El otro día tuve la ocasión de recordar, con el tío Pepe, cómo le pusimos a la bici viejísima que había en casa de la abuela, una cinta en el manillar.
Veamos, tío Félix iba a trabajar a la fundición "La Tortilla", esa que estaba -están sus ruinas- en la salida de Linares, yendo hacia Bailén, con una bici que, en un principio, tuvo que estar nueva.
Pero habían pasado miles de año y aquel cacharro seguía en casa de la abuela. En ella aprendimos a montar sin patines en la rueda de atrás. Además, lo hacíamos de una forma harto peculiar porque, como era de las "grandes" (700, decíamos), no llegábamos a tener el culete por encima de la barra (por supuesto, sin subirnos al sillín), y metíamos una pierna por medio del cuadro para así poder dar vueltas completas a los pedales.
Otra forma de hacerlo era apoyarse en un sólo pedal y empujar con el otro pie como si fuera un patín. Pero aquello era más sencillo y no "tenía gracia".
Dar vueltas por el patio, con aquella postura acrobática, evitando primos, macetas, mesa de mármol y palmeras nos educaba hacia unas habilidades ciclistas que dieron bastante de sí.
Pues esa bici estaba algo abandonada. Por ejemplo, el manillar se oxidó en su mayor parte y, como no estaba entre nuestros conocimientos volverlo a cromar, se decidieron los tíos por ponerle una cinta "de plástico".
Se compró, se llevó a casa de la abuela y creo que fueron Pepe y Félix los que la empezaron a poner.
Pero aquello tenía que estar mal, o era de mala calidad o no se acertó con la "puesta" porque, al cabo de un rato, la cinta estaba parcialmente despegada, los dedos llenos de bolillas pegotosas y no servía para cubrir los óxidos ni con estética ni con funcionalidad.
Se compró otra nueva, de color, creo recordar, verde esmeralda -preciosa- y esa sí, esa sí se pudo poner de parte a parte, solapándo una vuelta con otra hasta dejar una bici 'nuea', al menos en esa parte.
Yo tenía ya diez años y, como premio por haber aprobado el "examen de ingreso", me compraron una bici azul marino, con rayitas en color amarillo y rojo, y de un tamaño llamado "cadete" (650, decían los tíos), que pesaba más que un acorazado pero que funcionaba la mar de bien.
Di vueltas hasta gastar el lado izquierdo de las ruedas (siempre se daban en ese sentido), pulí algunas piedras que aparecieron debajo del cemento en casa de la abuela y, como había algún 'labio' del cemento anterior, cogí un martillo y suavicé el escaloncito que se había formado.
O sea, que todo andaba sobre ruedas.
Y un día a alguien se le ocurrió instarnos a ir a Begíjar.
Me pareció una magnífica aventura así que, yo con mi bici nueva y Pepe con la viejísima de "La Tortilla", emprendimos una mañana el paseo hacia el pueblo familiar.
Salida sin problemas hasta "la casilla de Peones" (camineros). 2 Km en casi recta y casi lisos. No había problemas.
De ahí, hasta la Estación de Baeza (siempre me cabreé con que no se llamara "de Linares"), no había más cuestión que frenar en la pendiente continua. La carretera estaba bacheada -las carreteras de antaño eran de asfaltos de cubeta, sacudido en el suelo y puñado de arrocillo machacado con un pisón.
Al borde mismo del asfalto había un senderillo -10 cm- que separaba la carretera del campo. Se podía ir por él, pero a un metro de distancia.... pasaba el tranvía que, seguro, podía darnos un porrazo peor que las vibraciones que nos proporcionaba los bachecillos de la carretera....



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