domingo, 22 de noviembre de 2015

El tío Juan: "coleccionista..."



... de cromos, promotor y señor de infantes curiosos, atendedor de servicios técnicos, señor de máquina y cuchillo, escribidor de misivas de rango nacional, ordenador de sellos de correos, muy leal tío de los tíos, de todos los sobrinos -y sobrinas- que fueren (y fueran) menester.

Que sí, que al tío Juan se le podían aplicar todos esos epítetos y... los que hubiere posibilidad de inventar. Los hubieren -o hubiesen- inventados y los que las monarquías de los Linares -y pincho- tuvieren a bien pactar o diseñar.

Pues resulta que, en nuestros tiempos cincuenteros había varias costumbres familiares dignas de reseñar. Algunas las he seguido primorosamente.

Primera, probar el Nescafé,... en casa de las tías. Provocó en mí tal adhesión inquebrantable que, donde quiera que hubiere vivido, lo busqué, lo hallé y lo disfruté. Una frustración menos en mi vida.

Segunda, que, aunque la austeridad alimentaria llevara a los trompitos hegemónicos a categoría de "gourmet", las meriendas, en casa de la abuela y, a la vez, en casa de mis padres, el chocolate... era Nestlé. Fabricado en "La Penilla, Santander".

Tercera que, como resultas de ser consumidores de tal chcolate, en cada "media libra", habían introducido -no sé cómo- dos "cromos", en 256 colores, al menos, que pertenecían o debieran pertenecer a unos "álbumes"- Nestlé.

Cuarta, que los aficionados a curiosear por nuestro entorno. Hoy, a través de Internet, entonces, a través de Selecciones, estábamos dispuestos a completar los tales álbumes. Eran maravillosos.

Y, como resulta inherente a los coleccionistas, sufríamos los inconvenientes de "las estampas repetidas".

Íbamos a unos primos o a otros, compis de colegio o amigos de la calle, los que fueren. Pero, cuando una "repe", se enquista, no hay quien la cambie. Y cuando te falta alguna, sufres. O sea, que la función propedéutica de los álbumes es la de iniciar a los chiquitines en la frustración, anhelo, sublimación y esperanza. "Esa no la tengo"."¡me falta, c....!!"  (Esto último no éramos ni capaces de conceptualizarse, vendría mucho, mucho más tarde).

Pues eso, hay chocolates, hay cromos, hay espacios rellenados por los cromos y.... cuando hay un paquete de repes.... ¿a quién acudir?.

¡A tío Juan!.

¡Qué paciencia tenía este hombre!. Nos íbamos a su casa. Recopilábamos los coleccionistas la última visión de las repes y, con los álbumes en la mano, hacíamos una "hoja de cálculo" de las que nos faltaban. 

El tío Juan, hacía la lista en limpio, en una máquina de escribir -creo que "Patria"- que escribía en negro, negro de verdad. En una hoja dirigida al departamento de no sé qué en "La Penilla, Santander". Además, calculaba, cuánto había que abonar.

Ese abono dinerario había que hacerlo en ¡sellos de correos!. O sea, que eran 3,50 ptas, por ejemplo. Entonces, venía la orden. "Rafalín, acércate al estanco y compra sellos por valor de 3,50 ptas".

Allá que iba yo. Por cierto, el estanco estaba al lado de la papelería regida por una señorita que le gustaba al tío Rafa y a los que yo hacía de recadero a través de paquetes de "100 folios de papel" que.... esos no eran, vuelve.

Me estoy perdiendo. Compraba los sellos. Volvía a casa de tío Juan, metíamos en un sobre las estampas que había que entregar, la carta, los sellos. Se cerraba, se sacaba la lengua, se mojaba la pestaña, se cerraba y... se llevaba a correos.

Me tocaba a mí, claro, porque yo llegaba al buzón y, el primo JoseMari, o Pablo, mi hermano, por ejemplos, no llegaba. Echaba la carta y gritaba por la boca del León "¡A Santander!"....

Y allá que partía la carta orientada de viva voz.

A las "x" semanas llegaban los cromos. El tío Juan los repartía a los primos que correspondieran. Te ibas a casa, los pegabas en sus sitios y.... ¡ya quedaban menos por rellenar!.

Al final, a través de los álbumes de Nestlé, aprendimos sobre la "Kon-Tiki". (balsa en la que Thor Heyerdal hizo la travesía del Pacífico). "El continente Pangea" (teoría que mi padre sentenció con 'esta teoría es tremendamente interesante'), "Las ballenas azules".... etc., etc.

¿Cómo querían que yo no fuera "Rafalito Selecciones" , si hasta el tío Juan me ayudaba?.

Tío Juan, el investigador

Si el diseño de la casa de las Anchuricas se lo podemos deber a mi padre, D.Nicolás, la realidad de la misma pasa por manos del tío Juan.
Se quedó en la Sierra para dirigir la construcción de la casa familiar. Me lo imagino viviendo en algún local de "El Cortijo de Arriba", mientras "La Chispa" y sus operarios buscaban piedras, arena y cal para hacer la obra.
Según cuenta mi madre, había sido un hombre habilidoso en aportaciones curiosas a la alimentación familiar. En tiempos de la estancia en Beas, durante la Guerra Incivil, se subía a los chopos y se dejaba caer abrazándolos. Así, arrastraba las hojas que llevadas a cabras y conejos podrían suponer un incremento de las proteínas para la familia.
Más tarde, cambió la medicina por las leyes. Supongo la aridez del tema. No sólo porque a mí me parece dificilísomo retener un código, civil o no, en la memoria, sino porque, después, había que bajar a la estación "de Baeza", tomar un tren, llegar a Granada, examinarse y vuelta al pueblo. Empezar de nuevo y así, con puñados y puñados de asignaturas. O sea, estudiaba "por libre" y, duro, tenía que serlo. Eso lo estoy vien
do hacer con mi hijo Fernando, que, aunque no tiene que ir a la estación ni de Baeza ni de Graná, significa levantarte, estudiar, estudiar, comer, estudiar... y sin el chicoleo de las Facultades que es una de las cosas más agradables del mundo.
Pues bien, el tío Juan, acabó derecho y, como es normal, optaría a notarías, registros, o cualquier otro escalón administrativo que le pareciera conveniente.
El caso es que, para mis recuerdos, sacó, con matrícula de honor el mejor título que yo podía otorgar: Un tío fenomenal.
De chico me llegó a llevar a "reuniones políticas". Un día, en el local de la C.N.S., enfrente del taller del camión de los "hermanos Gragera", que era el que nos llevaba a la Sierra, me metió en una reunión multitudinaria.
Nos sentamos a mitad de sala. Tío Juan, tranquilo, miraba a unos y a otros según fueran interviniendo. Yo no me enteraba de qué hablaban, pero sí presté atención al tono y al cómo decían lo que dijesen. Mucho mucho más fuerte -en intensidad sonora- que lo que requería el local.
Le pregunté, ¿están enfadados? y, él, tranquilo, dice: "no, es que aquí se habla así"....pero a mi me parecía que estaban enfadados.
Cuando salimos del local, volví a preguntarle: Tío Juan, ¿de verdad que no estaban enfadados?... y él, de una forma vaga, decía..."no, no mucho, es que el tema era complicado y, entonces.....". O sea, que cuando el tema es complicado, hay que hablar con voces más fuertes que cuando el tema es sencillo, colegí.
Tío Juan estuvo en el Ayuntamiento y, para bendición de los chiquillos, tenía un horario bastante laxo. O sea, podía aparecer en casa de la abuelita, hacia las once de la mañana y decirte, "¿Te vienes a la cruz a cobrar una tonelada de plomo?". Y yo, ¡¿cómo no?!.... ahora mismo.... "¡tia Isa, que me voy con tio Juan!".
Cogíamos el tranvía en Santa Margarita. Hasta la fundición de la Cruz. Entrábamos en un edificio que estaba al lado de una puerta metálica del tamaño del tren (yo pensaba que si un tren quería entrar por allí, podía hacerlo, aunque estuviera la puerta cerrada. Los trenes son muy poderosos). Nos pusimos en una ventanilla. Tío Juan entregó unos papeles y, puso encima de la repisa una cartera de esas de mano.... Le metieron dentro una cantidad de dinero que no vi, pero, cuando la bajó de allí, creí que le habían puesto la tonelada de plomo dentro. ¡Le habían pagado algo así como 10000 ptas en monedas de 25!....O sea, casi, otra tonelada.
"¡Anda, llévala tú!".....La cojo y, trato de que, cuando la arrastre por el suelo no vaya dejando una zanja o... gastándose la cartera.
Mal que bien, llegamos al tranvía, vuelta a casa y, yo me quedo extrañado. ¿Es que las ventas del plomo hay que pagarlas.... al peso?.
Compró un 4-L, Renault 4-L. Coche rústico, poco menos que los 2 CV y,....¡al Hoyo! que nos íbamos, Oficialmente era un coche familiar, de 4/5 plazas pero, como los primos e hijos no somos plazas... pues... los que cupiésemos.
Bajábamos desde La Cruz por un carril que estaba malísimo -de piso- y llegábamos hasta el Cortijo. Al lado había una casa, que se veía de buena factura que estaba enfrente de los restos de la obra civil de una "cabria". Aquella era la casa que estaba destinada a ser casa de recreo familiar. En principio no tenía tejado, porque, así, no se pagaba contribución, como a mi me explicaron.
Pero, poco a poco, fue teniendo paredes y tejado y un tocadiscos de los que no necesitan pilas ni enchufarse que tenía una canción maravillosa. "Jinetes en el cielo", cantada por Bing Crosby. Por poco la gasto.
El Hoyo, como sitio, excursiones y fiestas, tendrá que tener relato aparte. Porque hoy estoy hablando de tío Juan
Él fue el que denunció, ¿se dice así?, el lugar concreto de Cástulo y empezó el expediente que lo protegía y permitiría en un futuro que parece interminable su excavación. También me llevó a verlo: La parte alta de un arco del que se decía que formaría parte de unas termas. Un terreno alrededor y... nada más. Himilce, al parecer, se había fugado con el guarda, porque no estaba por allí. Aníbal, en Siria.
Pero el tío Juan seguia buscando pueblos, lugares, leyendas, carreterillas pequeñas perdidas entre olivares y retamas. Creo que fue él el que me contagió el gusto por las carreteras de tierra, piedras y baches. Aún hoy las disfruto, y más que las aburridas autopistas. (Así tengo los coches, claro).

¡Qué buen usuario habría sido de Internet?. Si se sabía los vericuetos que rodeaban Linares, Jaen, Zocueca, Baños, Arrayanes, Guarromán, Cáceres, La Serena y cualesquiera otros puntos del mapa que fueran susceptibles de parar en cualquier pueblo y preguntar, ¿Os lo imagináis con una tableta, Wifi y cotejando lo que le dice el vejete de cualquier plaza de cualquier pueblo?.

La última que tengo que recordar es que, cuando salió un disco sobre canciones jaeneras, por decirlo de algún modo: El disco Andaraje, lo había oído y no le había acabado de gustar...¿estaba empezando a investigar canciones populares?. Pues posiblemente, y, más que otra cosa, casi seguro, de qué sitio habrían podido salir.

Una gozada de tío.

lunes, 2 de noviembre de 2015

El tío Luis Martínez Piña

Hermano del abuelo Pablo. Maestro en Jaén y vocacionado para ejercerlo, en público y en privado, casado con tía Carmen y padre de varios hijos, Jose Luis, Carmencita, y Pilar. De los de la familia, era el único que tenía un perro, con el que tengo fotos donde aparezco, casi, como el príncipe Valiente. 
Era un hombre aparentemente serio o, al menos, así lo recuerdo, la tía Carmen, en cambio, siempre me pareció sonriente, agradable, cálida y cariñosa.
Pero el tío Luis era, a la vez que el tío JoseMari DidelCo después, el único cazador que teníamos en el paraiso.
Tenía que ser bastante teatrero, porque era capaz de hacernos simular la aventura, hasta unos extremos, para mí, increíbles.
Recuerdo que un día llegó a nuestra casa. (Él vivía en el "cortijo de arriba") y, nos invitó a cazar.
Papá lo miró con cara de desconcierto. ¿Cazar?,¡Luis, tú estás un poco loco!, ¿cómo nos vamos a ir a cazar!.
Nicolás, tú no te preocupes, que vamos a ir a cazar, con todos los chiquillos....
Y, así fue, salimos un pandillón, por la carretera arriba, camino de la "era del boquerón".
Este lugar era un sitio especial. Era un calar casi sin vegetación que, además, tenía unas piedras peligrosas. 
Por alguna razón especial, las piedras que formaban la sierra, tenían, en algunos lugares, rajas entre ellas. Rajas que, a veces, constituían lo que para nosotros eran auténticas "simas".
Jugábamos a echar piedras por las rajas,y tratar de oír cuando llegaban al fondo. La piedra que arrojábamos iba chocando contra las paredes y... dejaba de oírse. Yo no sé por qué, pero siempre pensé que llegaba al agua y, la verdad, nunca oí el ansiado "chof".
Tiramos, como iba diciendo, monte arriba, cruzábamos el carril que nos traía desde la Navilla y ¡ala! a subir piedras.
El diseño estaba claro. El cazador tenía que ir solo, delante. Y, detrás, en forma de cuña, el resto de la pandilla. Su objeto, acorralar la caza hacia el cazador. 
Tío Luis delante. Supongo que papá -o alguno de los tíos- al lado o ligeramente detrás. 
Y, aquí está una de las cosas curiosas del paraiso. Los chiquillos andábamos por encima de esas piedras peligrosas con, tan sólo, pequeñas advertencias para que tuviéramos cuidado. ¡Si los tribunales de protección a la juventud hubieran visto aquello!, ¿qué hubiera pasado?.
El tío avanza. Los demás, detrás. De pronto, el tío señalaba "'silencio" y "sentaos en el suelo"... Todos sentados. Entonces, él avanzaba, con pauso quedo y cauto, semiagachado se metía entre unos pinos que había casi en el bode del precipicio que suponía el "hondo Peñalcón".
Sonaba un tiro o dos. Todos expectantes.
Aparecía el tío luis, con la escopeta abierta. Y decía "nada, se me ha escapado".
Media vuelta y, a casa. 
¡Habíamos estado de cacería!.

sábado, 31 de octubre de 2015

los chicles de la abuela Isabel

A la abuela Isabel no le gustaban los chicles. A la abuela Isabel no le gustaba que nos gustaran los chicles. La abuela Isabel hacía campañas propagandísticas sobre los chicles. Y hacía las campañas con tal profusión de anuncios....guarros, que a mí me dejaban impresionado.
      "Los chicles son mocos verdes de burra". "Los chicles se te pegan en las tripas, no le dejan sitio a la comida". "Como tendrás la barriga pegada no vas a crecer". "Son una guarrería".
       Pero, los chicos sabíamos que los chicles....estaban buenísimos. Sobre todos unos que salieron, sabor fresa, o, al menos color fresa, que tenían forma de un cilindro en el que, cada dos centímetros había un estrangulamiento. Se cortaban fácilmente por ahí y, se repartían. Como eran de color fresa, no eran mocos verdes de burra, lo cual los salvaba a priori, de la maldición de la abuela. Es verdad que eran un poco más caros que los baratos, pero los baratos sí podrían ser de mocos de burra.
        El caso es que los chicles tenían, aparte de los sabores, una función didáctica. A través de ellos nos enseñaban a masticar en público. Por ejemplo, tia Mariana. Te veía con un chicle y decía: "se mastica con la boca cerrada, sin hacer ruido".... y uno, trataba de cumplir el encargo dentro de lo posible porque, si estaba el chicle nuevo, era muy difícil darle la vuelta con la lengua.... sin abrir la boca.
         De otra parte estaban unas golosinas mucho más finas que los chicles: los caramelos de "la viuda de solano", que eran los que compraban las tías. Tenían un sabor especial, se ablandaban al empezar a comerlos y no eran chicles exactamente, pero casi lo parecían. Un inconveniente fundamental, se pegaban al cielo de la boca y ahí, ahí,... De ahí era difícil sacarlos como no metieras un dedo. Por ello, volvía la función didáctica: "Niño no se toca la comida en la boca".
        Segunda función didáctica: El manejo de la lengua. ¡Hay que ver qué músculo!. Lo ponías en punta, empujabas al caramelo pegado al paladar desde atrás hacia adelante, de delante hacia atrás, cuando notabas que había un lado suelto, incidías exactamente ahí y, como una perforadora, metías la lengua entre el caramelo y el paladar....¡ya está!¡despegado! y, ahora, atención a no repetirlo.
        En el paraíso también aprendimos a entretener la boca. ¡Los juncos!. ¿había cosa más rica y refrescante?. No, ¡qué va!. Ibas por el campo, si pasabas por una zona húmeda, una mata de verdes variados anunciaba la posibilidad de que los hubiera.
         Altos, Verdes intensos, con punta  sola o con punta y una especie de flor y, cercanos al suelo una especie de funda color madera clara, así como un grosor determinado, Anunciaban un rato de mastiqueo placentero
         Se sacaba el junco con cuidado. A veces, la funda, que era como de papel cebolla, se quedaba en el agujero. Salía un cilindro blanco al que observabas por si había que quitarle una capa más o había salido "operativo".
           En el primer bocado se cortaba el trozo, color endivia y, más o menos, del mismo sabor, quizás menos amargo, Nada, un caramelo sin azucar. Segundo bocado o tercero, igualmente válidos. Cuando pasabas de esos ya te acercabas al chicleteo. Ya no se desprendía la materia, pero tenía la misma constante recuperadora que podía tener un chicle.. así que mordisqueabas durante un rato y, al final quedaba un tallo largo verde y, en tu lado una especie de paja mordisqueada.
           Funcionaban, parecían chicles, no eran moco de burra y tenían una ventaja sensacional. ¡Eran baratísimos!.
         
         

      Con los juncos se hacían, también, manualidades. Mi madre hacía balsas que ¡flotaban!. Porras que servían para luchar entre nosotros, cual espadas triunfadoras. y algunas cosas más que ahora no recuerdo.
        Yo creo que, del uso de los juncos, nació una habilidad serrana tremendamente eficaz. En la sierra no había muchas fuentes y sí bastante calor. En las excursiones pasábamos sed y alguno de los tíos observó que si te metías en la boca una pajilla -sería esparto o primo hermano-, ésta te hacía insalivar y, por ello, marchabas con la boca húmeda aunque respiraras a través de ella.
       Pues ya está. Vamos de excursión a la fresnadilla. Última parada de agua: la fuente "fresca". De ahí hasta la almoteja pasábamos por un erial calenturiento como eran "las asperillas". No hay problema, al salir del bosque, te agachas, cojes una pajilla, la cortas, te la pones en la boca y ¡ala! a subir o bajar cuestas.
        Tal costumbre la trasladé a todas mis excursiones camperas. Sierra Nevada, La Almijara o cualquier otro lugar. También a la mili, a mi mili en Montejaque.
          Un día les dio a los capitanes y comandantes por jugar con la tropa. Bajamos con la instrucción a la 'plaza de armas'. Todas las unidades de todas las armas. Total, aproximadamente, 2500 'cadetes'.... nos ponen derechos, izquierdos, al frente, de tres en fondo, de nueve en fondo y, me toca ver cómo discuten sobre si era posible ponernos de tres en fondo... a todos. O sea, setecientas y pico filas de a tres.
          Hay una avenida que parece recta y que puede cumplir el cometido. Nos hacen meternos por ahí. "izquierda,¡ar!, ¡alinearse!, ar"... y quedo de tal manera que estoy en primera línea, que da al exterior. Se ponen los mandos a ver si estamos rectos, como si de una regla se tratara.
          Es el capitán de mi batería el que está al mando y las órdenes las está dando a través de los altavoces del campamento.
           Se agacha a comprobar la linealidad, coge el micrófono y, con un sonido estruendoso dice "¡Flores!¡la pajilla!".
            De ahí, hasta que acabó el período del campamento, podréis figuraros el cachondeo que tuvieron mis compañeros conmigo.....¡Hay que ver hasta donde me habían llevado o los chicles de la abuela, o los juncos de la sierra!.


jueves, 29 de octubre de 2015

Los cazadores de la pradera

El cazador de la familia, el gran cazador, era el tío Josemari Díez del Corral. Era conocido su afán cinegético en Linares y yo recuerdo verlo rellenar cartuchos en la cocherita -de motos- que había en el portal de Marqués 20.

Estábamos en la sierra y, un día, apareció el tío Jose con su moto. Una magnífica Derbi 250, grande, ruidosa y muy moderna. Recuerdo detalles de ella tales como que tenía lucecitas para indicar en qué marcha estaba la caja de cambios, que tenía un asiento encima del guardabarros trasero, para el acompañante y que, con ella, me llevó alguna vez de una casa a otra.

Pues bien, apareció en la sierra, lo cual me asombró. ¡Estábamos lejisísimos de Linares!.¿Se podía venir en moto?....

Y trajo una sorpresa extraordinaria. Una escopeta, de dos cañones, pero de calibre pequeño.... para los niños. La sacó de su estuche, en medio de la caterva de primos que conformábamos aquella avanzadilla de la civilización en los bosques serranos.

Poco menos que tenía que haber dicho ¡Tachán!....y hete aquí que se vio rodeado de un montón de caras, caritas, de asombro. ¡No importa!. Él siguió con su discurso. ¡Os voy a enseñar a cazar!.... Caras casi iguales. 

Yo creo que era un objeto absolutamente inesperado. Lejísimos, al menos en lo que a mí respecta, de cualquier ilusión formada o esperanza. Era, eso, una escopeta.

Nada, no hay problema, al cabo de un rato -o al día siguiente, no recuerdo bien-, salimos andando los Flores Martínez y los DidelCo Martinez, por medio del campo de fútbol hacia el carril que lleva a la fuente fresca. De pronto, ¡un pájaro!, ¿dónde?, !ahí, en ese pino!. ¡Todos detrás de mí!, ¡Silencio!....

El tío Jose carga la escopeta y viendo la pandilla acompañante se dirige a mí. "Bueno, como eres el mayor, supongo que te corresponde empezar".

Me da la escopeta, me la pone bien encarada y dice "apunta".

Yo, "¿a donde?".

- "¿no lo ves?, el pájaro está lo alto del pino que tienes delante..."

No veo nada, pero como aquello parece que hay que hacerlo, pues se hace. Tiro de la cola del gatillo y sale un ruido ensordecedor.

Una sombra pequeñita cae a través del árbol hasta el suelo. ¡Tocado!.

El tio Jose, coge el pájaro y con una cara entusiasmante nos lo enseña. "¡Ya habéis empezado a cazar!.

Tuvo que ver a su alrededor las caras que aparecen en la foto, porque creo recordar que no hubo ni un sólo tiro más.



domingo, 25 de octubre de 2015

A la sombra de los pinos en flor

Las edificaciones existentes en las Anchuricas tenían tanta historia, casi, como cualquier castillo medieval.
Al parecer, en anteriores generaciones, -no sé cuántas-, había instalado un Balneario. ¿Sería esto posible?. Pues sí, así era, o así lo parecía, porque así lo contaban.
En lo que siempre llamamos "Cortijo de Arriba" había una capilla. Cosa un tanto peculiar. También había una "tira" de casitas de una o dos habitaciones más una casa algo más grande que las anteriores. Todo ello formaba una especie de "lateral" de una calle, abierta a una plaza, por un extremo y, por el otro al campo que subía hacia "El Puntal".

En aquellas "casitas" se comenzó la colonización del paraíso. Allí, íbamos, ¡qué se yo!, cuatro o cinco familias. Es decir, padre, madre y, en cada una, una caterva de críos.
Así tuvo que ser durante un par o tres de años... hasta que ¡no se pudo más!.
Hacía falta una nueva casa. ¿Y a quién se le encargó el proyecto?
Habéis acertado. A mi padre, quien, por cierto, no creo que tuviera experiencia al respecto, pero, presto a echar una mano siempre que hubiera un papel y un lápiz de por medio, trató de solucionar el desafío.
¿Qué proporciones?¿Qué distribución?.
Muy propio de un físico... atómico, trató de establecer un patrón que, fuera tan funcional como agradable y, ¿dónde tomar 'proporciones', de algo agradable, de algo agradable... pues ¡una caja de cerillas!.
Y así, lo hizo. Yo creo que cogió una caja de cerillas, la multiplicó por el Número de Avogadro y, salió un mol de casa.
Bueno, se pensó en quién hacerlo y, la solución cayó en "La Chispa", a quien ya conocéis por otros relatos de este ambiente.
Supongo que discutirían la distribución, número de dormitorios, salón principal, dos chimeneas, dos puertas... etc...
Pero también recayó sobre él la tarea de escoger el eje principal. La casa iba a ser a dos aguas y hacía falta un 'madero' que sirviera para la cumbrera. Es decir, el tronco en el que se apoyan un conjunto de vigas que, a su vez, soportarán las tejas.
Hacía falta un pino recto y, de determinada longitud -y grosor- para que satisficiera todas las propiedades.
Nada, sin problema, papá llamó a Pitágoras y, con un metro -cinta métrica-, que no era demasiado largo, ayudado por el sol a determinada hora del día, salió a buscar el pino. Había que cortarlo -encargar que lo cortaran, era demasiado para un teórico- , quitar las ramas, y disponerlo para la cumbre.
Parece que escogió una hora de media tarde, cuando el sol hace sombras marcadas y ni muy largas ni muy cortas. Me lo imagino con el tío Luis Martínez andando entre los pinos de la finca. Llegan a uno que tiene buena pinta; papá mide a tio Luis o a alguno de los acompañantes, le mide la sombra y, apunta cada uno de esos datos en un papel. Mide, después, la sombra del pino escogido, calcula, según proporciones matemáticas, discute con tío Luis si a la altura que van a necesitar, el grosor será el adecuado y, eligen por fin el pino.
O sea, que las dos grandes 'fuentes' que dirigieron la casa son las sombras, las buenas sombras, evidentemente.... y una caja de cerillas
Me contaron, bastante años más tarde, que la sombra persiguió a los pinos. Pero no a uno ni a unos pocos. Que, con el mismo procedimiento, tío Luis -ya no sé si acompañado por papá- eligió los pinos que se iban a cortar el año siguiente para su explotación maderera.
Al parecer papá había hecho una tabla, para que no hicieran falta los cálculos repetitivos.  Se mide la sombra y, si la sombra mide tanto, el pino mide tanto..... Es decir, un autómata, no programable, en el que se explota la faceta más solar de los pinos.... su sombra.



sábado, 24 de octubre de 2015

el "hatero"

Pues resulta que no era "hatero", sino "hatera" ya que, puntualizando con el tío Carlos, me indicó que, en un principio era  "La Chispa" quien se iba a hacer cargo de nuestras haterías. El problema que tenía esta mujer -de la que me hubiera gustado tener alguna foto-, era que no sabía leer ni escribir y, entonces, se hacía acompañar por su hijo, quien, al parecer, si dominaba estas 'destrezas'...
El "hatero" es el que maneja la "hateria" de los pastores y, cuando buscas este término en el DRAE, sale es que la provisión de víveres que se escogen, para unos días, a los pastores que están en el campo.
Yo sé que el "hatero", nunca me fijé en que fuera una mujer, era un señor, joven, que venía hasta la "Fuente de las Tablas", con uno o dos mulos y, en ellos, unos serones grandes.
Llegaba a la casa y, en el "Quinto Pino", debajo de uno de los árboles, comenzaba a descargar lo que los llenaba.
Allí, mi padre, sentado en una mesa, que creo recordar era de las "de tijera", comprobaba, lista en mano, si lo que descargaba se correspondía con lo encargado. A su alrededor, familia o familia y media, recibiendo los hatos.
Una vez acabada la tarea de descarga se apuntaba el nuevo dossier alimenticio: 3 kg de garbanzos,... para nuestra casa, 2 kg para casa del Tío Carlos Mattínez Piña. 1 botella de alcohol, para el botiquín general, 15 hogazas de pan "de agua" para la casa de arriba, etc.etc.
Era entretenido, papá acababa la lista, la entregaba al "hatero" y éste partía en dirección al "Cortijo de Arriba", por el que pasaba, iba por el sendero hacia el "peñón de la despedida" y, bajando por un sendero que llevaba al "Cortijo de Abajo", tiraba hacia Siles por su camino correspondiente.
A los dos o tres días se volvía a repetir el proceso. Y, claro, este era más que importante. De éste supermercado ambulante nos proveíamos de lo más perecedero.
Unos años más tarde, estando con mi familia pasando unos días con una caravana, en un rincón de "La Navilla". bajábamos a Siles, a la plaza, a comprar carne o cosas de primera necesidad. Nos habíamos juntado una buena pandilla: cuatro matrimonios y un puñado de chiquillos. No teníamos ninguna fuente, con lo que el agua, era un problema.
No había tal, sino una incomodidad propia de una aventurilla. Cogíamos el Simca 1200 que teníamos entonces, Lleno de bidones de plástico, era llevado hasta las cercanías de la "Fuente Fresca". Cargábamos y, de vuelta.
Mirando el coche, al que tratábamos como una mula, me acordaba del "hatero". ¿Cómo hubiéramos podido estar allí esos días sin coches?. ¿Con una recua de mulos?. ¿Con un personal 'de servicio' que se encargaran de la manutención?. ¡Cómo habían avanzado las cosas!.