domingo, 27 de mayo de 2018

cuentos de tía Isa-1

Ayer tuve el gustazo de ir de paseo con Pily Martínez y mi madre. Estuvimos en el pantano del Cubillas, en un pinar que acaban de "entresacar" y lo han dejado como un jardín, con pájaros, rapaces, caballitos y, en fin, gustoso, de verdad gustoso.
Pues bien, estábamos los tres haciendo lo usual que es contar recuerdos placenteros y abundar en ellos.
En esto, que "las tengo" sentadas en un 'rulo' de molino de aceite, al lado de una playa con eucaliptos cual everglades y empezamos a entrar en el túnel del tiempo que es repetir el cómo Isa, la tía Isa, era capaz de rozar todos los límites de cuentos escatológicos
Me dio por reír tratando de describir la cara de sorpresa de mi hijo Rafa, chiquitín, atónito ante el cuento de tía Isa sobre el perseguido por una banda de ladrones que, tremendamente asustado, se sube a un árbol al ver que los delincuentes están próximos a cogerlo.
Los ladrones, al ver que no saben dónde está el perseguido, se disponen a comer, saca uno la sartén, hace fuego debajo del árbol donde está el pereguido y les dice a los demás: "Y...¿qué comemos?. No tengo nada que poner aquí".
De pronto, sorprendido dice "¡anda!¡si tengo aceite!".
Lo demás se acercan y ven cómo el fondo de la sartén esta cubierto de un líquido amarillento.
Se ponen a charlar, tensos y crispados, sobre lo que le harán a su perseguido en cuanto le encuentren...De pronto, uno de ellos dice: "¡anda!,¡si hay una morcilla!....
En este punto, recordábamos los paseantes cómo la tía Isa se reía de su propio cuento hasta saltársele las lágrimas. Mi hijo Rafa, Alicia y yo, también.
Y tropecientos años más tarde, en el cubillas, a la sombra de los pinos no en flor, los martínez presentes reíamos.. hasta saltársenos las lágrimas
Era lo mínimo que podíamos hacer....

martes, 15 de mayo de 2018

Las sillas son para el verano

A las fechas que estamos no cabe esperar más que dos cosas, el final de curso con todo lo que conlleva y, el calor. 
Contra lo primero no hay remedio, el tiempo avanza inexorable y, con mayor o menor fortuna, todo el mundo se ha preparado para tener los éxitos que hubieran podido estar al alcance de su mano.
Respecto al calor, respecto al calor no cabe sino huir o afrontarlo.
Lo de afrontarlo era tan obvio como lo del final de curso. Es más, en las épocas a que me voy a referir no había más alternativa que La Sierra y, aún así, había fechas en que tenía uno que estar preparado para lo peor.
Pero, pero, siempre hay algún resquicio. Por ejemplo, recordar qué se hizo el año pasado para no pasarlo tan mal. Y, empezar a buscar aquellas soluciones que parecieron funcionar.
En casa de la abuela estaba el patio. Magnífico siempre y cuando tío Rafa o alguno de los "mayores" sacara agua del pozo regara el suelo y, a eso de las siete o las ocho de la noche, empezáramos a salir apurando las sombras rotas por el sol entrando a raudales desde la puerta del patio grande.
El otro lugar que podría servir para soportar algo mejor la hora de la siesta era el portal.
Yo creo que ese lugar comenzó a usarse porque alguien dedujo que, si se abrían las cristaleras de encima de la puerta de entrada y se dejaba la puerta del patio abierta en una determinada posición. Podría, a lo mejor, no siempre, pero era posible que ocurriese que, si en el pueblo se moviera una brizna de aire, iría recorriendo el portal en su distancia mayor y, había que estar ahí para sentirla.
Estas sillas servían de asiento, andamio,
coche de juguete, murallas y, al final,
leña.
Pero, claro, no era cuestión de estar de pie, sino sentado. 
Y aquí viene el quid de esta cuestión. ¿Dónde se sentaba uno que estuviera más fresco?.
Estas sillas más finas que las otras, las
recuerdo de Begíjar.
En principio, en las sillas de anea. Esas que, cuando se rompía el culo, tío Félix las arreglaba con tablas de las cajas de "La Lechera".
Eran frescas -según decían- o, creo yo, tenían la particularidad de que la anea absorbiera humedades sudorosas pero, qué duda cabe, hicieron un papel muy importante en nuestra historia particular.
El caso es que no eran prácticas para dormir la siesta, por ejemplo, hito que constituía en sí una referencia absolutamente inolvidable.
Se acudía, entonces, a lo que llamábamos genéricamente "butacas". Y las había de todos los tipos y estilos.
butaca "de hierro"

... de aluminio.

de mimbre, muy propia de casa de las tías.









¿Qué duda cabe de que éstas eran muy prácticas?. Ninguna, por ejemplo, se podían dejar en el patio por la noche y no importaba el rigor de cualquier tormenta; aguantarían, pero, salvada esta y alguna cuestión menor no soportaban el desafío del calor. 
Es verdad que, cuando te sentabas, estaban 'frescas', pero al cabo del rato ya no. 
O sea, que había que seguir buscando.
Por ejemplo, a partir del invento del plástico, éste apareció por casa de la abuelita en forma de cuerdas para las butacas. 
Eran preciosas. Tenían unos hilillos que te marcaban el pantalón y lo que hubiera debajo y, como estaban separados, se suponía que el aire disiparía los aires calientes de fuera o de dentro... de la casa, claro.
Pero tenían un enorme problema:
Se resbalaban.
Es decir, que uno se sentaba en su sitio, centrado respecto a todos los ejes de coordenadas.
Al cabo de un rato, notabas como tenías un objeto transversal debajo de los muslos...el travesaño delantero.
Bajabas de la silla, te echabas hacia atrás y, con un movimiento ondulatorio, aunque no fuera demasiado armónico "te retrepabas"...
Y vuelta a empezar.

Total, que no había forma de sentarse a gusto. Pero, ¿estoy diciendo la verdad?
¡No!¡Ni mucho menos!.
Había que contar con las dos o tres maravillas tecnológicas que existían en nuestra vida:
¡Las hamacas!.
La primera vez que reflexioné enfrente de estos objetos me parecieron muy, pero que muy, ingeniosos.
El sistema de levantar el espaldar, por medio de un "diente de sierra" dispuesto al efecto, me pareció magnífico, ¿a quién se le había ocurrido?.
La forma de sujetar la tela, por medio de dos orejas corridas en la parte superior e inferior del dispositivo, estupendo.
 El que se pudieran doblar sobre sí mismas y ocupar un espacio mínimo, extraordinario.
Pero tenían varios defectos. Por ejemplo, había pocas -o sea, no para todos-, no cabían en el portal, con lo que había que volver a esas butacas citadas líneas arriba. Y, el principal de los defectos añadidos a su funcionalidad, pero que nos sirvió de aprendizaje moral, era que, bien porque la tela estuviera pasada, no se hubiera agarrado la traviesa en la sierra de los dientes o por lo que fuera, algún mayor se veía claramente estampado contra el suelo.
El aprendizaje era que... no te podías reir. O sea, nadie se puede reir de la desgracia ajena.

Lo que no es poco. 











domingo, 6 de mayo de 2018

Las eras de Linares

Tal día como hoy, domingo de primeros de mayo, de hace ...tantos años, estaríamos de vuelta del paseo familiar propio de la época. Me estoy refiriendo a Linares, en nuestra "casa madre" de la abuelita.

Los mayores habrían acabado su sobremesa dominical, larga y tendida, con cafés y algún licor -pero poquito- y alguien, habría dicho: "Vámonos de paseo".
Enseguida, un anuncio a la pandilla que estuviéramos en el patio. "Niños (entonces no se decía os/as), recoged las cosas que nos vamos al campo". "¿A dónde?", "A las eras".

Y allá que partíamos. Los más ansiosos, los primeros, un puñado de pequeños alrededor de los mayores que nos acompañaran y, a mí, me tocaba el difícil tema de tirar del grupo pero no lo suficiente como para que los responsables se preocuparan. Torcíamos a la derecha, un trocito de calle Marqués, después,  por la calle del tinte, del doctor, de la barriada que habían hecho en lo que hoy llamaríamos "casas unifamiliares", dejaríamos a la izquierda la casa del "millón-casa y coche" de Avecrem, cruzaríamos la carretera de Baeza y, por un callejón que se ve en la foto subiríamos hacia el campo.
Si se mira con atención se ve a la izquierda la casa de la abuelita, la calle del tinte, la del doctor, las casas a las que me refiero y a la derecha, casi abajo, la calle que subía a las eras y a éstas mismas. La foto es de 1956


Íbamos a "las eras" que, de siempre, me asombraban. En principio, como lugar era un campo empedrado, asombrosamente plano a pesar de estar enlosado con piedras rojas de la zona. También asombraba su firmeza, no había cambios de un año a otro.

Allí tenían que haberse visto en los agostos las labores propias de la trilla, pero parecía que nuestro pueblo había pasado a labores mecanizadas. 

Lo normal, era llegar y "¿qué hacemos?¿a qué jugamos?". Pues "coged flores, jugad con la pelota, al 'pillar', a lo que sea". 

Y así lo hacíamos. Rodeados de campos en los que ya apuntaban las espigas y pequeñas amapolas, atendíamos a las indicaciones de mi madre que se sabía un montón de plantas interesantes: los "novios", que era una planta que aplastabas con la mano y lanzabas al pecho del primo de al lado una especie de hojitas que se quedaban prendidas en el chaleco, u otra, más interesante que presentaba una inflorescencia de cuatro o cinco agujitas, las arrancabas, te las ponías en el pecho y empezaban a enroscarse sobre sí mismas. El núcleo de las amapolas, convenientemente manejado acababa pareciendo un penitente de semana santa. Es decir, montones de posibilidades.


Lo de jugar, al pillar, vale. También decíamos "la peste" a este juego que consistía en que uno corría detrás de los demás y, cuando tocaba a otro, era a él el que le tocaba perseguir a los demás. (Otro día hablaremos de los sorteos a efectuar para jugar a éste y otros ludismos).

Lo de la pelota estaba más difícil, primero por la calidad de las pelotas, casi siempre pinchadas y, por otro lado, la posibilidad de que rodara campo abajo con lo que no se podía chutar con ganas. 

Yo veía a mi padre, fumando mientras paseaba con su actitud contemplativa proverbial. Miraba al campo -desde allí había una buena vista sobre el hospital "de los marqueses de Linares", el asilo, y a la derecha, la fábrica de harinas "Santa Rosa" y la estación de Almería.  Aprovechaba su atención para preguntarle sobre qué era una extraña construcción de hormigón que había en una esquina de la era, así como sobre el posible final del camino que nos había llevado hasta allí.

Casi siempre tenía respuesta para todo. El hormigón "tenía que ser para algo de conducción de aguas" y el camino, el camino es... mirando hacia el horizonte, posiblemente para bajar a la estación de Baeza". Lo que no podía explicar, pero prometía enterarse y explicármelo era cómo funcionaban los "relojitos" vegetales que llevábamos en el pecho. Eso era "muy, muy curioso".

Atardecía plácidamente mientras consumíamos nuestras energías infantiles. Llegado un momento aparecía algún trozo de pan, siempre menor que el que hubíeramos deseado y, una "onza" de chocolate. "El pan se come, el chocolate se huele", nos decían y así conseguíaos que nos aguantara la pastillita marrón hasta el final del chusco.

Volvíamos en tropel, con mucho cuidado al cruzar la carretera: "Hay que mirar hacia los dos lados, por si viene un coche", nos decían (y, después, transmitiríamos idéntico mensaje a nuestros hijos). Oiríamos comentarios sobre el "bloque de la Enira" que habían hecho casi en la carretera y, llegaríamos a casa de la abuelita con el sol ya caído.

Otra excursión-aventura. Yo tenía sembrada la curiosidad de si esa carretera llegaría a la estación de Baeza y, esa sí la satisfice. Muchísimos años después, con mi Dyane, bajé por ahí. 

Lo que aún no he satisfecho es el problema de cómo y por qué se enroscan los relojitos vegetales. Si lo encuentro en Internet se lo contaré a mi padre. Seguro.


domingo, 18 de marzo de 2018

El habitat, la gente, sueños y locomoción.

El paraíso se forjó a fuerza de milagros.

Milagro sería que existiese -y que lo encontráramos-, aunque de eso se encargaron, al parecer, las raíces familiares Martínez.

Milagro fue que decidiéramos ir. Y que fuéramos.
Y que hubiera algún platillo volante que nos subiera hasta allí.
Y que alguien diseñara el cómo dormir, y el cómo llevar cosas, y que no nos perdiéramos y que no dejáramos de comer y hasta ¡que nos laváramos!, aunque fuera poco.

Es decir, tenía que haber sitio, camino, objetos útiles y, sobre todo, pero sobre todas las cosas, una panda incomensurable de gente disfrutona y avenida.

Empiezo por los objetos.
Hay que llevar: ropa, platos, cafetera, ollas, raseras, cubiertos, servilletas, cervezas, leche condensada, etc.etc.

El cómo está claro, será un camíón, desde Linares y toda la familia encima.
Ya lo conté en otra ocasión; se pedía permiso para hacerlo, nos subíamos y ya está.
Pero lo que es casi incontable es las semanas de preparación. No se podía meter todo en maletas y, como había que llevar colchones, pues, esto es lo que se utilizaba. Así, como suena. 

Se pone una colcha en el suelo, encima, el colchón y, dentro, lo que haga falta. Al final se cierra, se cose y, si acaso para reforzar las sujecciones, una cuerda.
los "colchones-maleta"
Un puñado de estos fardos constituirían después los asientos o camas -viajábamos de noche, que no se olvide- que nos contendrían en la caja del camión.

Éste era un "Autocar" de los "hermanos Gragera" y su llenado constituía, de por sí, una ceremonia. 

En la parte delantera de la caja, detrás de la cabina, los somieres -que también llevábamos, claro-, el gran tablero que constituiría la mesa comunitaria y cualquier cosa que fuera plana y grande.

En medio, es decir, inmediatamente detrás, el montón de colchones-maleta que nos soportarían durante la noche.
Al fondo, como cerrando el cajón, el montón de latas de leche, cervezas, y todos aquellos bultos que, por su consistencia cerraban la caja de una forma bastante consistente.
De aquí saqué la idea y la ratificación del recuerdo
Tal que así para explicarlo desde arriba:
Aquí está el camión, no la gente. Prometo añadirlos cuando sepa dibujar figuras humanas.
Llegábamos a una casa que, según el contrato que ya expuse anteriormente, medía doce metros de largo por ocho de ancho y tres de alto.
doce por ocho y tres de alto, tejado a dos aguas y dos puertas de acceso.

Tal y como se ve, cinco habitaciones, un gran salón y cocina. Dos chimeneas, puertas que se abrían en dos partes y, sin cuarto de baño, para eso estaba el campo, claro.


Chimenea salón. A espaldas de esta estaba la
de la cocina, con un tiro común al exterior.

A la izquierda, la "habitación de los niños". No sé cuántos éramos, pero llenábamos dos literas, cuatro camas y, algún rincón más. Enfrente de la puerta, la habitación principal donde, creo, dormían los abuelos y a la que se añadía una pequeña habitación auxiliar, que yo recuerdo como despensa.
Tres dormitorios más recogían el resto de las féminas.

La cocina, a la derecha, tenía una chimenea, donde sobre unas trébedes se ponían las sartenes u ollas para los cocidos que fueren menester.

¡Ah!, se me olvidaba que tampoco había grifos. Teníamos "agua corriente", claro, pero... en la fuente.

La fuente era la que daba nombre al enclave. "Fuente de las Tablas", objeto que juro que busqué y, como no fuera aquellas que saldrían de los pinos en el momento adecuado, allí no había tablas algunas.
Teníamos un "cañillo" que vertía sobre un "mar" lo suficientemente grande como para que cupiera un cántaro, que de eso se trataba. 

El tío Félix le puso un trozo de lata cortado de una de las de leche condensada y, así, salía más fino para que fuera más fácil apuntar y no perder "hilo" -y nunca mejor dicho-.
Fuentecilla de las tablas, Debajo, los tornajos y arriba, a la izquierda, el "quinto pino".
Ojo, las distancias no pretenden ser reales, (dentro de que todo es, más o menos, aproximado).
En el siguiente escalón del paraje de la fuente se encontraban los "tornajos", pinos ahuecados que servirían para abrevar el ganado y, para meter las cervecitas, los melones y las sandías para que se refrescaran.
Teóricamente, también tendríamos que lavarnos en ellos, pero sin jabón, para que las ovejas no se pusieran demasiado blancas, vamos, digo yo. Así que, las necesidades básicas quedaban básicamente satisfechas.

¡Se me ha olvidado hablar de las camas!.
Ya he dicho que se traían somieres desde Linares y, las patas, serranas: trozos de "tocona", es decir, una rodaja de pino, en las que apoyar los somieres "Numancia" que alguna vez se atirantaban.
Cama de matrimonio sobre somier "Numancia".

Esas serían las camas procedentes de la civilización porque, cuando el tío Félix se ponia a trabajar hacía lo que hiciera falta.

Por ejemplo la que sigue y lamento citar que una de sus mejores obras, las "cunas literas" no puedo exponerla porque ahora no encuentro la foto.
una cama del tío Félix para adultos: somier con tela metálica.
Me resulta curioso el recuerdo de cómo trataban de que la tela metálica que tenía que sustituir al somier, estuviese lo más tensa posible. No había forma. Ya podían tirar dos de los tíos de un lado y otros dos de otro, aquello nunca estaría tenso. REsultado, que indefectiblemente, derivabas hacia el centro del hueco. Amanecías en mitad de la cama por más que trataras de evitarlo.

Lo que sí teníamos era "cuarto de estar" y comedor de día y comedor de noche. La primera función la suplía el lugar llamado "quinto pino", plataforma de tierra, muy cercana a la casa, con sombras tupidas que permitía poner en medio el gran tablero familiar. Allí, por turnos, necesariamente, le dábamos al buen yantar que siempre fue proverbial de la familia.

Por la noche pasábamos al salón. Mi padre encendía la lámpara "petromax" que, con su luz situada en un tablero en lo alto de un pilar que había en mitad del salón, daba luz al refrigerio. El resto de las luces, para la cocina y los dormitorios,  eran "carburos" de minero que emitían su luz siseante.

No he querido hacer la recopilación de toda la gente que nos juntábamos porque, eso, eso sí que es un milagro.









jueves, 22 de febrero de 2018

Cázulas. La Serrería

Buscar un lugar que pudiera sustituir a nuestro Paraíso no era tarea fácil. Y, sin embargo, existían los calores, ganas de conocer lugares, ganas de estar juntos y buscar agua donde bañarse, senderos que transitar y aventuras que correr. Si eso existía y no había paraíso donde ejercerlo, habría que buscar otro lugar.
Pues, en lo que se refiere a la familia Flores, no me cabe duda de que se acertó. Encontramos, -bueno, encontraron los padres-, un lugar que si no era exactamente nuestro referente, sí, al menos, lo sustituía con altura.
Cázulas.
Es un lugar de pinos, pinos, y pinos, con arroyo al lado, con desfiladeros angostos y rocas altas. Con carril polvorieno que atravesar y con suficientes luces, amaneceres y atardeceres, para satisfacer al poeta más pintado, que todo se andará.
Comenzamos a ir en el verano de 196   . No sé cómo lo encontraron mis padres y cómo nos las arreglábamos para llegar a sitio tan relativamente remoto, con un "seillas", por mucha baca, equipaje y "pulpos" de goma que pusiéramos encima.
Convertíamos al 600 en un pequeño camión de los hermanos Gragera, con menos ruido y, si cabe, más calor porque había que viajar de día y no de noche.
Pero llegábamos, a un lugar: "La serrería", donde encontramos unos ingenios madereros cobijados bajo naves inmensas que, aún hoy, están allí.
Habitábamos una casa, a cachos, porque la mayor parte de la familia residía en  un bajo que se ve en el dibujo antecedido por unas columnas y un balcón que daba encima de un montón de matujos. El otro resto, dormíamos en las casitas que hay a la derecha y arriba del mismo.

La Serrería de Cázulas.
Hacia abajo, a la izquierda, estaba el arroyo donde habían formado una represa de piedras y, consiguientemente una poza algo elaborada. Servía tanto para mojarse como para mojar al que se acercara y allá andábamos chapoteando todo lo que podíamos, y más.
Las excursiones eran, casi necesariamente río arriba. Por el cauce, auténticamente por el cauce, es decir, agua y piedras, o, al revés, de las piedras al agua y vuelta a repetir.
Andábamos hacia un lugar extraño donde se estrechaba la garganta y aparecía un puente con base de hierro que soportaba un viejo carril maderero. Si seguíamos hasta arriba, a lo más alto que solíamos llegar, estábamos en la "junta de los ríos".
Lo curioso es que allí inventamos -porque lo hicimos nosotros- lo de "la bajada de cañones y barrancos", con unas sandalias de goma, alpargatas o, simplemente, descalzos. Nos echábamos al río hasta que alguna catarata o cataratilla nos impedía ascender más arriba.
Junta de los ríos, garganta y parador de "la cabra"
Allí íbamos con Rafa Martínez cuando fue a visitarnos. Además, y esto nos resultó pintoresco, llegó con su Volkswagen 1302, por favor, y se trajo una tienda donde pretendía dormir (no sé si lo consiguió o lo civilizamos en la casa). Rafa, además, tenía la enorme ventaja de improvisar todo de todo. Nos enseñó a bañarnos en un sitio que nos cubría: un agujero en una piedra cercana al puente citado líneas arriba. Había que meterse hecho un churro y, después, andando por las paredes, salir hasta la superficie.
Porque esto era lo curioso. Es que, además de la panda Flores, venían los tíos después. Vino el tío Félix que disfrutaba exasperándonos a todos al decir el nombre de los pueblos como a él le venía en gana. Por ejemplo decía "Otivitiar", en lugar de Otívar y, cuando tratábamos de corregirlo, se reía con su celtas pegado al labio.
Creo que ese año también vinieron los Martínez Cobo. Lo que no sé es dónde se alojaron, así como los Romanes, aunque es posible que no fuera ese año, sino al siguiente.
Cázulas estaba regido y era propiedad de una persona extraña: Marquesa del mismo nombre, quien tenía un "palacio" en la zona alta de la finca.
Nos invitó a comer -o a cenar- y asistí junto con mis padres. Después nos enteramos que se había casado tres veces, perdón, era dos veces viuda y estaba con el tercer marido. Lo que hacía fácil de comparar con los Cartwright, de "Bonanza", la serie de televisión que a todos nos gustaba.
Vivíamos como unos exploradores de la naturaleza. Abastecidos por unos padres probos que por medio de expediciones ímprobas a través de los baches y el polvo, nos traían los magníficos platos con que mi madre nos regalaba.
El otro día hicimos una excursión conmemorativa. Nos acercamos por la "carretera de la cabra" hasta el sitio que le da nombre. El problema es que no vimos nada. Había niebla y mal tiempo.
Habrá que ir otra vez.

Zona de la "junta de los ríos" desde la altura del parador.


lunes, 12 de febrero de 2018

Historia de un número: 10-40-38

Si a alguno de nosotros le entra la curiosidad de ver cuántos "socios" (amigos) formamos en Facebook el clan Martínez, nos encontramos con un número curioso: 116. Según podría entenderse ahí estamos los Martínez actuales, pero no todos los que están lo son, ni, tampoco estamos todos los que podríamos estar. Hay, digamos, aficionados, amigos queridos y gente que nos quiere y que, de una forma u otra, leen nuestros cuentecillos, comentan -comentamos- nuestras fotos y decimos algunas cosas que, por suerte, son siempre positivas.
Pero hay un número, bueno, uno no, tres, que son especialmente significativos.
 Los del título 10 - 40 - 38.
Bajo ese referente tuvo lugar una extraordinaria -fuera de lo común- fiesta Martínez. Se trataba de que nuestra casi ancestral   "casa madre", en Marqués de Linares 38 (antes era el 40), iba a abandonarse.
Yo creo que el principal motor de tal fiesta no era otro que un familiar insigne y especial. Isidoro Román, marido de Pily Martínez y, junto a ella, padres de innumerables "Romanes".
Pues bien, este hombre puso especial atención a que la despedida de la casa no fuera cosa baladí. Había que montar una fiesta, un fiestón, y él fue el que hizo la convocatoria bajo una carta que adjunto



Así, pues, el motivo aparente era la "despedida", pero otros motivos no menos importantes eran el estar juntos, hacer el "censo" de familia, poner en contacto a todos con todos y, como siempre, homenajear a nuestros socios fundadores.
10 eran los hermanos Martínez Marín y, lógicamente, se echaba de menos a los dos que faltaban: "Carmina y Félix".
40 éramos los "primos hermanos" hijos e hijas de estos primigenios.
Y, los 38, la siguiente generación.
Pero no contento con esta constatación, el tío Isidoro se entretuvo en hacer un árbol genealógico. A ordenador, que era lo que privaba en ese momento y, además, en "Word Perfect". Lo vi trabajar, trabajar, trabajar, una paciencia infinita, tipo de línea, bloque a la derecha, seis columnas a la izquierda, tres filas hacia abajo, saltar con una línea la separación entre familias. número insertado....
Cuando me lo enseñó no estaba aún completado. Me pareció un trabajo ambicioso y, como otras tantas veces, volví a meter la pata: "Pero tío, si hay programas más sencillos para hacer eso...". "¿es posible?, me contestó y yo, chulo de mí, cogí un programa que servía para hacer diagramas de flujo o esquemas eléctricos y diagramas de programación.
Lo siento, le pido perdón. Lo hice en un rato y, se lo llevé. Inmediatamente -por aquello de ser diplomático- asumí que el suyo era el "chipén" y el mío una cosa un poco cutre.

Pero lo importante es que, ahí estábamos todos. Todos, digo, los de ese momento. El 29 de Junio de 1993.
Fuimos apareciendo Martínez--XX y XX-Martínez, conocidos, cariñosos y jaleosos. Llenamos el portal y comimos, aunque en este momento no dispongo de recuerdos sobre cómo lo conseguimos. El portal era una asamblea de gente feliz y que estaba dispuesta a sacar lo mejor de cada uno para que el de al lado estuviera aún más agusto.
Sacamos recuerdos. Propusimos que la gente los sacara y se expusieron algunos murales para apuntar:


Evidentemente: Rafa Martínez.
Un poco de todos
Y el caso es que sé que hay más, que tengo más pero no los he encontrado en este momento.
Lo que sí es cierto es que cada uno fuimos aportando lo que pudimos, entre lo que se encuentra algunos dibujos de la "casa" por antonomasia.











Y, lo que es más que entretenido es que, estando claro el objeto, y siendo así que reviste para los que vivimos en ella un enorme atractivo, no le llega ni de lejos a lo grande que es el recuerdo en sí. No hay un lugar, sitio, rincón, piso, teja o maceta, que no retenga un recuerdo o motive alguna sensación. Hemos pasado alegrías y tristezas, golosinas y cicatrices, hemos aprendido de sus personajes y pensado en cómo son -o eran- y qué nos decían para formarnos como personas. 
Pero ¡bueno!, me estoy poniendo algo chocho. Yo tenía que seguir contando y añadiendo cosas. 
Ahí van.
La comida -el inicio, por así decir- llegó, vió y venció. Pero no acabó. 
Salimos al patio ¿cómo no?, para tomar "la fresca" y, hacer grupos de afotos. 
Pasó lo que tantas veces podía haber ocurrido y nunca se había efectuado. Es decir, se pone un grupo, todos muy formales y, de pronto, ¡alguien les echó un cubo de agua!. A partir de ahí, todos mojados.
Aquí van algunas fotos:











Y, por el momento, mi historia queda aquí. Ahora bien, espero ampliarlo. Me gustaría que pusiérais acotaciones y datos complementarios. Podía quedar una historia la mar de bonita...










martes, 6 de febrero de 2018

La piscina de la Bullidera

La piscina de la Bullidera.

En no sé qué verano de alguna época de juventud, me tocó pasar una temporada en Begijar, en casa de los primos Marín Rubiales. Bueno pues me "tocó" y lo disfruté. Todos los días eran especiales porque casi ninguno de entre ellos hacíamos lo mismo que el anterior, lo mismo íbamos a jugar a las cuadras que a paseos por las eras o a bañarnos a la Bullidera.

Y, en eso, estando un día con tío Bernardino, me preguntó que si yo pensaba que se podría hacer una piscina, pero piscina, piscina, con el tractor y el arado.

Estábamos en alguno de los campos que había más abajo de la fuente, normalmente sembrado de alfalfa o de maíz y, acercándonos al borde de la terraza que separaba el olivar de la zona de regadío, me señaló: "Mira, aquí se mete el tractor, desde allí hasta allí, se ara, se mete el remolque y se llena de la tierra que ya estará blanda.

Dicho y hecho, al poco tiempo, vemos como el tractor retrocede desde el punto marcado mete el arado de "doble vertedera" y de 300 kg de peso (que todo esto lo sabíamos, al menos, Juan Francisco y yo) y hunde las tejas en la tierra. Avanza hasta donde le habían señalado. Vuelve marcha atrás cambiando de besana y vuelve a hacerlo.

Al cabo de un rato había un rectángulo de tierra arada bastante profundamente.

Se metió ahí el remolque que, según recuerda Ignacio Díaz del Corral, se hizo la primera vez con mulos. Se cargó a palada y tentetieso y salió de allí para verter la tierra en algún lugar de entre los olivos.

Comenzó de nuevo el tractor atacando la segunda tongada de tierra.

Vuelta a meter el remolque, creo que a partir de esta con el del tractor. Nueva llenada y nueva sacada.

Al cabo de no sé cuantas veces, había ya un hueco apropiado para la piscina.

No sé cómo lo hicieron, supongo que a mano, claro, pero la caja estaba perfectamente señalada en el suelo y en las paredes.

Unos albañiles extendieron sobre estos lados ¡ladrillos!, de los normales, de doble hueco. Encima de ellos una capa de mortero y, al cabo de unos cuantos días teníamos todo lo que se le puede pedir a una piscina.

Al final, agua y, ahí, todos de cabeza, o de "bomba" o como se pudiera,... para saltar inmediatamente: ¡está friísima!. Tanto como en la fuente, pero ahora podías "nadar" por ejemplo "a lo perro" y creer que así soportarías más rato en ella.

Dabas cuatro brazadas y salías a tiritar al sol. te secabas un poco y vuelta al agua, salías, tiritabas otro poco y vuelta al comienzo.

Pero teníamos una piscina digna de tal nombre y ya podíamos nadar