EL VIAJE
Desde temprana hora de la mañana empezábamos a bajar los
trastos a la calle: maletas, maletillas, maletones, cestas, bolsas y más
paquetes. Mi padre con el coche en la puerta, vigilado atentamente desde las
ventanas por los vecinos del bloque, empezaba a encajar los bultos en la baca como si de un tetris se
tratara. Ante nuestra impaciencia y nuestras muestras de jartura nos espetaba
su habitual muletilla «Despacito y buena letra» y nosotros resoplábamos viendo
cómo avanzaba la mañana sin que el deseado viaje se iniciara.
Cuando ya parecía que la doble capa de bártulos estaba siendo
encajada con la debida pericia, aparecía alguno de mis hermanos con otro nuevo
paquete y nuestro progenitor, desafinando entre silbidos una zarzuela, volvía a
desarmar lo realizado hasta el momento.
Encajar tanta familia en un seíllas no era tarea fácil, pero
al fin se conseguía, e iniciábamos el viaje con la confianza ciega de llevar
sobre nuestras cabezas un portaequipaje capaz de soportar los más terribles
temporales.
Una vez encomendados a san Rafael y a san Cristóbal, nos
poníamos en carretera. Cantábamos, contábamos coches, jugábamos a las
adivinanzas, a de La Habana ha venido un barco… nos mareábamos, vomitábamos y
parábamos en uno de los bares del Puerto del Carretero a tomarnos un galipuche y cómo no, a desaguar.
De la bolsa “maripopiense” de mi madre salían galletitas,
chocolate, agua, servilletas, saquitos y rebequitas ante las necesidades
perentorias de unos y otros, hasta que agotados del largo viaje y la tediosa ruta, empezábamos a fastidiarnos y
surgía la frase inevitable que indicaba los comienzos de una pelea «¡Mamá, Nico
me está chinchando!». Mi padre desde el poderío que le concedía ser el piloto,
nos lanzaba unos cuantos epítetos de lo más variado, desde «Botarate, deja en
paz a tus hermanas» a «Distinguido besugo, ¿quieres que pare y te deje aquí?»,
y otras lindezas que nos sirvieron para que fuéramos las chicas con el
vocabulario más culto de todo el barrio en materia “insultil”.
Para eso también tenía mi madre un recurso mágico y nos
decía, sumergiendo la mano en su bolso especial: «Venga, vamos a rezar el
rosario». Como por arte de magia se acababan las discusiones y los gritos. Ante
el mantra apacible de las avemarías íbamos cayendo enredados unos a otros, en
un sopor pacífico, mecidos por los rezos
de mis padres y sus suspiros gozosos por
contar con unos minutos de tranquilidad.
EL PUEBLO
La llegada a Linares se convertía en la máxima recompensa.
En casa de los abuelos y de los tíos,
nos esperaban días de pandilla, compuestas por una caterva de primos, que nos
acogían y nos acompañaban en todas las excursiones y travesuras que se nos
ocurrieran.
Una de nuestras aficiones, era pasearnos al retortero por
las calles. Diez o doce chavales, supervisados por los mayorcillos de trece o
catorce años que conocían bien todos los rincones susceptibles de ser
visitados.
La numerosa familia que allí teníamos se detenía a
preguntarnos de quiénes éramos. Ser
nietos de Don Pablo, el médico, nos abría no solo puertas, sino que
también nos procuraba algunas propinillas para las chuches o los
cacharricos de la feria. Los grandes
contaban las perras y perrillas obtenidas y, con más o menos acierto hacían un
reparto, en el que de vez en cuando se cruzaba algún que otro enfado, y nos
llamábamos botarates, tontos de solemnidad, majaderos o mastuerzos, insulto que
nos producía siempre mucha risa; alguien zanjaba la discusión diciendo que
dejáramos de decir patochás y no nos liábamos a mamporros por los pelos.
Mal que bien solucionado el asunto y en el puesto de pipas,
no se escuchaba más rumor que el de nuestras jóvenes y repeinadas cabecitas
pensando en por qué maravilla nos decidiríamos si regaliz, juanolas, tractos,
garbanzos torraos, altramuces, chicles o pipas, que nos servía el kiosquero en
unos maravillosos cucuruchos de papel de estraza.
Sólo la llegada de la hora de la comida alteraba nuestro
paseo y entonces salíamos disparados a
casa de unos y de otros, previos acuerdos sobre los gustos alimenticios propios;
si en tu casa hay lentejas te lo cambio por mi cocido que los garbanzos no los aguanto. Con lo que no
era raro que en cada hogar aparecieran a comer zangolotinos diferentes de los
que salían por la mañana.
Los mayores nos permitían esos trapicheos, contentos de
vernos zascandilear felices y de no tener que ocuparse de nosotros durante las
largas jornadas vacacionales.
EL DESVÁN
Casi sin ponernos de acuerdo, la cita consabida después de
la sobremesa, era en la casa grande. Mientras los adultos sesteaban, previa
orden de que no molestáramos bajo ninguna circunstancia, nosotros nos encaminábamos
al desván. Habitación mágica por excelencia; oscura, polvorienta, calurosa
hasta decir basta, pero llena de rincones secretos a la que por más que
volvíamos siempre aparecían rincones por explorar.
Con el sigilo y respeto que merecía el lugar, nos juntábamos
por aficiones y mientras algunos espulgaban las revistas y los librillos, que
se amontonaban por cientos en los estantes, otros abrían el baúl de los trajes
antiguos que vistieron bodas bautizos y otras fiestas mayores. Pelucas, abrigos
raídos, sombreros, zorros espeluchaos, enaguas, sayas, tacones, corpiños,
delantales de criada con puntillas, cofias, bolsos, trajes de novia y hasta
baratijas, nos permitían componer un improvisado carnaval con un magnífico
desfile coreado por las carcajadas contenidas de tan alegre público.
Pero el sumun, la mayor delicia a la que se prestaba el
sitio, era jugar a las tinieblas de la noche. Apagada la única bombilla de luz,
bastante mortecina, nos escondíamos y correteábamos entre columnas, cajas y
anaqueles, ante el terror de los más pequeños y las risas de los mayores, hasta
que, irremediablemente algún torpe botarate se daba un tremendo batacazo
produciendo un estruendo mayúsculo. Aparecía, rápidamente
una de las tías y medio gruñendo, medio bromeando, nos sacaba de allí con la promesa de una rica
merienda de pan y chocolate y una refrescante ducha, a cubetazos, con el agua
helada del pozo…
Pero esa es otra historia.
Teresa Flores
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