domingo, 1 de enero de 2017

Begíjar, solemne.

Begíjar es algo especial. No es sólo un conjunto de historias de cuando éramos jóvenes, era, también un retorno al pasado, una muestra de modos de hacer las cosas, de paisajes distintos a Linares, de relaciones, de comidas, de ¿qué se yo cuantas cosas más?.
La que hoy nos ocupa tiene que ver con el cómo se hacían las cosas. Hoy nos llamaría muchísimo la atención el que se pueda hacer las cosas tan despacio, pero además, de forma tan solemne.
Pongamos por caso, como estamos en el campo y la familia tiene campos, hay que ararlos y, a veces, con anuncio, expectación y asombro.
Recuerdo que un día, estando en casa de las tías, en el primer piso del casón Begijareño, nos dicen que "tío Bernardino ha dicho que mañana van a 'sacar' el Bravant.
Al día siguiente hay un montón de movimiento en el patio. Sacan de las cuadras a los bueyes, uncidos bajo el ubio y, de una manera lenta, solemne, se dirijen hacia el fondo del patio.
Bajamos corriendo con la tostada todavía en la boca. Antes de llegar a la puerta del patio oímos un estruendo enorme. Un ruido nuevo, salimos, doblamos a la izquierda y vemos a la yunta andando hacia nosotros con el boyero delante.


Ubio

Pero, en principio, no vemos la causa del ruido. Está detrás de la yunta. Pegándonos a las paredes evitamos a los animales y la atención de los mayores. Llegamos al ruido y lo que lo provoca es algo impresionante. Un platillo volante no nos hubiera asombrado más. ¡Estábamos ante el Bravant!.
Arado Bravant

Deducimos, ante la presencia de una reja impresionantemente grande, que aquello es un arado, pero monumental, tanto, que tiene que soportarse en unas ruedas metálicas jaleosas hasta la saciedad. Esas son las causantes del ruido que nos llamó la atención. 
Salimos a la calle y, como se ha corrido por el pueblo que D. Bernardino sacaría el gran arado, hay gente en la calle mirando aquello como si fuera una procesión.
Lentamente, lentamente, llegamos a un campo que había cerca de la "Cruz de Piedra". Allí, disponen al arado para que are y vemos cómo va dejando un surco distinto en tamaño y profundidad a los que habíamos visto antes.
Pero aquello era tan lento, tan lento, que no aguanté ante el calorazo que hacía a que llegaran hasta el final de la besana. Hecho este que me ha fastidiado porque, si lento y dificultosa era la labor, el hecho de tener que darle la vuelta a aquel aparato, tenía que ser solemne también y, la verdad, no sé cómo se hace.
Volvimos a casa con la sensación de haber presenciado algo grande, grave, majestuoso, impresionante.
Pero no hubo sólo ese hecho y, si he comenzado por él ha sido por lo original que me parecía el objeto.
Porque otro evento digno de señalar era el llevar la "trilladora" a la era.
La trilladora era un maquinón, de madera, con ruedas de hierro, marca Ajuria -porque no se me puede olvidar-, de color rojizo desvaído, lleno de ruedas y ventanas hacia su interior. Algo misterioso que se entreveía dentro del cocherón.


No es la de Begíjar, pero no era muy diferente.
También una -o varias- parejas de bueyes, enganchada cada yunta detrás de la anterior y, supongo, una cadena que acababa en la máquina. 
Se salía del corralón con mucho cuidado. Los bueyes en la calle y aún dentro de él, la máquina, el maquinón. Había que torcer a la derecha y, la verdad, la dirección era de todo, menos asistida.
Cuando se llegaba al final del "paseo" había que torcer otra vez a la derecha, y unos doscientos metros más adelante, desviarse a la izquierda para subir una rampa que llevaba a las eras.
También lento, con cuidado, gravemente, se procedía al traslado. 
Un ratazo -o dos ratazos- después, la máquina estaba en su posición. A su lado, encima de un mojoncete de obra, un motor eléctrico.
Dispuesta para la trilla
Se disponía una correa que unía la trilladora con éste y, cuando se hubieran efectuado sus conexiones, se ponía en marcha.
Ahora había ruidos variados, a cada cual más original. La correa hacía un chasquido cada vez que pasaba por el motor o por la polea de la máquina. Por las ventanas de la máquina se veían como unas maderas oscilaban para lo que quiera que fuere...Si echaban una gavilla por el sitio que fuera conveniente, se añadía una nueva rareza, un polvarín que irritaba los ojos y, si estabas mucho rato, el cuerpo, los brazos, las piernas...
Pero, todo se había hecho de una forma grave, majestuosa, imponente.

Aunque, quizás, hubiera sido más imponente aún asistir a la traída de este maquinón hasta el pueblo.
Según me han contado los tíos, la trilladora se trajo desde Vitoria por medio del ferrocarril. Llegó a la estación de Begíjar y, desde allí había que subirla hasta su destino.
Bajaron a por ella un tiro -no sé cuantas parejas- de bueyes con sus respectivos conductores y.... Rafa y Carlos.
Me imagino a los dos hermanos sentados en el pequeñísimo asiento que había encima de la "lanza", mirando al mundo desde esa altura y viendo cómo se iba superando, metro a metro, el cuestón de ida. 
No sé si les tocó en verano, pero cuenta Carlos que en su vida había visto algo más lento que eso. 
Porque si los bueyes van normalmente despacio, cuesta arriba, lo hacen aún más. 
O sea, graves, majestuosos, imponentes.








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