domingo, 12 de abril de 2026

La higiene y el tiempo.

 Los recuerdos son, también fuente de aprendizaje. Y, como variopintos que son, pintorescos los resultados.

Así, hace tiempo, tuve una reflexión, que yo llamo "conjeturas de Rafa", acerca de algo pintoresco.


¿Qué tiene que ver la higiene con el tiempo?
 

 Pues, yéndome al recuerdo me salió, me salieron, más bien, un montón de imágenes clarísimas. Recordaba el enormísimo mantel que se ponía en la mesa de los Martínez para que comiéramos allí el ciento y los abuelos. Y, se llegaba al postre, al cafetín, a los enanos encima de la mesa a cuatro patas y, al final, al final, aquello había quedado lleno de "mijitas" de pan, de bizcocho y polvo de azúcar. No se podría guardar así. Había que sacudirlo.

 Entonces llegaba la tía más densa del mundo. Digo densa porque era tía, tiííísima, madre adoptadora de sobrinos y primos, en fin, ¿qué podría decir de tia Isa que no supiéramos todos?. Pues ella.

Y como densa, pequeña. Así que, al coger el mantel se solía hacer una especie de lío. Lío que había que desliar para guardar. Se sacudía al suelo del patio, se tomaba por los extremos, o casi, y en el medio, con la boca se daba un bocado para poder doblarlo por la casi mitad. Pero, claro, la tía Isa, densa, era bajita y el mantel daba en el suelo.


 Una vez se lo dije a mi padre. Chivato yo por motivos de esa higiene que te hacía huir del suelo para que no se infectaran las heridas. Ni se inmutó y dijo, "bah, es sólo un momento".


 Y, de ahí salió la relación entre higiene y tiempo. Si algo cae al suelo y se coge rápidamente, no habrá problema. Menos mal porque con la cantidad de caramelos y onzas de chocolate que se nos han caido...

¡Las fajas!

 Rafa Flores: Al hilo de esos buenos recuerdos, ahí va  uno pícaro...

Las tías eran especiales hasta para todo. Los desayunos domingueros eran magníficos y, después de estar en ayunas desde el sábado, las tostadas, el café con leche y el ¡NESCAFÉ! - del que me hicieron absoluto dependiente vital, estaban para enmarcarlos. Pero, digo más, en su tremendo exotismo estaba el tener una herramienta para ¡poner remaches!. Bueno, no sé si se llaman así, ¡ah!, no, ¡corchetes!... y la pusieron en un madero y escondida en esa habitacion-cilla que había al lado de la 'salita'.

 



 Esa  herramienta, a la que tuve el privilegio de verla entrar en casa era absolutamente enigmática. No supe para qué servía porque eso de dar un cuarto de vuelta y que un vástago se hundiera en un agujero que tenía enfrente era... ¿mágico?.

 Una de las muchas tardes en que fui a su casa, me encontré con unas telas raras, rosas, con cintas de refuerzo en los bordes y que estaban en una butaca de la salita. Al lado, la máquina 'infernal'. Tia Mariana, motivadora, me hizo sentar y con la máquina delante me pasó una cajita con corchetes y me enseñó a ponerlos. ue luego fueron varias- poniéndolos en esas telas raras. ¿Sospecha de para qué eran?. ninguna. Y así, una anécdota familiar más ... hasta que...


Otro día, en casa de la abuela , al entrar en el comedor, uno de los tios, Rafa o Pepe, se metió conmigo. "¡Hombre!, aquí está el fabricante de "fajas"!..... La concurrencia se echó a reír y yo, al no tener ni idea precisa del tema, no sabía si tomarlo como un elogio, un dato para el currículum o qué se yo!....

 Al cabo de  un tiempo, me di cuenta de que alrededor de las fajas había un aura especial. Eran mistéricas, exóticas y, claro, susceptibles de tomarse  a chanza, las fajas y el facedor.