miércoles, 24 de junio de 2026

La magia de Linares

 Tiene que ser el tiempo, o el recuerdo, o el coco que dé vueltas  -que las da, claro- o qué se yo.

Pero los recuerdos se van volviendo más luminosos y, por una extraña función mental que atribuyo a llevar más de dos años sin probar una gota de cualquier cosa que contenga alcohol, salen imágenes más pormenorizadas.

Por ejemplo una de ellas es que íbamos a Linares. Nada más que por eso valía la pena, el viaje, la lata, el portarse bien y lo que fuere....

Pero había regalos complementarios.

Teníamos un tío que era mágico. ¡Ay!, por eso los recuerdos son cosas así. Evanescentes aún a pesar de lo concreto y esto, con pelos  y señales.

Un dato claro. Media mañana de cualquier día de fechas parecidas a las que estamos. 

Portal de casa de la abuela. Juegos más o menos difusos porque ya pasó el tiempo de hacer recortables con las "estampas" de propaganda de medicamentos del abuelo y vamos buscando cosas a hacer....

Suena el timbre y aparece el hacedor de anécdotas a miles: Tío Juan. Sonriente como tiene fija la expresión en la cara, entra, saluda a la abuela y dice, ¿quién se viene al "Hoyo"?. 

No hace falta gritar físicamente, pero se me ve en la cara y, conmigo, algún primo más.

Treinta y cinco segundos más tarde. A veces, menos. Estamos en el "4 latas" de tío Juan camino de Pedro, Pedro-Luis y, creo, Petra.

Barrio de Arrayanes, entrada a la Cruz, desvío por la colonia y con cuidado porque siempre esa entrada estuvo 'mala', encaramos las curvas típicas de la bajada hasta la finca. 

Están haciendo la 'casa del Hoyo', donde después veranearían los Martínez Cobo. Casa de oficina antigua de antigua mina La Juanita. Extraña por el sitio, los alrededores con piscina rota, arenal extraño, base de la cabria y las casas de la maquinaria.

Pero ¡estábamos allí con tío Juan!... 

Habla con los albañiles, dice algunas cosas y, ¡pásmense!, pasando por el manantial del que se sacaba agua para la casa, cruzamos la vía del "trenillo de la Carolina" y subimos hacia la carretera que, desde Guarromán va hacia Linares....

Lo mejor de lo mejor es que voy conduciendo yo. Auténtico. No recuerdo en qué edad precisa estaba, pero alrededor de los 15/16 y, antes de coger el volante el tío me había preguntado si sabría hacerlo....

¡Claro que sí!, aún a pesar de la extraña palanca de cambios que tiene el coche aquel. Creo recordar que sólo tenía tres marchas, motor pequeño puertas de chapa un pelín más gruesas que la que tenía el 2CV. Es decir, es un 2CV, un poco mejorado. Además, como en todos los coches de la familia no tenía "plazas", sino "sitios". 

Es decir que allí entrábamos... los que cupiésemos. Y eso era herencia de la furgo de tío Jose, en la que cabíamos... todos. Con mayores incluidos.

Nada, Paseo glorioso a través de esos caminos hacia lo que ahora es un "diseminado" de San Roque. Allí, cambio de conductor y vuelta satisfechísima a casa "de la abuelita.




 

 

domingo, 12 de abril de 2026

La higiene y el tiempo.

 Los recuerdos son, también fuente de aprendizaje. Y, como variopintos que son, pintorescos los resultados.

Así, hace tiempo, tuve una reflexión, que yo llamo "conjeturas de Rafa", acerca de algo pintoresco.


¿Qué tiene que ver la higiene con el tiempo?
 

 Pues, yéndome al recuerdo me salió, me salieron, más bien, un montón de imágenes clarísimas. Recordaba el enormísimo mantel que se ponía en la mesa de los Martínez para que comiéramos allí el ciento y los abuelos. Y, se llegaba al postre, al cafetín, a los enanos encima de la mesa a cuatro patas y, al final, al final, aquello había quedado lleno de "mijitas" de pan, de bizcocho y polvo de azúcar. No se podría guardar así. Había que sacudirlo.

 Entonces llegaba la tía más densa del mundo. Digo densa porque era tía, tiííísima, madre adoptadora de sobrinos y primos, en fin, ¿qué podría decir de tia Isa que no supiéramos todos?. Pues ella.

Y como densa, pequeña. Así que, al coger el mantel se solía hacer una especie de lío. Lío que había que desliar para guardar. Se sacudía al suelo del patio, se tomaba por los extremos, o casi, y en el medio, con la boca se daba un bocado para poder doblarlo por la casi mitad. Pero, claro, la tía Isa, densa, era bajita y el mantel daba en el suelo.


 Una vez se lo dije a mi padre. Chivato yo por motivos de esa higiene que te hacía huir del suelo para que no se infectaran las heridas. Ni se inmutó y dijo, "bah, es sólo un momento".


 Y, de ahí salió la relación entre higiene y tiempo. Si algo cae al suelo y se coge rápidamente, no habrá problema. Menos mal porque con la cantidad de caramelos y onzas de chocolate que se nos han caido...

¡Las fajas!

 Rafa Flores: Al hilo de esos buenos recuerdos, ahí va  uno pícaro...

Las tías eran especiales hasta para todo. Los desayunos domingueros eran magníficos y, después de estar en ayunas desde el sábado, las tostadas, el café con leche y el ¡NESCAFÉ! - del que me hicieron absoluto dependiente vital, estaban para enmarcarlos. Pero, digo más, en su tremendo exotismo estaba el tener una herramienta para ¡poner remaches!. Bueno, no sé si se llaman así, ¡ah!, no, ¡corchetes!... y la pusieron en un madero y escondida en esa habitacion-cilla que había al lado de la 'salita'.

 



 Esa  herramienta, a la que tuve el privilegio de verla entrar en casa era absolutamente enigmática. No supe para qué servía porque eso de dar un cuarto de vuelta y que un vástago se hundiera en un agujero que tenía enfrente era... ¿mágico?.

 Una de las muchas tardes en que fui a su casa, me encontré con unas telas raras, rosas, con cintas de refuerzo en los bordes y que estaban en una butaca de la salita. Al lado, la máquina 'infernal'. Tia Mariana, motivadora, me hizo sentar y con la máquina delante me pasó una cajita con corchetes y me enseñó a ponerlos. ue luego fueron varias- poniéndolos en esas telas raras. ¿Sospecha de para qué eran?. ninguna. Y así, una anécdota familiar más ... hasta que...


Otro día, en casa de la abuela , al entrar en el comedor, uno de los tios, Rafa o Pepe, se metió conmigo. "¡Hombre!, aquí está el fabricante de "fajas"!..... La concurrencia se echó a reír y yo, al no tener ni idea precisa del tema, no sabía si tomarlo como un elogio, un dato para el currículum o qué se yo!....

 Al cabo de  un tiempo, me di cuenta de que alrededor de las fajas había un aura especial. Eran mistéricas, exóticas y, claro, susceptibles de tomarse  a chanza, las fajas y el facedor.

domingo, 19 de octubre de 2025

¡ Baúles !

 

Yo sabía que tío Rafa 'jugaba al fútbol' pero, de verdad, es decir que no era cosa del patio de la abuela, sino en un equipo de "verdad". O sea, en alguno de Linares, de verdad... Creo que se llamaba el "Juventud" y, claro, le atribuí inmediatamente que llegaría lejos.

Lo que no esperaba es que un buen día me encontré con el tío Félix esperándome. Me iba a "llevar al fútbol", pero de verdad... Y todo eso era porque, decían que ¡por fin!, Linares tenía un "Estadio". O sea, todo novedoso, grande e importante.

El Estadio estaba en la carretera de Vadollano, justo enfrente de lo que, por entonces o inmediatamente después, era la Fábrica de Santana y eso era importante. Ya entonces, jugábamos a que Jaén era el pueblo más importante de la provincia de Linares como orgullo patrio y, claro, Santana, el Estadio, tío Rafa jugando en un equipo importante era.... demasiado.

Empezó el partido -primero que veía en mi vida- y me asombró la cantidad de gente -espectadores-que chillaban como posesos, pero auténticamente poseídos de una energía que, creí entender, era para "animar" a los "suyos".... O sea, estaba metido en una vorágine de cosas nuevas, importantes y "de futuro", que también lo decían.

Nada, un puñado de minutos de juego y, más o menos, lo del patio de la abuela, pero a lo grande... con un montón de chillones.

Me sorprendió un epíteto: les decían "¡maletas!, ¡maletas!"... y no supe entender que eso tenía que ver con el bien o el mal hacer. Era sólo eso, "¡maleta!"....

Pues me contagié y, cuando delante de nosotros los jugadores hicieron algo rematadamente mal porque la pelota salió del campo y ninguno de los contendientes pareció satisfecho con el tema... yo grité a todo pulmón "¡baúles!". Tanto que, a pesar de tener sólo seis o siete años, me oyeron un montón de gente.

Vi a los espectadores reírse y... mirarme, que era lo peor. Me agarré psicológicamente a tío Félix y él, también, se reía a mandíbula batiente.

Desconcierto, arreglado prontamente porque el tío me acogió y dijo que no se decía eso, que lo de "maletas" era por lo malos que eran y, por tanto, no tenía que ver con baúles.

Acabó el partido, nos fuimos a casa y aquello se contó en el comedor de casa de la abuela. Todos rieron a más no poder y, me apapacharon con cariñicos y mohines. Me reconocían mi originalidad.

No volví al futbol nunca más, ¿para qué? ¿para ver baúles?.

 


viernes, 14 de febrero de 2025

La azuela

 En otro lugar, hace muchísimo tiempo, conté el episodio de la corta de los chopos para los listones del año siguiente.

Decía que nos llevaba el tío Félix a quienes hubiéramos por allí y dispuestos a trabajar

Tío Pepe, que lo tengo marcado con esto, delante de mi, con un hacha pequeña en la mano. 

Llegábamos a "la Chopera", cercana a la casa y el tío mayor iba señalando qué árboles -arbolillos realmente, les eran interesantes.

Empezaba tío Pepe. El hacha, de corte romo -creo que para que no fuera peligrosa a los jóvenes- hacia más rotos que cortes en la corteza del chopillo, pero, vamos iba avanzando.

Al rato, Pepe me daba el hacha a mi -siete años- y acometía con furor la labor. 

Aquello no avanzaba nada, ya fuera por el corte o por ¡descubrimiento maligno!, el "corazón" del chopo era bastante más duro que la corteza.

Pero, bien que mal, el chopo caía. E íbamos a por otro. 

Al final, un haz de chopillos, 6 u 8 cm de diámetro, eran llevados a la casa. Se dejaban en el salón -para que se secasen- y sirvieran a nuestra vuelta al año siguiente.

Y, al año siguiente, aquello empezaba a convertirse en sillas, cunas-literas, maravillosas obras en la smanos de nuestro tío hacedor de magia maderera.

Y, ¿cómo se pasa un más o menos cilindro a un prisma paralelepipédico?.

 Con la azuela.

Herramienta maravillosa donde las hubiera y que estuviera trabajada por un sabedor del tema. 

A ver. Se cogían los chopillos, ya descortezados y limpios de ramitas colaterales. Es decir, casi cilindros casi perfectos.

Se llevaban a la serrería del quinto pino y allí, en el banco del final, se acostaban hasta la hora de su ejecución.

El tío cortaba el tronco a lo largo en la proporción que deseaba, pero seguía siendo casi cilíndrico.

Y, poniéndolo vertical, le acometía la labor de paralelepidizarlo. 

La azuela caía en el extremo cercano al banco. Cortaba una especie de lengüeta y dejaba -ya- una superficie plana. 

Se giraba 90º y se hacía lo mismo. Así, hasta completar la vuelta y ya se tenía un principio 'cuadrado'.

Se iba haciendo lo mismo en el otro extremo. Y así, en todas las maderas que tenía preparada.

Venía después la labor con la "garlopa". Otra herramienta madre y maestra de cunas y sillas. 

Otra labor grandiosa. A saber, un madero, medianamente largo, con dos extremos "prismatizados en cuadro", separados por un cilindro.

Pues estaba claro. Se ponía sobre el banco. El tío se sentaba encima de él y con la garlopa, cepillo maderero por antonomasia, se pasaba por encima del cilindro llevándose virutas y acercándose a prismatizar todo el material.

Las vueltas que hiciera falta y las veces que se necesitaran hasta formar algún múltiplo de cuatro -las sillas tienen cuatro patas.

Imaginad el número de operaciones que hicieron falta para hacer dos -2- cunas como las que se ven abajo....

Magnífico. ¿alguien lo sabe hacer mejor?.

No, pues aprended, como hice yo. 

 



 

jueves, 27 de junio de 2024

Estuvimos con los buitres y nos trajeron los cóndores.

 Bastantes años después de las estancias del Paraíso, nos encontramos con hechos que nos retrotraían a él.

Pero, además, eran de lo más pintoresco. Podían recordártelo unas montañas, un río, unos pinos o unos chiquillos jugando.

Lo que nunca esperé que me lo recordaran era una canción. Allí, no teníamos música, sólo las canciones que o tío Rafa (era una noche de truenos, ¿recordáis?), o tio Carlos (alguna más espiritual, supongo), nos enseñaban en la actividad diaria.

Pero ha salido un grupo nuevo. Una pareja, vaya, Simon y Garfunkel quienes de forma rapidísima atrae nuestros gustos y nuestros ahorrillos para comprar sus discos.

Y, después de un puente sobre aguas más o menos jaleosas nos ponen una canción, bueno "un" instrumental que tiene un nombre exótico: "El cóndor pasa".

Y, así, sin esperarlo, de una mera súbita me veo metido en las faldas del Puntal, mirando al cielo para ver nuestros 'condorcillos'. ¡Los buitres!.

Eran unos pájaros enormes, feos como ellos solos, que volaban solemnemente sobre nuestras cabezas y, claro está, nos vigilaban.

Pero teníamos un instructor avezado que nos hablaba sobre sus costumbres y peligros. Eran, decía mi padre, unos pájaros que vivían de carroña, es decir, de animales muertos. Vamos, que limpiaban el monte y, por tanto, sólo se acercarían a un animal que llevara tiempo parado, tirado en el suelo.

No me dejaba tranquilo aquello. Pensaba que, si nos íbamos a "la arena" y no nos movíamos demasiado, podíamos engañarlo y que bajara a ver cómo de muertos estuviéramos. O sea, que, de vez en cuando, me volvía a mirar hacia la silueta de El Puntal. De allí vendrían, Pero no vinieron.

Aquello pasó y quedó en un elemento más del bagaje de experiencias y ya está.

Pero nunca acaba nada del todo.

Unos años más tarde, después de la canción, la historia y demás, estamos en la fuente de la Teja, Alicia, Rafalillo y yo. Con el Dyane.

Veníamos de vuelta hacia Siles y se me ocurrió que en vez de bajar por la vía normal, directa, dar la vuelta por la Fresnadilla.

Ya conocía el carril que lleva allí y, supuse que en la curva donde salía la carretera, que expongo en la foto, habría además un ramal que lo acortaba. Nada, un poquito, pero así no tenía que  hacer maniobras.

Cierto, bajamos y veo entre los matojos del borde del camino la salida a izquierdas del carril.

Entro y ¡pánico!. Me encuentro rodeado de huesos que saltan a la altura de la ventanilla, ruidos de su fractura y, sobre todo, e inmediatamente, el miedo de que pinchen los flancos de los neumáticos. El punto flaco de mis neumáticos.

Había frenado casi en seco y mirando hacia al frente y los lados, todo son huesos, decenas de esqueletos secos de ovejas, cabras y qué se yo.

Primera, a medio embrague, despacito, despacito. Salgo hacia el otro carril y sé que durante un rato tengo que ver si se nota algún pinchazo.

No, ha habido suerte. Seguimos paseo tan gustoso como antes. 

Nos planteamos qué era eso.

Una buitrera, entendiendo por tal el sitio en que los campesinos llevan los cadáveres de animales muertos. Allí facilitan el que sigan esos limpiadores de la naturaleza viviendo por nuestros alrededores.





lunes, 3 de junio de 2024

el "paseo" de Linares

El término es un tanto confuso. ¿Es un objeto o una acción?...¡Uy!¡cuidado!, que en plural es un término dañino, así que ciñámonos al objeto.
El "paseo" de Linares es un paseo enorme. Según el Google Hearth mide 560 metros y su dirección es de 36,67º, Está en la zona, más o menos, norte, de nuestro pueblo y lleva desde "Santa Margarita" hacia la ermita de Nuestra Señora de Linarejos. Bueno, más concretamente, desde el paraje citado hasta los depósitos de aceite que hay al lado de Santana.
Tiene importancia porque, de chicos, nos sacaban a "pasear" por allí.