miércoles, 13 de febrero de 2019

Con la pizarra a la espalda

Mi recuerdo es extraordinariamente vívido, sensorial, agradable y cálido como son las memorias que empiezan y acaban bien. 
Se trata de Linares, de mi padre y de su Instituto.
Vivíamos en la calle Marqués, número 20, en un piso que mi abuelo había comprado a la compañía de tranvías y cuya terraza posterior daba a unos tejados con gatos y, al fondo, las ventanas de una de las clases del Instituto del que mi padre era el Director.
En una tarde cualquiera de cualquier día de un curso académico, mi padre me invita a acompañarlo.
Salgo con él a la calle, doblamos la primera esquina a la izquierda y, al final de la calle Yanguas Messia, otra vez a la izquierda, en la calle Pontón.
Entramos en lo que hoy son los Juzgados, pero antes era el Instituto "de mi padre".
La "manzana" donde vivíamos.
En primer plano, la calle Marqués y, al fondo, con una lucerna en el centro,
el antiguo Instituto de Linares
.

Subimos al primer piso y en una clase amplia, moderna, con unos grandes ventanales desde los que se ve la terraza posterior de mi casa, mi padre me da unos trozos de tiza para que garabatee en la pizarra.
Pero él empieza, con una sistemática envidiable y acompañado de grandes reglas, compases de tiza y unas plantillas, a hacer un "esquema eléctrico".
Las líneas son de diferentes colores, los ángulos que forman entre ellas, perfectos, las iniciales que indican qué objeto hay en el circuito, están trazadas con maestría.
Yo ya no hago garabatos. Observo lo que está haciendo y, desde entonces, con franca envidia. 
Después de un gran rato hay en la izquierda de la pizarra un dibujo magnífico. El resto queda vacío. Supongo ahora, con un cierto conocimiento de causa, que dejado exprofeso para  la explicación del día siguiente.
Hasta ahí nada anormal, salvo la calidad y el cuidado en la ejecución de un trabajo.
Al día siguiente, por la tarde, veo a mi madre increpar a mi padre.
"Pero, ¡Nicolás!, ¿qué has hecho?".
Y, a la vez que esa frase, dicha más con interés que enfado, veo que le da unos golpes a mi padre en la espalda.
Sale polvo y en un momento determinado, entre golpe y golpe, veo cómo se va desdibujando el dibujo que hizo ayer y que se ha traído pegado a la espalda, en su chaqueta azul.
No fue una sola vez.




viernes, 8 de febrero de 2019

Instancias y concesiones

(8 de Febrero de 2019) (En FB "Martínez")

Hoy es viernes y, como tal, me ha tocado la experiencia -continuada y sempiterna- de convivir con las niñas de la familia.
Como siempre y, por los siglos de los siglos, amén, lo he pasado bien y he tratado de que lo pasáramos bien.
Por ello, hemos hablado de la familia, pero hemos ido derivando hacia un espectro marrón que, en cierta forma, me da pudor reflejar aquí. Digamos que ha sido un aspecto coyuntural, pero congruente con varias circunstancias. No me arrepiento del mismo.
Sin embargo, me ha quedado lo mejor.
También, como casi siempre, hemos mencionado anécdotas que tienen que ver con mi padre y, como en la reunión se me ha olvidado una, la digo aquí, para goce -espero- de tirios y troyanos.
Resulta que un día me encontré -hace ya algunos, demasiados, años- con la señora o señorita que fue secretaria de mi padre en la delegación de educación.
Me contó algo que se me quedó clavado pero, mejor que relatar lo que me dijo -que lo expondré después-, atengámonos a la anécdota.
Un señor, de cualquier lugar de La Vega de Granada, llega a la Delegación de Educación, de cuando estaba en la calle Duquesa. Cruza el "patio" y se dirige a cualquiera de los funcionarios que están en el mostrador: "mire usted, soy de Gabia, tengo un niño, que tiene 13 años, que ha estado con su madre.... y patatín y patatán.
El funcionario, o no lo entiende, o no alcanza a poder contestarle. Lo envía a otro colega.
Al cabo de un rato, el otro colega, lo envía a otro hasta que, por fin, uno de ellos dice: 'Este es un tema de D.Nicolás".
Y allá que lo envían. subiendo al primer piso, en la esquina de la derecha, por las escaleras normales.
El tal señor, de cualquier lugar de la Vega de Granada, llega a D. Nicolás y le explica su tema.
El tal señor, D.Nicolás, mi padre -nuestro padre-, lo oye y con su supermagnífica letra escribe: "fulano de tal, mayor de edad, con domicilio en... y d.n.i. tal, expone que.....y .... suplica a V.I. que....".
Hasta aquí normal, dentro de la praxis profesional del padre, pero, lo más gracioso y ahora estoy contando lo que decía la secretaria es que ella tenía que transcribir a máquina una petición hecha, con una letra característica a tope, y la concesión de la petición, con la misma letra.
"Esta Delegación, ha tenido a bien considerar su petición y, en virtud del Decreto número tal.... y tal... y cual, otorga una moratoria al plazo de matrícula para que...".
Ella -la secretaria- presumía de que era el único caso en que un señor, identificado con su letra, instaba a otro señor que, con la misma letra, otorgaba.
Vamos, decía, ni en la casa real ni en ninguna otra casa del mundo.
Para mí, magnífico.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Gallinas en la cuadra


Gallinas en la cuadra…

El  tío Félix, era un personaje inolvidable. Siempre, bueno, casi siempre, estaba en casa de la abuelita, sentado en un

sillón, debajo del tragaluz o al fondo del comedor, cerca de la ventana del patio. En sus manos el periódico "Jaén" y, por supuesto, un pitillo, "Celtas", por favor, en los labios.

¿Edad?, para mí, indefinible. Mayor, porque era el mayor de los hermanos y, por tanto, obligado a ser el mayor de todos ellos, salvo los abuelos.

Se encargaba de "Begíjar" y allí iba de vez en cuando a hacer algo que tenía que ver con... Begíjar, pero nunca llegábamos a saber qué.

      Podíamos suponer que hacía lo mismo que tío Bernardino, es decir, "el campo" y, en el campo... pues lo que fuese. Tanto ni de uno ni de otro me enteré en qué consistía ese trabajo.

Pero, por distintos aconteceres familiares, pareció conveniente buscarle una labor en las cercanías de la casa madre.

Se decidió poner en la cuadra un montón de gallinas... es que no sé si decir que esto era una piara, punta, o ¿qué?  Para mí, desde siempre, fueron un montón de gallinas.


          Que además, cuando todas las gallinas del campo, o eran negras o eran así, de color más o menos amarronado, aquellas eran raras: blancas. Todas iguales, parecían hechas con una estampilla y, después de muchos preparativos, llegaron a llenar la "cuadra" del fondo del "patio grande".

Se había preparado una puerta grande, hecha, en parte, de trozos de puertas o, al menos, con algún remiendo para la que daba al patio y, separando la cuadra de la "cocinilla", una puerta más pequeña que era la que se utilizaba normalmente.

Junto a la recepción de las gallinas llegaron también unos aditamentos pintorescos.

         El grande era una especie de armario, como el que acompaño en el dibujo.
El gallinero metálico, de puertas 'automáticas' para encerrar la gallina,
tener que ir a recuperarla y apuntar el número de 'ponedora' en una librera

        Era -ya me enteré- de "chapa galvanizada"... para "que no se oxide" y en los agujeros que se muestran, había dos trampillas semicirculares, con un agujero cada una, que por medio de un procedimiento ingenioso, podían tener la puerta abierta, caso de no haber gallina y cerrada, caso de haberla.

Unos comederos como parte complementarias y... una bolsa con un montón de chapitas con un número cada una.

Estas chapitas tenían unas láminas que, cogiendo cada una de las gallinas en brazos y sujetando un ala como pudieras, las introducías entre los cañones de las plumas y, al cerrar las chapas quedaban adheridas al ala. O bien, como después me demostró Enrique Martínez Cobo, con unos cordoncillos supongo que biodegradables, porque nunca aparecieron en la sopa que nos hicieran con las gallinas.

            O sea, un dni "gallinil".

Pero, ¿para qué tanta historia?.

Pues para identificarlas. A saber, venías del cole y te acercabas a la cuadra. Allí, veías como tío Félix estaba frente al gallinero de chapa. Bastantes agujeros "cerrados" por sus trampillas correspondientes. El tío abría uno empujando con la mano en la que, casi inmediatamente, aparecía una gallina tratando de aletear. Se fijaba en el número, soltaba la gallina y, en una libreta adecuada, apuntaba el número. En el fondo del agujero.. un huevo.

Así una y otra vez hasta que quedaban todos los agujeros abiertos, preparados para acoger a las visitantes siguientes.

Resultado, una cesta -de alambre, de forma casi esférica y con asa- llena de huevos, que iban a parar a la alacena que había enfrente de la puerta de la cocina. La libreta guardaba el número de las trabajadoras y, por el momento, esta exótica labor, estaba terminada.

Así una vez y otra.

Cuando nos fuimos dando cuenta de que se trataba, intentábamos de ayudar en lo que se podía.

Si el tío Félix estaba en Begíjar acompañábamos a la abuelita a hacer la labor relatada. La primera vez impresionaba coger la gallina, la segunda y siguientes, no, pero, siempre, el problema residía en los pies....porque nadie había previsto que las gallinas depusieran ordenada y limpiamente en algún sitio. O sea, que, de mierda, hasta los tobillos. ¡Y eran los zapatos con los que tenías que ir al cole!. O sea... que había que limpiarlos como pudieras.

Lo del número dichoso era peculiar. No acababas de ver su sentido... hasta que, al cabo de varias semanas, te encontrabas con tío Félix o la abuelita, 'punteando' -diríamos ahora- los números de la libreta.
... la número 57, no ha puesto nada, la 131, tampoco, y la.... tampoco.

Pues, ¡ale! a cazarlas.

Es decir -y ahora sí que te llenabas de mierda-, se trataba de ir a la cuadra, andar por en medio de las gallinas, mirando su número... veías a la 57, ibas a por ella, ¡co...!, la que he cogido no es, vuelta a mirar, crees ver a la 131, ¡vaya!,¡la cogí!.... y así, hasta acabar la lista. Normalmente, dos, lo más, tres...

Y, cogidas por el comienzo de sus alas, las llevabas a la cocina.
Si en los próximos días era domingo o alguna fiesta, no era extraño ver una sopa con sabor especial...

Aprendimos bastante con las gallinas. No sólo a comer huevos, tortillas y demás, que era obvio, sino que, como se producían muchos, se vendían a las vecinas. Así, llamaban a la puerta. Abrías. Una señora que no conocías en principio, te decía, "chico, por favor, una docena de huevos". Ibas a la alacena, contabas los huevos, los ponías en la cesta que la señora te había facilitado y, cobrabas lo que correspondiera. Veías fácticamente la eficacia de las matemáticas que te había hecho estudiar la "hermana" San Luis, dabas la "vuelta", si correspondía y... ya estaba explicado para qué las gallinas, para qué la trampilla, para qué la libreta, para qué la cesta de huevos, para qué la alacena y para qué servía sumar... y restar.

Bueno pues, diréis, si yo sabía hacer -y conmigo algunos de los hermanos y primos- tales labores, aún no me explico cómo me estuvieron tomando el pelo, tanto tiempo, con los "huevos de pascua". O sea que, por lo que a mí respecta, podría ser hábil, pero, también, algo tontorrón.
Nunca coincidí con el momento en que alguien pintara los huevos. Me imagino que, en un principio, lo harían las tías -Teresa e Isa- o, alguno de los demás. Más tarde, creo que mi hermano Pablo también los pintó.

Pero yo no. Y, por eso, me tuve que tragar durante mucho tiempo que, en épocas de Pascua... las gallinas ponían los huevos de colores.

Llegábamos a merendar y nos daban "hornazos" que, bonitos, eran, y... había que comérselos, aunque tuvieran dos problemas... uno, que la masa, a veces, estaba excesivamente 'pesada' y otro.... que, los huevos cocidos son muy ricos... si no fueran porque la yema cocida... no nos gustaba a los chiquillos.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Los ruidos del Paraíso

Al viento, cuando susurra entre los pinos le he adjudicado el nombre del "ruido de la felicidad" porque, evidentemente, es lo que, de siempre, he visto como más adecuado.
Es una especie de murmullo cálido que, si pasa de un determinado nivel, cambia para avisarte de que puede haber tormenta. En ese caso, los amigos pinos  lo son más por la comunicación que han establecido contigo.
En casa, tengo ocho o diez pinos que ni de lejos se parecen a los 'nuestros'. Pero, ¿qué duda cabe?, representan un recuerdo y una felicidad. 
Pinos bajo el viento

Cuando, por la mañana, la enorme pandilla que formábamos en el paraíso dejábamos las sábanas para disfrutar un nuevo día, llenábamos el aire de ruidos infantiles y jaleosos. Antes, y lo sé porque era de los primeros en hacerlo, no había más que el ruido del silencio: vientos suaves hacia los Calarejos, algún pino que se movía por la acción de un viento invisible y, todo lo más, algún graznido de un ave que nadie conocía pero todo el mundo presumía haber visto.

Pero, ahora que lo pienso, no estoy en lo cierto. Había ruido, ruidos con los que convivías de manera tan natural que llegabas a no oírlos. Por ejemplo las chicharras, era una vibración continua, inconfundible. Pero la borrabas de tu percepción. Tan sólo a la hora de la siesta, cuando el calor hace que las sensaciones borrosas afloren, notabas que estabas rodeado de ese rumor vibratorio de los élitros chicharreros. Llegamos a hacer jaulas para confinar grillos y creer que les haríamos cantar cuando quisiéramos.

No había tal, el famoso dicho que compara un nivel de ruidos con una "jaula de grillos", era más literario que real. Yo recuerdo que una jaula -jaulilla, para ser más exactos- de grillos no encerraba más ruido que el de un animal asustado que llamaba a sus congéneres para que lo liberaran.


Esto es una jaula china para grillos.
Las nuestras, todo lo más, consistían en dos trozos de corcho unidos por alfileres o pajitas


Es verdad que, desde las choperas, se percibía algún ruido distinto. Las hojas de los álamos y los chopos, cuando incide el viento en ellas, suenan como un cliqueteo que, si se dan determinadas circunstancias, le parece al ruido de la lluvia pero, para eso, tenían que tener un determinado grado de sequedad, lo que me hace pensar que ese ruido tenía que ser más bien del final del verano. No hace mucho tiempo me enteré que al chopo le llaman "el árbol del ciego" porque, aún cuando no haga viento, él siempre tiene algún ruido de sus hojas.


Y, hablando de ruidos del agua, ese era uno de los que 'nos faltaba'. El canalillo de lata que le hacía el tío Félix a la "fuente de las Tablas", era perceptible sólo si estabas cerca de ella. Es más, anhelabas oírlo porque, de no ser así, indicaría que no habría el líquido elemento.

Trato de recordar si había algún pequeño chorro entre tornajo y tornajo, pero me parece que no, la gargantilla en que acababan cada uno de los troncos ahuecados haría aumentar la velocidad del agua, pero no lo suficiente como para que cayera en forma de chorro. Manaba el agua de un canal a otro, pero, silencioso. No había ruido.

Cuando nos acercábamos a la "Fuente Fresca", sí que había ruido de agua, pero sólo perceptible cuando íbamos en pequeña panda o callados, ¡los chiquillos armamos jaleo hasta cuando pensamos!. Bajábamos por aquél barranco difuso hasta acercarnos y, sólo cuando te preparabas para ver aquella maravilla era cuando oías el ruido esperado.

Es curioso, recuerdo cómo alterarlo. Ponías las manos delante del caño y, según cómo alteraras la caída y la zona donde desviaras el agua, así surgía un ruido distinto de la pocilla donde se recibía el agua. Lástima que no hubiera más fuentes y más agua. Seguro que recordaría su ruido con más importancia.

Pero, no puedo olvidarlo. Estábamos solos. Un pandillón, cierto, pero solos. Lejos de todo vestigio de civilización. A veces aburridos, siempre curiosones, estábamos atentos a otro sonido característico. 

En aquel silencio maravilloso se oía, de pronto, el ruido de un motor de explosión. Todos atentos. ¿por dónde viene?. Mirábamos hacia el Este, hacia la "era del boquerón"... a ver, ¿se oye?, no, ha sido una ilusión. ¡Vaya!. ¿Quién podría ser?

En pocas ocasiones aquel ruido tenía éxito. Es decir, venía alguien. El ruido iba aumentando. Venía, llegaba, se acercaba. Íbamos hacia la parte de atrás de la casa. Aparecía un coche. ¡Vaya!¡El coche de Montefrío!. Viene tío Bernardino.

Y, llegaba allí, con tía Amalia y algunos -o todos- de los primos-tios Rubiales. A pasar el día. 

Ese ruido había tenido su eficacia. Pero, en otras ocasiones no era así. Recuerdo nítidamente cómo hice subir a tío Pepe -también subí yo- corriendo hasta la casa forestal de los Calarejos. Allí no había nadie. Pepe me dijo que me lo había inventado, pero yo lo había oido, estaba seguro. Sin embargo una evidencia. El tío me hizo mirar el suelo del carril. No había ninguna señal. No había pasado ningún coche. Yo me había inventado el ruido, pero yo lo había oido.
Casa 'nueva¡ de los Calarejos. El de la derecha es tío Pepe.

También recuerdo un ruido especial. El de los aviones. Se oían de lejos y prestábamos mucha atención para verlos. Como yo era 'moderno' estaba deseando que aparecieran, eran interesantísimos, y eso que aquellos tiempos no había visto ninguno de cerca pero a mi me parecían ángeles del futuro. Lo que nunca tuve en cuenta era qué podrían significar ese ruido en concreto. Para los mayores, mayores, aquellos que no habían vivido en la cercanía de algún aeródromo o aeropuerto, no tenían referencia cálida al respecto. En Linares, no hacía mucho tiempo antes, habían visto aviones... en la peor de las circunstancias.  Pido ahora perdón por mi efusividad ante ese fenómeno. No podía ser consciente de la connotación negativa.

Querría aquí haber hablado también de aquellos pequeños ruidos inevitables al ser humano. Tenían su gracia. Ahora, con el panorama de haber visto de cerca más de un par de culturas y sus costumbres, podría extenderme por lo común que son las bromas respecto a los aspectos escatológicos de nuestras emisiones, gaseosas y sonoras, pero, como le veo posibilidades, lo dejaré para otra ocasión.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Los "fogueros"

Este nombre tan curioso constituye un hito en mis recuerdos juveniles.
Se llamaba así a una pareja -lógicamente habría más, pero yo me refiero a los que conocí- de señores que tenían su trabajo en una casita de piedra y cal situada en lo alto del "Puntal".

En la primera ocasión que aparecimos por allí, como siempre en pandilla, encontramos un calar, casi llano o en ligera pendiente en que una construcción no demasiado airosa ocupaba el borde de un precipicio. 

Al fondo, en el llano, mirando hacia la puesta de sol, Siles, al sur -decían- El Yelmo y los montes que dominaban la Fresnadilla, hacia el sol naciente los Calarejos y hacia el norte, la meseta en que se situaba La Navilla.

O sea, que se podía mirar para todos lados y, por eso, ese era el lugar y no podía ser otro. La ocupación de estos señores así lo requería. Vigilaban al fuego, fenómeno indeseable en un país de bosques y, de donde venía su nombre "Fogueros".

Recuerdo que entramos en su 'casa' una especie de tienda de campaña, a dos aguas, con dos repisas a los lados de su única habitación y, al fondo, una chimenea.
Casa de los "Fogueros" de El Puntal.
Tiene que ser la foto muy antigua, del tiempo de las primerasestancias,
pero yo la recuerdo tal y como aparece ahí.


Enseguida supimos de algunas historias truculentas. Nos dijeron que, en una ocasión, entró un rayo por la chimenea y mató a uno de sus antiguos compañeros y dejó bastante maltrecho al otro.

El lugar tenía un encanto especial. Desde ahí tomabas visiones generales del lugar tan maravilloso que constituía El Paraíso. 
Panda de Martínez en el borde del precipicio.
Al fondo, se vislumbra la "Peña del Cambrón"
Supongo que era una excursión de las de talega y hogazas de pan, con el problema de no tener agua en todo el recorrido por lo que habría que ver cómo nos las arreglábamos, supongo que más con botellas que cantimploras pues tal objeto era demasiado exótico para nuestro ente cultural

La desde la casa tenía que ser a través del carril que nos llevaba a la "Era del Boquerón", pero, antes de llegar a la curva cerrada que, a derechas te conducía al empalme, había un extraño barranco en el que se veía la labor de antiguos pobladores. Un par de 'caleras' abandonadas y una trocha ancha hacía de atajo para remontar a la 'Navilla'.

Después, la planicie. Pinos altos, espaciados y nosotros, por el carril que serpenteaba entre ellos. Al llegar a un lugar determinado aparecía algo absolutamente insólito: un poste 'de la luz', decíamos, que sujetaba un solo cable.

Papá decía "eso tiene que ser para el teléfono". Y, el tío Félix, preguntaba "¿con un sólo cable?". Y, papá contestaba, "...puede ser, extraño, pero puede ser; el otro lo hacen por 'tierra'". Explicación hecha, más bien descripción, porque yo no me enteraba y aún hoy me planteo cómo se hace eso.

Andábamos, como iba diciendo, entre pinos hasta salir al calar al que me refería antes. Llegábamos, saludábamos, merendábamos, nos asomábamos y nos volvíamos.

Como se deduce fácilmente lo tengo que decir así porque todo lo que señalo estaba hecho en plan pandillón, Luego, no exagero con tantos plurales.

Pero, viene un inciso interesante. Volvíamos, sí, pero ¿por dónde?. 

Por el "Contadero". Que era un extraño camino, difícil pero no imposible al que nos guiaban los tíos mayores. 

El nombre es peculiar, y se llamaba así porque era un paso entre piedras, tan estrecho que había que pasar de uno en uno.... hasta las ovejas si pasaran por allí. Y, de ahí, su nombre propio. Lo utilizaban los pastores para contar el rebaño.

Había que bajar despacito, agarrándose a los bordes y, en un momento, aparecía debajo de nosotros el "Cortijo de Arriba". Seguíamos bajando hasta llegar a él, luego, carrera hasta los tornajos para beber en la Fuente de las Tablas.

Otra magnífica aventura habida en nuestro Paraíso.

sábado, 8 de diciembre de 2018

"Empoyetaos"

No lo busquéis en el diccionario. Esta palabra no existe. Quiero decir que no está recogida ni en el diccionario de la Lengua, ni en Internet.

Sin embargo los que estuvimos en El Paraíso la conocemos.

La palabra quería describir la situación de aquél caminante que se encuentra en algún lugar del campo en el que no puede hacer nada. Es decir, no puede avanzar, retroceder, subir, bajar, nada. Está "empoyetado".


Tal situación la vivieron los abuelos Pablo e Isabel. Pero vamos a contarlo con detalle

Día normal, chicos en "la arena", algún 'mayor' con tareas de la casa, por ejemplo, tío Félix haciendo sillas, el tío Rafa explorando alrededores, las tías Teresa, Isa, Pacita, etc., ordenado ropa, o previendo comida de medio día. 

Pues ese día, ese día horrible, a media mañana, en la situación dicha arriba alguien da la voz de alarma: "¿Sabéis donde están papá y mamá?"

Y alguien responde que 'salieron a dar un paseo', sí, pero no suelen tardar tanto. ¿Hacia donde fueron?.

Todos miran hacia todos lados y alguien quiere recordar que le pareció verlos en medio de la 'chopera', dirección Cortijo de 'Arriba'.

Bueno, pues estarán por ahí, ya vendrán.

Pero no vienen, y llega la hora de comer y no vienen. Y nos dan de comer a los chicos porque...llegarán de un momento a otro, pero no vienen. Y pasa un rato, no saben los mayores si comer o no y, no vienen.

Y no saben dónde buscar. Creo recordar que Félix, Rafa y alguno más, salen hacia la zona prevista, Fuente Fresca, vamos, en dirección al barranco del arroyo de las Anchuricas.

Alguno de los exploradores vuelve, desencajado, y con la ligera esperanza de encontrarlos en la casa porque estuvieran por otro lugar. Pero no están.

A las cinco de la tarde -o por ahí, nadie tenía reloj-, la situación es angustiosa. ¿Dónde están?¿dóóóónde están?.

Al cabo de un largo rato, con todos los exploradores incansables buscando por todos lados, casi en el comienzo del decaer de la tarde, oímos una voz lejana. Suena como si viniera desde el Cortijo de Arriba. "¡Ya vamos!¡los hemos encontrado!".

Recuerdo ver a los abuelos con un aspecto de tremendamente fatigados, la abuela sonreía entre lágrimas y abrazos. El sentimiento general es de alivio y alegría. ¡Han llegado!.

E, inmediatamente, el torrente de preguntas, todas del mismo talante, claro, "¿Dónde estábais?¿Dónde os habíais metido?".

No saben explicarlo, no saben donde han ido, pero sí que se encontraron en una situación difícil. Imposible de retroceder o avanzar y con miedo de caer por una pendiente. Dan algunas indicaciones, algo de la peña de la despedida, hacia la izquierda, o por ahí, o por ahí....

La alegría generalizada promueve un ambiente de distensión y tranquilidad. Este problema ha acabado y lo ha hecho bien.

Pero no quedó ahí. Si no fue al día siguiente sería al otro, oigo desde la litera donde duermo, cómo el tío Rafa va a salir por la ventana. Apenas ha amanecido y, antes de que se me escape, ya estoy yo saliendo con él. 

¿Dónde vas?. A ver por dónde se perdieron mis padres.

Vamos corriendo, pero corriendo, no sea que alguno de los mayores nos detengan. Pasamos como una exhalación por la parte de abajo del Cortijo de los primos y seguimos hacia la peña de la despedida y empezamos a mirar con atención la parte izquierda del camino que va hacia el Cortijo de abajo.
El "Cortijo de Arriba" está en la esquina de la derecha.
Se ve el "arroyo de las Anchuricas".

En un momento determinado le parece a Rafa que hay una senda o, al menos, un lugar por donde no es difícil pasar. Nos parece que lleva hacia el arroyo, pero por un sitio por el que nunca habíamos ido.

Teníamos que andar con cuidado aquello estaba resbaladizo, pero llegamos al arroyo. Estábamos por debajo del lugar donde estaba el huerto que tenían los Martínez Frías y que algún año puso en marcha Raimundo. 

Sorpresa, en un determinado lugar ¡hay una cascada!, bueno, algo que se parece a una cascada porque hay una pared de roca algo degradada y, desde una cierta altura -nada, un par de metros, como mucho-, cae un hilillo de agua.

Rafa se puso contentísimo. ¡Ya tenía ducha!. 


 

sábado, 17 de noviembre de 2018

El "Cortijo de Abajo"

Aunque, por nombre es un "tópico", en nuestro caso era un "ente".
Los cortijos están en cualquier lugar y, depende de a qué te refieras estarán "a la derecha" a la "izquierda", "arriba" o "abajo."
En este caso estaba abajo, respecto al nuestro y, ¿por qué lo sabíamos?
Sencillo, porque cuando íbamos lo hacíamos bajando cuestas y, a la vuelta, subíamos lo bajado.
Así, era, el Cortijo de Abajo.

Cortijo de Abajo. Foto satélite de 2017
Para ir hacia él partíamos desde el Cortijo "de Arriba" (el de la familia Martínez Frías), andábamos unos centenares de metros por una senda ancha que acababa en un lugar característico: El "peñón de la despedida".
Se llamaba así porque era un punto muy concreto, había un piedro grande, peñón, claro, que marcaba el final del sendero horizontal para empezar la bajada.
En los primeros años de estancia allí el sendero se caracterizaba por tener multitud de multitudes de curvas, recovecos y pasos difíciles. Sobre todo para los mayores, pero era interesante. 
En un momento determinado el tío Carlos Martínez nos dijo que había cambiado el sendero y que deberíamos ir a verlo. Cosa que hicimos en cuanto se terció. 
Mi asombro fue mayúsculo porque vi que el camino tenía señales de haberlo hecho con herramientas y eso contradecía lo que yo había pensado siempre: que los senderos se hacían pasando por ellos. Pues no, había sitios en que había que coger pico y pala para cambiarlos de sitio o hacer otros nuevos.

Zona por donde transcurría el camino hacia el Cortijo de Abajo.
Se nota una escorrentía que no teníamos en nuestro tiempo
Bajamos por el nuevo sendero y, al llegar a un barranco, barranquillo, más bien, en el que a veces hubo algún hilillo de agua, llegábamos a una huerta. 
Los mayores decían que era la de Raimundo, creo que se llamaba así y que deduje que tenía que ser el señor del cortijo que se veía al final de un sendero, nuevamente horizontal. 
Lo mejor venía después. Estabas en el Cortijo, ya "de abajo" y, al darte la vuelta para ver por dónde habías pasado te encontrabas con unos 'tajos' admirables.


Habíamos llegado por el lado izquierdo de la imagen, por ahí habíamos atravesado la huerta y, un poco más a la derecha estaba el barranco por donde bajaba el agua de la "fuente Fresca" y nuestra agüilla de los tornajos. A la derecha, una peña en lo lato de la loma, algo más hacia ese lado, El Calarejo Chico y al extremo derecho la loma del Calarejo grande y la loma que llevaba a la "Fresnedilla".
Cortijo de Abajo, pero en tiempos modernos
Esos tajos tenían su historia porque, de siempre, nos contaron que "el año en que vinieron los lobos, bajaron desde lo alto, y arremetieron contra un regaño de ovejas que estaban por allí. Éstas, despavoridas, cayeron por esos tajos hasta despeñarse al completo".
Cada vez que miraba una peña que tuviera una buena altura me imaginaba una cascada de ovejas cayendo y aparecía en mí un pánico a los lobos que matan ovejas. Menos mal que no lo cuento ahora porque algún protector de animales me podía largar una buena ponencia al respecto.
La "Peña del Aire" era un lugar especial. Estaba a la altura de la "Fuente Fresca" y se iba a ella por un camino que estaba perdido entre matojos. Se pasaba, entonces, al lado de la tocona que sirvió de base al "pino...." ¿cómo se llamaba?¿El pino padre?¿El pino abuelo?, en cualquier caso un pinazo más que un pino porque, decían, era enorme y hacian falta tropecientas personas para abrazarlo.
Se llegaba a la peña y veías la razón de lo "del aire".
Estaba exenta, en un paraje con un suelo parecido al de las asperillas, es decir, peligroso por lo resbaloso -se explicaba así el descontrol de las ovejas hasta su caída- y, con mucho cuidado llegabas al peñón rugoso que te permitía no solo sujetare sino subirse a él.
Las vistas desde allí eran -y son, claro- maravillosas

Tajos bajo la "Peña del Aire"
Pero, sigamos en nuestro cortijo. Llegados a este punto y maravillados del lugar esperábamos la talega donde tía Teresa llevaba la hogaza, el foie-gras y el cuchillo. O sea, otro rasgo de confirmación del paraíso. ¿Nos imaginamos ahora qué sería de nosotros si, delante de esos pedregales tuviéramos unos choricitos y unas cervecitas?. Pues lo mismo, pero antes, en el tiempo en que éramos menos alcohófilos.
Tarde transcurrida entre vistas hacia el Puntal y miradas hacia lo lejos. Hay que volver a casa.

La subida siempre es más ardua, pero más sencilla, porque se trata de poner un pie, casi de puntillas, delante del otro, y después, cambiar. En cambio, bajar, en sitios tan difíciles como el camino antiguo, era poner un talón, sin verlo, esperar que agarrara y antes de resbalar, poner el otro. Acababas con temblores en las pantorrillas. ¡Y aún no me explico cómo podíamos hacer todas esas excursiones con las sandalias viejas o zapatillas de esparto!.

Subía uno hasta respirar en la peña de la despedida. De allí, a casa, un paseo fácil. 
Cenar y acostarse.
¡Mañana, más!.