Rafa Flores: Al hilo de esos buenos recuerdos, ahí va uno pícaro...
Las tías eran especiales hasta para todo. Los desayunos domingueros eran magníficos y, después de estar en ayunas desde el sábado, las tostadas, el café con leche y el ¡NESCAFÉ! - del que me hicieron absoluto dependiente vital, estaban para enmarcarlos. Pero, digo más, en su tremendo exotismo estaba el tener una herramienta para ¡poner remaches!. Bueno, no sé si se llaman así, ¡ah!, no, ¡corchetes!... y la pusieron en un madero y escondida en esa habitacion-cilla que había al lado de la 'salita'.
Esa herramienta, a la que tuve el privilegio de verla entrar en casa era absolutamente enigmática. No supe para qué servía porque eso de dar un cuarto de vuelta y que un vástago se hundiera en un agujero que tenía enfrente era... ¿mágico?.
Una de las muchas tardes en que fui a su casa, me encontré con unas telas raras, rosas, con cintas de refuerzo en los bordes y que estaban en una butaca de la salita. Al lado, la máquina 'infernal'. Tia Mariana, motivadora, me hizo sentar y con la máquina delante me pasó una cajita con corchetes y me enseñó a ponerlos. ue luego fueron varias- poniéndolos en esas telas raras. ¿Sospecha de para qué eran?. ninguna. Y así, una anécdota familiar más ... hasta que...
Otro día, en casa de la abuela , al entrar en el comedor, uno de los tios, Rafa o Pepe, se metió conmigo. "¡Hombre!, aquí está el fabricante de "fajas"!..... La concurrencia se echó a reír y yo, al no tener ni idea precisa del tema, no sabía si tomarlo como un elogio, un dato para el currículum o qué se yo!....
Al cabo de un tiempo, me di cuenta de que alrededor de las fajas había un aura especial. Eran mistéricas, exóticas y, claro, susceptibles de tomarse a chanza, las fajas y el facedor.

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