u 8 metros de alto, redondeada en todas sus caras, estaba apoyada sobre la vertiente izquierda del cauce.
Debajo de ella bullía un manantial formando una poza magnífica.  Era una fuente que nos han expoliado, aunque no en el recuerdo. para uso del abastecimiento de agua al pueblo de Siles.

La "Almoteja"
A partir del arroyo de la Almoteja entrábamos en un carril. Yo creo que fue ahí donde empezó mi afición por las ruedas y todo lo que tuviera que ver con ellas.

Una vez encontramos un camión de los "leñadores", que era como popularmente llamábamos a todos los que tenían que ver con los pinos. Estaba metido en la cuneta, muy inclinado, para que por medio de cuerdas y de pinos puestos en forma de puente, pudieran cargar aquellos que habían cortado unas jornadas antes.

Tras un rato largo de marcha por el carril, (yo ya me imaginaba conduciendo un camión de pinos por él), llegábamos a nuestro destino.

Le decíamos "la Fresnadilla", aunque ahora que lo he cotejado deberíamos decir "la Fresneda", lo que indica un lugar en el que abundan este tipo de árboles. Era un lugar pintoresco, varias casitas situadas en parcelas que parecían estar en forma de explotación agrícola.

Este lugar provocaba en mí algunos sentimientos contradictorios. De una parte me gustaba muchísimo. El paseo hasta llegar y el sitio en sí pero, de otra, me provocaba una especie de un malestar celoso. ¡Había gente con quien compartir mi paraíso!. Eso era demasiado.

En la Fresnadilla (y sigo con el nombre porque es así como se usa en muchos lugares similares), había otro sitio interesante: El "Seminario de verano".

Éste era un edificio en construcción que, al parecer, había sido promovido por el sr. obispo de Jaén, al que conocíamos porque era el que ordenaba al tío Carlos. Se suponía que los seminaristas tenían también que veranear y no había mejor sitio que hacerles un albergue en una sierra bonita.

Siempre lo vimos en forma de ladrillos y muros de mampostería más unos aleros enormes, sostenidos por unos jabalcones que salían de los muros. Allí, según recuerdo, llevaron a tío Carlos en un verano. Durmieron en jergones en el suelo y estaban más en plan campamento que otra cosa.
Hotel que ocupa el sitio del antiguo "Seminario de verano"
Precisamente en ese sitio, convertido en hotel, fue donde celebramos la comida de aquella magnífica reunión que nos juntó a "los Martínez" hará no sé cuantos años.

Pues bien, llegados al final de la excursión, comida en algún manantial que hubiera por allí y, a la casi caída de la tarde, vuelta al redil.

Carril, asperillas, fuente fresca y, ¡a dormir!.¡Qué día tan magnífico!.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Tía Teresa, un poco, nada más...

De todos los hermanos de la madre, considero a tía Teresa como la más difícil de retratar, de dibujar, de hacer, siquiera, un ligero apunte sobre ella.
Era una persona, aparentemente, adusta, aparentemente, seria, pero en el fondo, quienes tuvimos la suerte de tener algún contacto continuado, tenemos algo más de abanico para poder relatar aspectos entrañables.
Cuando hemos hablado de ella con sus hermanos, ha salido algo así como que, de los 12, la que más








sufrió una serie de circunstancias no precisamente favorables.
Una imagen: Vivió rodeada. En medio de un grupazo de hermanos que, en un principio, la pudieron ocultar de su alrededor. No he visto nunca ninguna foto de ella, ni en Beas ni en Begíjar pero, claro, mi impresión es forzosamente limitada.
Ya asentados en Linares también le persiguieron las circunstancias, me parece. Las "gemelas" eran un referente normal. Independientemente de sus voluntades, la "gemelez" era, de por sí suficiente como para marcar algunos aspectos de la vida de una chica. Los tiempos en que se movían, también.
Pero estoy marcándome un farol. Cualquier cosa que pudiera decir de esos tiempos está marcada por las opiniones que hubiera podido oir a lo largo de mi vida.
Sí, sin embargo, decir que la recuerdo, de pequeño, como una tía emsombrecida por grandeza de tía Isa.
Rafa Martínez habla de ella, y en la parte que recuerdo me sumo a él, como servicial y meticulosa (la que hacía los picatostes en su punto, por ejemplo) y añado que tenía la enorme ventaja de ser muy nítida. Si era ella la que nos atendía, había que hacer las cosas de manera más correcta que con tía Isa. Y así, así, pasaba la vida.
En el año _____ desapareció por los alrededores de Jaén. Ayudó a Carlos a montar su vida ecleial. Le acompañó a Lopera, en donde aparecimos un día multitud de primos y tíos a través de la folloneta de tío Jose.
Después, a Martos, creo y, en Linares, de vez en cuando. Es verdad que venía a casa de la abuelita con más frecuencia que el tío Carlos y, allí, siempre atenta a la mano que hubiera que echar.
Pero, donde más contacto tuve -tuvimos, Alicia y yo- con ella, fue en Úbeda.
Algo antes, cuando destinaron a Carlos al Barrio de San Pedro vi cómo ayudaba a montar una parroquia en un garage, con unas escaleritas que subían al primer piso que era su casa.
El Barrio de San Pedro era muy interesante. Era, en cierta forma, moderno, calles tiradas a cordel, con una población variopinta de la que formaban parte algunos de mis compañeros de la Safa. Tenía yo, por tanto, contacto directo e indirecto con Teresa y Carlos. Estábamos en tiempos de lo que luego se vieron como finales del franquismo y en medio de una crisis tremenda de la iglesia a causa de la aplicación de lo surgido del Vaticano II. Además, Úbeda era un follón de padre y muy señor mío en el ámbito eclesial.
Vamos que los curas y todos los que vivieran alrededor no tenían situaciones sencillas. Nada era como antes ni, como después se sabría, iba a ser el futuro.
Lo que recordamos de Úbeda, tanto Alicia como yo, era el gustazo de tener una tía que nos cuidaba a cuerpo de rey. Pero, ojo, no sólo a nosotros porque, si se le pudiera pedir recuerdos a Juan Manuel Sánchez Gordillo, también diría que más de una noche, dos y más, le pidió cena a Teresa de manera improvisada.
El arroz con leche era la mejor maravilla del mundo. Muchomás que las pirámides y la Alhambra y ese era el final de la cena de los miércoles. Antes, había habido delicatessen Martinez.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Los Villares, Jaén (1)

A mí me suena que, en tiempos lejanos, era normal que los primos -hermanos- fuéramos a veces a pasar temporadas a casas distintas a la nuestra.

Pues resulta que los tíos, de Jaén, tío Luis y tía Carmen tuvieron un chico más o menos a la par en que me pusieron a mí en el mundo. Murió a los pocos días de vida, según me contaron y, quizás por esa razón, y porque era costumbre lo que cito más arriba, me encontré con la invitación de ir a pasar unos días con ellos en su veraneo en Los Villares, cerca de Jaén.

Mi primer recuerdo estaba con el piso que los tíos tenían en la calle Conde. Una calle larga que acababa en la plaza de la Catedral. Allí conocí a los tres primos que componían la familia juvenil. Jose Luis, Carmencita y Pilar. 

Sé que, en cuanto llegué, recibí atenciones varias, entre las que se incluyeron la visita a la citada Catedral y a la capilla del "Santo Rostro". Cuadro que me despistó porque no recordaba nada parecido en Linares, ni en Santa María ni en San Francisco, así como en ningún lugar del imaginario de casa o de casa de las tías.

Algo después partimos hacia el lugar de veraneo. Pasamos por Jabalcuz, nombre sonoro donde los haya -me dijeron que era un "balneario". Nuevo aprendizaje de palabra rara y exótica-. Era un pueblito pequeño pequeño, a dos pasos de Jaén, donde, me dijeron, que iba tia Luisa a "tomar las aguas" y también alguna vez había ido el tío Luis.


Tmas de Jabalcuz, hace un par de años. Es probable que hoy día tengan mejor pinta.
Ahí iba tía Luisa a "tomar las aguas".
Después de un montón de curvas, un puente sobre un riachuelo, una recta larga y nueva entrada en nuevo pueblo. Llegamos a un lugar tremendamente pintoresco. Una casa, al lado de un río, un puente y una terraza-huerto sobre el río y plagada de plantas de fresas.

He encontrado una foto aérea de cómo estaba la casa. Lástima que no se pueda aumentar demasiado y que no haya una del frente de la casa. Pero, aunque es muy posterior -de los años 70 o por ahí- creo que se puede tomar una idea de cómo podía ser el ambiente de la misma.
La casa de la esquina del río. Está sacada de un vuelo militar de los años setenta
En la planta baja tenía un salón inmenso. Pero grande de verdad, creo recordar que el suelo era del tipo ajedrezado en blanco y negro y, en medio, una mesa de alas con una cesta de huevos encima. Al fondo la cocina o algo así y más al fondo, a la izquierda y subiendo unos escalones, la piscina.

O la alberca, que tanto daba porque, si tenía agua, serviría para bañarse.

Eso del agua tuvo también su importancia porque era de riego y tenía la disciplina de atender al turno que tocase. El tío Luis nos iba indicando la importancia del rigor de respetar la hora, estar atentos a la acequia y cuidar que el agua estuviera lo más limpia posible.

Lo de las fresas era excepcional. Había que bajar unas escaleras hasta una baranda -creo que de ladrillo- que separaba la terraza del río.

En todos los sitios había posibilidad de aventuras, comedidas sí, pero aventuras. Por ejemplo, si había una cesta de huevos encima de la mesa, corrió el peligro de salir todos espachurrados y tirados por el suelo.

Me estaba enseñando a montar en patines de ruedas, cuatro, de goma, metálicos y con correas muy fuertes que te sujetaban bien el pie. En principio se trataba de tratar de andar aprovechando la extensión del salón y, aquello iba bien hasta que, en algún momento, se acerca uno a la mesa, pierde el equilibrio, la mesa se viene hacia mí y la cesta hacia el suelo. Suerte que estaba por allí alguno de los primos -creo que Jose Luis- que la cogió al vuelo. Nos quedamos mirándonos silenciosos hasta que pasó el espíritu de la suerte morrocotuda. A partir de ahí, quien tuviera patines, que se acercara a una silla y nada más.

La piscina era un acontecimiento. Un día, decía tío Luis que llegaría el agua a partir de las doce de la noche. Pues había que esperar para dejarla pasar por la acequia hasta que dejara de arrastrar maleza y turbidez y, después, cambiando la compuertita, derivarla hacia la piscina. Se vigilaba durante un rato y, ante la satisfacción de que estaba entrando limpia, nos íbamos a acostar.

A la mañana siguiente no estaba tan limpia. En algún momento había entrado agua turbia y, no había más que rascar. ¡Estaba llena!. Te bañabas y, al salir, te enjuagabas con un cubo o con un grifo que hubiera en el patio. El caso es que nos bañábamos.

Las siestas tenían otra entidad. Había que leer y no hacer ruido. En la biblioteca, seis libros extraordinarios Aventura en la Isla, Aventura en La Isla, Aventura en el Castillo, Aventura en el valle, Aventura en el mar, en la montaña, en el barco, en el circo y en el río. Ocho libros que relataban las incidencias de cuatro jóvenes de edad algo indefinida durante sus vacaciones de verano. 

Nos gustaban porque contaban cosas que no iban a ser verdad en nuestras vidas pero que, con un poco ce imaginación, podrían haberlo sido.... si hubiéramos tenido pasadizos secretos, una tía Allie tolerante hasta el descuido, campos abiertos donde había cuevas con repisas de roca para poner las latas de sardinas, aviones que llevaban obras de arte o hubiera contrabando de armas en el río de Los Villares. ¡Ah! y un loro chistoso que distendía la ansiedad de los momentos peligrosos con sus peculiares dichos.

En cualquier caso eran leídas con fruición y servían para sacar frases que nos divertían si eran usadas en momentos oportunos.

Resulta que, además, cerca de los Villares tuvo lugar un hecho que era "de cine", por lo inusual, digo. ¡Estaban buscando petróleo! y, además, era verdad que lo estaban buscando allí. Se corrió tal hecho por todo el pueblo y ¡cómo no!, fuimos a verlo.

La máquina perforadora estaba a la izquierda en un camino  rural que alguna vez utilizamos para hacer una excursión. 

Alguien ligado con la explotación tuvo el detalle de contárnoslo con todo el cuidado del mundo, tanto que aún hoy recuerdo la máquina y cómo se actuaba con ella. Recuerdo que estábamos el tío Luis y yo, uno al lado del otro. Al final cuando acabaron con la explicación, me preguntó: "¿Lo has entendido?". Le dije que sí y me miró con algo de asombro.

Bueno, pues de aquella máquina salía agua sin cesar. Supongo que los campesinos de alrededor estarían encantados. Y, el más encantado de todos era yo. ¡Había visto cómo se buscaba petróleo! y lo más divertido era que eso era verdad. Muchos años más tarde tuve ocasión de ver un mapa donde se habían efectuado sondeos en busca del oro negro. Pues bien, uno de ellos estaba en el término de los Villares. Nuestra máquina y nuestro pozo.

Los días transcurrían de forma agradabilísima. Desayuno, lectura de las aventuras de Enid Blyton, baño en la piscina, patinar en el salón y paseo por las tardes. 

Habían hecho -o estaban haciendo- una presa en el río y éste era uno de los finales de la excursión. Había, supongo, que vigilar que las obras transcurrían hacia buen fin. 

Un día vino un primo -de los primos- es decir alguien que era familia por la parte de la tía Carmen, un chico rubio, de aproximadamente la misma edad que Jose Luis y, ¡salimos a cazar!. Así, como suena. De noche, con una linterna que llevaba yo, enfocábamos a los árboles y los primos les tiraban con una escopeta de plomillos. Algún pájaro cayó aunque me parecía mentira pues aún a pesar de mi haz luminoso nunca vi ningún volátil al que tirar. 

Se me iba a olvidar lo pintoresco que era acostarse. Me tenían asignada una cama plegable un tanto rara. Era metálica y nada normal. Es más era tan anormal que alguna vez se cerró sobre mí. ¡Es que era una silla!. Una silla ortopédica o similar que estaba dedicada a la tía Luisa. Había que subirse a ella por un sitio determinado. Si lo hacías más arriba, aquello se levantaba por el otro lado y había que pedir ayuda a Jose Luis para poder salir de aquel amasijo de sábanas, colchón y tubos.

Era demasiado bueno para ser verdad. Un día, apareció por allí tío Carlos, con su sotana y todo. Comió con nosotros y, cuando no me lo esperaba me dijo, "anda, coge tu maleta, que nos vamos para Linares".

Pues, como llegué, me fui. Bueno, no es verdad, mucho más encantado. Había tenido unas aventuras maravillosas, leído un puñado de libros que, enseguida que llegué a Linares pedí a mis padres y aún andan por mi casa y vivido cacerías, paseos y baños. ¡qué más podía pedir!.

El viaje de vuelta a Linares fue también pintoresco. Subí, supongo que en un autobús desde el pueblo a la Capital del Santo Reino y, allí, cogimos un tren hacia Linares. Recuerdo el vagón, de madera, y cómo fue cayendo la noche. Llegamos a la estación de Espeluy que estaba en la Carretera de Baños. Tarde, muy tarde. Atravesamos Linares hasta llegar a casa de mis padres.

Pero, lo más curioso de todo es que no acaba ahí la aventura Villariega. Muchos años más tarde, volviendo desde Jaén a Granada, con Alicia, mi mujer, elegimos ir por esa ruta hacia Castillo de Locubín, Alcalá la Real y, desde ahí, a casa. 

Pues bien, salimos de Jaén, con nuestro querido Dyane y quise enseñarle a Alicia el pueblo del que le había hablado en alguna ocasión. Pasamos despacito por delante de donde estuvo la casa -ya cambiada, claro-, el puente sobre el río y el pueblo.

Pero era ya la hora de comer y tratamos de ver si había algún mesón o bar que nos cayera bien. Atravesamos el pueblo y echamos monte arriba hacia hacia "La Pandera" que, creo, es el monte más alto de la provincia de Jaén. 

Mesón La Pandera
En un momento determinado, en una curva a derechas vemos un cartel: Mesón La Pandera que parecía situado en una urbanización de las que son normales en nuestros montes. Subimos allí, comimos y, tomando café, observamos cómo el señor que nos atendió parecía prestar oído a cuanto yo le contaba a Alicia sobre las vistas que se veían desde la ventana.

Le hicimos venir y nos ofreció un café de su cuenta, nos preguntó de dónde éramos y, si no éramos del lugar cómo sabía yo lo del petróleo y cosas así. Cuando le dije que era sobrino de D.Luis Martínez puso cara de asombro y alegría. Decían "¡andá!, si yo conocía a Don Luis y a sus hijos y ¡hasta he ido a cazar pajarillos con su hijo y con un sobrino que era quien llevaba la linterna!.

¡Me quedé alelado!. ¡Era increíble lo pequeño, lo pequeñísimo que podía ser el mundo!. ¡Encontrarme con un señor que me conoció y con el que, aunque fuera ligerísimamente, pasé una pequeña aventura de unos cuantos tiros a unos pobres pájaros!.

Me quedé encantado. 

Cuando seguimos viaje, me comentaba Alicia que iba yo con algo de cara de tonto. Ciertamente, me encanta, me atonta, disfrutar con esos pequeños hallazgos de historia pasada.